14/6/2020, Barcelona: 1º Domingo después de Pentecostés. Homilía

Hebreus 11, 33 a 12, 2
Mateu 10, 32-33, 37-38; 19, 27-30

Ha acabado el gran ciclo litúrgico que empezó el domingo del Publicano y el Fariseo, que recorrió la Gran Cuaresma para culminar en la Gran Fiesta de la Pascua del Señor y, finalmente, pasando por la Ascensión, nos llevó el pasado domingo a la Fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. El domingo pasado también acabó la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles en la Divina Liturgia de los domingos. En este libro, se describe el inicio de la vida de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo que, de la mano de los Apóstoles, llevó a los confines de a tierra la Buena Nueva de la Resurrección del Señor, y la proclamación de la Divinidad Única e Indivisible Trinidad. La celebración de hoy, domingo de Todos los Santos, es la culminación lógica y necesaria de aquel ciclo, a la vez que el inicio del nuevo ciclo del tiempo litúrgico.

Toda la obra de la economía divina, puesta para nuestra contemplación en este ciclo cumplido, tiene como meta la Santidad. La experiencia, la realización, de la santidad es también la meta de la Iglesia. No venimos a la Iglesia para nada más que para hacernos Santos. La Santidad es el Misterio de la Iglesia, la Vida en Cristo por el Espíritu Santo. Somos miembros de la Iglesia, estamos unidos al Cuerpo de Cristo por el Santo Bautismo y por los Sagrados Sacramentos; ¿Quién podría vivir en Cristo y no participar de la Santidad, no tener experiencia de la Santidad, no ser santificado?

Y sin embargo, si en Iglesia, en Cristo, todos somos santos, ¿qué nos diferencia de los Santos que están en el cielo? Seguramente sobre todo nuestra inconstancia en el arrepentimiento, en nuestro esfuerzo por mantener viva y despierta la lámpara de la santidad que hemos recibido, la pereza para levantarnos cada vez que caemos. Recibimos la santificación, pero no alcanzamos la santidad, perezosos y débiles de voluntad como somos.

En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a rebajar expectativas de la santidad. Escuchamos a menudo cosas como no soy santo, para justificar comportamientos o actitudes que en el fondo reconocemos como lejanas a la santidad. En el mundo existe una tendencia natural a relajar el esfuerzo, a diluir los contrastes, a simplificar y uniformar. También afecta esta tendencia a nuestra práctica cristiana. La fiesta de hoy podría ser una ocasión para plantearnos nuestras expectativas respecto a la santidad como miembros que somos de la Iglesia.

Podemos entender esta fiesta como la conmemoración de los que ya están en el Cielo, glorificados por Dios y partícipes de la visión divina, y que gozan de la confianza ante Él para interceder por nosotros; si nos quedamos con esta perspectiva únicamente, corremos el riesgo de vivir la fiesta pasivamente, de situarnos como meros espectadores, de situarnos en un plano diferente al de los Santos, separados de ellos. Podemos sin embargo concebirla como la conmemoración de los frutos de la Vida de la Iglesia, de la Vida en Cristo, y entenderla como la celebración de la comunión de los Santos. Los santos que están en el Cielo siguen siendo miembros activos de la Iglesia, y cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, nos unimos a los Santos en la alabanza y la acción de gracias, y ellos y nosotros, juntos, damos testimonio de Cristo. A pesar de los dos aspectos que podemos contemplar de la Iglesia, los nacidos en el Cielo y los que permanecemos aquí en la tierra, la Iglesia es Una, y todos somos parte, miembros del mismo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo y cuya alma es el Espíritu Santo. La Santidad es algo que nos afecta directamente a cada uno de nosotros y a todos juntos. El fruto de la Santidad es el que explican los Hechos de los Apóstoles. Efectivamente, los Apóstoles, después de recibir el Espíritu Santo, salieron a predicar a Cristo, a dar testimonio.

El Evangelio de hoy empieza hablando de este testimonio. En su forma griega dice: Quien confiese en mi ante los hombres, Yo confesaré en él ante mi Padre que está en los cielos. No se puede ser testimonio de Cristo si no se está en Él, Quien confiesa a Cristo ante los hombres, confiesa en Cristo. Porque esta confesión no es posible sino es por el poder de Quien confesamos. ¿Cómo dar testimonio de Cristo? ¿Cómo confesar en Cristo? El Evangelio de hoy es parte del capítulo en que  el Señor advierte a los discípulos de los peligros a que se expondrán si le siguen y predican su Evangelio. No penséis que he venido a traer la paz, sino la espada. Y advierte que tendrán por enemigos a los de su propia casa, y les dice que en su Nombre dejen todo lo que estiman y le sigan, y que nada se ponga delante del amor a Él. Estas palabras severas, lejos de atemorizara los discípulos, les da fuerza y confianza, a fin que cuando lleguen esas cosas estén preparados y no desfallezcan sino que las reconozcan como señal de la voluntad de Dios. Porque para encontrar la Paz es necesario separarse primero de lo que es causa de guerra y división, de todo afecto que en el fondo busca sólo la supervivencia de la naturaleza caída, del hombre viejo, alejándonos de Dios. La lectura del Apóstol de hoy nos pone ante las tribulaciones y peligros que sufrieron y superaron los justos que se mantuvieron fieles al Señor, y los pone como modelo para que su testimonio nos de fuerza para separarnos de las cargas que nos impiden correr hacia la única meta: Cristo, causa y fin de nuestra Fe.

Los Santos que ya han recibido las coronas y viven en el cielo, son nuestros intercesores y nosotros los hemos de tener como modelos. Fijándonos en sus vidas podemos adquirir la fuerza para emprender el camino de la santidad activamente, tomar las armas de la Fe y levantarnos ante todo lo que quiere apartarnos del don de Dios, con la certeza de que, a pesar de nuestras debilidades y del poder de todo lo que se opone a nuestra santidad, en Su confesión tendremos siempre la roca firme y el refugio seguro.

La historia de la Iglesia a lo largo de los siglos, desde el día de Pentecostés hasta hoy, y hasta la consumación del tiempo, no es más que el relato de la confirmación de su fidelidad a Cristo a través de pruebas continuas. Y también lo es la vida de cada Santo. Emprender este camino, el camino de la santidad es confesar en Cristo, y no dar testimonio de la virtud o la fuerza personal; es confesarlo ante los hombres, no esconder la fe a la vista de los otros; es temer a Dios y no a los hombres; es temer la muerte del alma causada por el pecado ante Él, y no temer perder la buena fama ante los hombres; es renunciar a la propia vida para injertarnos en la Vida de Cristo; es apoyar nuestra vida sólo en Cristo, el Único que puede guardarla, y no confiar en la fuerza de los hombres, incapaces de salvar; es aceptar las aflicciones en Nombre de Cristo, y no poner como objetivo de nuestra vida la felicidad que proporciona la ausencia de dolor y aflicciones; emprender el camino de la santidad no es tener miedo de la decadencia progresiva del cuerpo, de la enfermedad que puede conducir a la muerte, sino no tener miedo de nadie ni nada que pueda matar el cuerpo, porque Dios ha querido que nuestro cuerpo pase por la muerte y vuelva al polvo en espera de la Resurrección. Es separarnos de todo lo que nos puede separar de Él, de todo lo que en nuestro interior causa guerra y división, y seguirle.

Así pues, si hemos celebrado la Divina Liturgia Eucarística, después de haber unido nuestras voces a los coros angélicos en el himno del Trisagion, de haber pedido la santificación de nuestras almas y de nuestros cuerpos, de haber conmemorado todos los Santos, de haber ofrecido los dones santos a los Santos y proclamarque sólo Uno es Santo, sólo Uno Señor Jesús Cristo para gloria de Dios Padre y de comulgar con el Santo Cuerpo y el Santo Cáliz, hemos podido decir en voz alta hemos visto la Luz verdadera, hemos pedido a Dios que nos guarde en la santidad, porque Él es nuestra santificación. Así, salgamos en paz en el Nombre del Señor, para llevar a cabo la obra de la Iglesia que es la santificación de todos y cada uno de nosotros, y, por nosotros, de la creación toda, y hacernos todos Uno en Cristo, por el espíritu Santo, para gloria de Dios Padre. Amén.

P. Josep Lluís