Mensaje de Pascua del patriar Irenei, 2017

resurreccioCristo ha resucitado !
Cristo ha resucitado de los muertos,
por la muerte ha vencido a la muerte,
y a los que están en las tumbas
les ha dado la vida
(Tropario de Pascua)

Queridos hermanos y hermanas,
Pascua es la fiesta cristiana más grande, fiesta de la fe, de la vida y de todas las bendiciones divinas. Toda nuestra fe está en Pacua, y Pascua en nuestra fe. Por ello, el apóstol Pablo, el educador del pueblo, a quién se le puede llamar claramente como el más gran predicador de la Resurrección, tanto de Cristo como de la nuestra, afirma categóricamente: “Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe”  antes de añadir: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.” (1 Cor, 15, 17-20). La fe en la Resurrección de Cristo constituye la esencia de la predicación y de las enseñanzas cristianas, el fundamento de la Iglesia, de su liturgia y su teología.
La resurrección es el tema central de las Santas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Recubre dos concepciones estrechamente ligadas entre ellas: la resurrección general de los muertos al final de la historia humana (Isaías 26, 19) y la Resurrección de Cristo anunciada por los profetas vetero-testamentarios (Salmo 15,15) y establecida en las predicaciones de los santos apóstoles (Hechos, 2, 23-24).

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El Antiguo Testamento nos habla en numerosos lugares, con sus palabras y sus imágenes, de la resurrección. El profeta David lo testimonia en sus salmos (Sal, 15,9; 16, 15). Job, que ha sufrido tanto, grita dirigiéndose a Dios, teniendo fe en la resurrección: “Yo sé que mi Defensor está vivo… veré a Dios… yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro.” (Job, 19, 25-27). El profeta Jonás es el prototipo de la Resurrección en tres días de Cristo (Mt 12, 40). La visión más célebre de la resurrección de los muertos en el Antiguo Testamento se encuentra en el libro del probeta Ezequiel: inspirado por el Espíritu de Dios, ve revivir las osamentas secas, que recuperan en seguida su cuerpo de hombre (Ez, 37, 1-10). Esta visión ha impregnado el corazón de todos los fieles hebreos del Antiguo Testamento; era inseparable de la fe en la venida del Mesías y de su Resurrección (Is 53, 10).
El Nuevo Testamento, por su lado está inmerso todo él en el misterio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo. Esto nos es confirmado por los santos evangelistas en su conmovedor relato de los episodios últimos de la vida de Cristo que sucedieron en Jerusalén: su comparecencia en el tribunal ante Pilato, su crucifixión, su muerte en la cruz, pero también su gloriosa Resurrección (Mt 27-28; Lc 23-24). Las primeras en ser dignas de convertirse en testimonios de la Resurrección de Cristo fueron las mujeres mirróforas (Mc 16, 1-2), después los santos apóstoles y la plenitud de la Iglesia primitiva. Se les unieron los mártires paleo-cristianos, después todos los mártires y neo-mártires ulteriores, testigos verídicos de la Resurrección de Cristo, así como los Padres de la Iglesia que, por sus santos concilios, el Símbolo de la fe de Niceo-Constantinopla y por toda su enseñanza dogmática, nos han dejado la fe en la resurrección. La Iglesia es testigo que Cristo está con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 20). Lo testimonia particularmente en la santa liturgia, que se celebra en memoria de “la muerte y resurrección de Cristo”. En la santa liturgia, el Cristo Resucitados se nos ofrece a través de la santa comunión. ¡Por ello tenemos que ser los hijos de la Resurrección! ¡Vivamos en la Resurrección de Cristo y no dejemos que nada, según las palabras del santo apóstol Pablo, nos separe de su amor (Rom 8, 35)!
El gran starets ruso San  Serafín de Sarov tenía por costumbre, durante todo el año, el saludar a los peregrinos que venían a su monasterio, por estas palabras: “¡Cristo ha resucitado, mi alegría!”. Para poder alcanzar este estado espiritual, debemos, según las palabras del santo obispo Nicolás, “venerar en nuestra vida la Crucifixión de Cristo, no por hábito, sino como nuestra cruz, y sus llagas como nuestras propias llagas”.
Con el corazón lleno de tristeza y de dolor, tenemos que decir que el mundo actual no sigue el camino de la resurrección, sino más bien el de la muerte y de la desesperanza. Al decir esto, tenemos en mente que en Serbia, cada año muere el equivalente de una gran ciudad, porque la mortalidad es netamente superior a los nacimientos. Esta constatación es una fuente de llantos y lamentaciones, y también una señal para dar la alerta. Se tiene que hacer algo para que este camino hacia la muerte se detenga. Es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen (Mt 2, 18). El aborto, siempre y en todas partes, incluido nuestro pueblo, constituye un pecado mortal que grita hacia el cielo. ¡Cesemos de matar nuestros propios hijos en el seno de su madre! También ellos tienen derecho a la vida y a la resurrección. Nos preguntamos dónde están los valerosos “combatientes por los derechos humanos” para defender a los más débiles, que precisamente son los niños no nacidos aún que se encuentran todavía en el seno de su madre? Abandonemos, hermanos y hermanas, el país del pecado y de la muerte, como el Israel vétero-testamentario en la salida de Egipto, y Dios nos concederá todas las bendiciones espirituales para ser el pueblo del Dios Vivo.  ¡Que las alegres lágrimas de los recién nacidos venzan a los gritos impotentes de la muerte! ¡Que Serbia -y el mundo entero- se convierta de nuevo en una gran cuna! ¡Volvamos con fe en la vida, volvamos a la Resurrección! Queridos hermanos y hermanas, la santa Iglesia ortodoxa es nuestra Madre espiritual. Vela sobre sus hijos sin tener en cuenta los lugares donde viven; se extiende por todos lados, con sus hijos e hijas, para que todos juntos accedan a la Resurrección. Regocijémonos con aquellos que se regocijan y aflijámonos con los afligidos, llevándonos las cargas los unos a los otros, pues así cumpliremos con la ley de Cristo (Ga 6, 2). El santo starets Sofronio (Saharov) afirma que el respeto de los mandamientos de Dios destruye el hombre viejo en nosotros y resucita al nuevo, concebido a la imagen de Dios, nuestro Creador y Salvador. San Basilio el grande evoca, en el mismo espíritu, el poder transfigurador de la Cuaresma y dice que los ángeles de Dios inscriben los nombres de los que cumplen toda la Gran Cuaresma, pues al hacer esto, renuncian a todo lo que es terrestre y efímero, para acceder a lo eterno e imperecedero, es decir a la resurrección. Al seguir los mandamientos de Dios, expresamos y confirmamos nuestro amor por Cristo (Jn 14, 15), pero también hacia nuestro prójimo (Mt 22,40).

El mundo contemporáneo ha aceptado en gran medida una filosofía diferente, la del camino amplio que lleva a la perdición (Mt 7,13). Se intenta reemplazar las virtudes cristianas por un humanismo aparente y la espiritualidad mentirosa del Extremo Oriente. Todas las falsas religiones y para-religiones, filosofías y falsas filosofías, ideologías y mitologías modernas, son esclavas de la  muerte; condenan a los seres humanos a la muerte, en la medida en que creen que el hombre es un “ser destinado a la muerte”, no un ser destinado a la vida eterna; lo hacen en tanto que empujan a los hombres a la muerte y al suicidio, de manera instantánea ( en la guerra y en los arreglos de cuenta “pacificadores” y sangrientos) o prolongado (por una vida de libertinaje y de vicios, sobre todo en la esclavitud de la droga). Vivimos en una época en la que se intenta proclamar que el mal es el bien, que el bien es el mal, y que el pecado, según las palabras del santo starets Païsios el Athonita, es algo moderno y aceptable. En lugar de ejemplos de virtud y honestidad, se proponen a ídolos y a anti-héroes, la indisciplina con respecto a los padres y el rechazo de cualquier autoridad. La responsabilidad de la Iglesia es grande, como la de todas las instituciones educativas de este país, pues se tiene que ayudar a la juventud a encontrar el camino de una vida auténtica y de la resurrección. Enseñemos a los niños a ser parecido al joven del Evangelio que había pedido al Señor: “Qué debo hacer para obtener la vida eterna? Ese joven obtuvo la siguiente respuesta del Cristo: ¡Observa los mandamientos! (Mt 19, 16-17). ¡Esta es la via de la salvación, la de la resurrección!
Paternalemente, invitamos a todos lo que se han alejado por una razón u otra de la Iglesia, una, santa, católica y apóstolica, a volver bajo su égida. El pecado del cisma y la herejía es terrible. Según los santos Padres, ni la sangre de los mártires la puede lavar. ¡Perdonémonos los unos a los otros a causa de la Resurrección y volvamos a ser hermanos en el seno de la santa Iglesia, único barco portador de la salvación!

Con el saludo de Pascua, saludamos a todos nuestros hijos espirituales en la patria y en la diáspora, y rezamos al Señor Resucitado para que conceda a todos la alegría de la Resurrección. Saludamos particularmente a nuestro pueblo del Kosovo-Metoquia crucificado, parte inseparable de Serbia, donde los santuarios son los guardianes, no solo de la Ortodoxia serbia sino también del cristianismo en Europa. Kosovo ha sido y seguirá siendo nuestro, pues Dios, que no se encuentra en la fuerza sino en la justicia, es capaz de darnos lo que se nos intenta de arrancar por la fuerza.
Que con esta fiesta de Pascua, Serbia resucite, así como todo el pueblo serbio, como escriben nuestros poetas populares. ¡Que Dios conceda que los hombre que dirigen y mantienen el Estado, sean inspirados por el espíritu de la Resurrección y de la victoria del bien sobre el mal! ¡Que el Señor Resucitado, Vencedor de la muerte y Fuente de vida, conceda todos los bienes a este pueblo, es  decir a todo el género cristiano y ortodoxo, así como a todos los hombres de buena voluntad, para que, todos juntos, podemos tener un anticipo de la alegría de la vida a venir, la alegría de la resurrección y la vida eterna!
¡CRISTO HA RESUCITADO!
En el Patriarcado serbio, en Belgrado – Pascua 2017
El patriarca serbio, Ireneo y todos los obispos de la Iglesia ortodoxa serbia.