21/5/2020, Barcelona: 7º Domingo después de Pascua. Domingo de los Santos Padres del primer Concilio Ecuménico.

Hechos 20, 16-18, 28-36
Juan 17, 1-13

Hoy la Iglesia celebra el 7º domingo después de Pascua, domingo que se encuentra situado entre la fiesta de la Ascensión y la de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo.
Cerrado ya el tiempo Pascual y a punto de participar de la Fiesta, donde el Espíritu Santo descenderá sobre los Apóstoles, la Iglesia se prepara para profundizar y experimentar todos aquellos misterios que el Hijo de Dios ha venido a revelar a la humanidad.
El Evangelio que hemos podido escuchar hoy en la celebración de la Divina Liturgia, es un Evangelio teológico por excelencia donde San Juan el evangelista, llamado precisamente el teólogo, nos transmite de una forma diáfana y clara, cuál es el poder de Jesús-Cristo sobre toda carne, para conducirla a la vida eterna. Según Él mismo nos dice; “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesús-Cristo”. Los Apóstoles lo han conocido personalmente y directamente, porque han convivido y recibido sus enseñanzas, el mismo Cristo nos aporta su testimonio diciendo: “Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me distes se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado”. ” Y aún les dice: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.
Con estas palabras se manifiesta la relación de comunión que se establece entre Jesús-Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad hecho hombre y sus Apóstoles, y estos, con esta experiencia de comunión y de participación a las energías increadas que nos aporta el Hijo de Dios encarnado, salen a predicar la Buena Nueva, misterio de redención, para que la humanidad pueda llegar también a participar de esta misma experiencia. No se trata de un conocimiento al que podemos acceder con nuestra razón, sino que es una experiencia de vida en comunión con aquel que nos ha dado la vida, y los Apóstoles son los transmisores de esta experiencia a todas las iglesias incipientes de la era cristiana.
Pero la Iglesia desde el primer momento de su constitución, debe velar para que esta transmisión de experiencia eclesial, donde Dios y el hombre se encuentran, se haga con todas las garantías, evitando las desviaciones propias que la razón humana es capaz de construir. Y por esto en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hoy también hemos podido escuchar, San Pablo se dirige a los ancianos de las Iglesias y les dice: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su propio  hijo… que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí”. 
Por esto hoy también la Iglesia conmemora los padres del primer Concilio Ecuménico, que se celebró en la ciudad de Nicea en el año 325 y que fue el primero de toda una serie de concilios que se realizaron durante el primer milenio de nuestra era, para abordar todas aquellas desviaciones que nos apartaban de la verdadera Fe. Porque la Iglesia tiene la necesidad de posicionarse frente a esta realidad cuando la razón humana empieza a buscar explicaciones a lo que supera completamente nuestra inteligencia y nuestra lógica.
La Madre de Dios, los Apóstoles y todos sus discípulos viven en persona la presencia física de Jesús-Cristo, Hombre-Dios, y después de recibir la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés, salen a predicar el kerigma apostólico a todas las naciones.
Lo que predican, que después queda reflejado en el canon establecido del Nuevo Testamento, es el reflejo de esta experiencia vivida que trasciende completamente nuestra inteligencia, nuestra racionalidad y la lógica establecida del orden natural.
Las herejías surgen, en el momento que el hombre pierde, en parte, esta vivencia inicial y busca explicaciones a la existencia de Dios y a su encarnación a través de la 2ª hipóstasis de la Santísima Trinidad, apartándose de lo que realmente son estos misterios.
Podríamos decir que la Iglesia está funda mentada en estos dos dogmas, el Trinitario y el Cristológico. En el primero se nos revela la forma de existencia de la divinidad y en el segundo, como la divinidad se hipostasia en la naturaleza humana, para conducirla a su plenitud.
La Iglesia pues durante los primero siglos del cristianismo debe discernir sobre estos misterios, y en base a la vivencia y experiencia transmitida por los Apóstoles, fundamentada en las Sagradas Escrituras e incorporada a la propia vida eclesial, tiene la necesidad de posicionarse con un discurso teológico preciso que refleje esta vivencia ante los herejes, es decir ante todas aquellas posturas que se apartan de la verdad revelada, y esto es lo que hace durante los siete Concilios Ecuménicos, que son hoy, y aún ahora, el fundamento de la Fe Ortodoxa.
Celebrémoslo pues y llenémonos  de alegría, porque la Fe Ortodoxa finalmente ha triunfado sobre todas las herejías y nos aporta todos los elementos necesarios para que en el seno de la Iglesia podamos avanzar a través de nuestra ascesis personal hacia el conocimiento de nuestro Señor Jesús-Cristo, con la certeza de que estamos en el camino de la verdad para alcanzar la plenitud de nuestra existencia.

P. Martí