24/5/2020, Barcelona: Domingo del Ciego de nacimiento. Homilía

Hechos 16, 16-34
Juan 9, 1-38

“Para que se manifiesten las obras de Dios en él” (Jn 9, 3)

“Como hábil arquitecto, Dios primero ha acabado una parte de la casa que ha querido construir y ha dejado la otra imperfecta, a fin de que al acabarla después cerrase la boca a los incrédulos respecto al origen de toda obra. De esta manera Él junta las diferentes partes de nuestro cuerpo, completa lo que faltaba, trabaja en él como en una casa que está a punto de caer cuando sana la mano seca, cuando da fuerza a los miembros del paralítico, hace caminar a los cojos, cura a los leprosos, sana a los enfermos, fortifica a los débiles, resucita a los muertos, abre los ojos que estaban cerrados, da a los que no tienen nada. Repara pues los defectos de nuestra débil naturaleza, y con ello descubre, manifiesta su poder. Además, cuando Jesús dice: para que se manifieste el poder de Dios, es de Él de quien habla y no del Padre, porque el poder del Padre era perfectamente conocido” (S. Juan Crisóstomo, Homilia LVI)

“Si el Señor no construye la casa es inútil el afán de los constructores” (Sl 126). El origen de nuestra vida es Dios y está en Dios. Cualquier intento de construir la vida fuera de Él es vano e inconsistente, nace de la semilla de la corrupción y es como el humo que se disipa y desaparece. Por tanto, si nuestra vida ha de ser Vida en Cristo, los cimientos que la han de sostener no pueden ser otros que el encuentro con Dios. Llegamos a la vida en este mundo como una casa que no está acabada de construir, y el Arquitecto que puede completar la obra es el mismo Arquitecto que nos ha dado la vida. Para que se manifieste el poder y la gloria de Dios.

El ojo es al cuerpo lo que el sol es al mundo. El ojo es la lámpara del cuerpo y del alma que vivifica el cuerpo. Por la vista nos orientamos y damos sentido a las cosas, incluso hemos conocido a Dios porque se hizo visible en la carne. La Luz que orienta, vivifica y da sentido a nuestra vida, a nuestra alma, es Cristo Dios (Jn 9, 5 y 8,12). El aliento de vida que llevamos al llegar a este mundo lo recibimos de Dios. El mismo Dios es quien nos abre los ojos de la Fe, quien restaura su imagen en nosotros, corrompida por las pasiones. Los ojos de la Fe nos fueron abiertos por el santo Bautismo; que estos ojos gobiernen nuestra vida es vivir de acuerdo con esta Fe, y eso es una decisión que hemos de tomar cada uno personalmente de manera resuelta, sin pereza ni tibieza ni titubeos. Cada Eucaristía es un encuentro con Jesús Cristo, Dios, el acontecimiento fundamental sobre el que se edifica nuestra vida. Hacernos dignos de la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la obra que nos tendría que ocupar el resto del tiempo, de Domingo a Domingo, de Eucaristía a Eucaristía. Cuando es así, todas las circunstancias que nos rodean son tantas ocasiones de manifestar nuestra Fe, de ejercitar la visión que nos ha sido dada. Él, que está presente en todas partes y que lo llena todo, viene a encontrarnos. Dios es infinitamente paciente y nos concede todo el tiempo: “mientras es de día, hemos de hacer las obras de Dios; se acerca la noche, que es cuando nadie puede trabajar” (Jn 9, 4).

El que nació ciego, al volver de la piscina de Siloé viendo, se encontró primero con las dudas de la gente y luego, al confirmar su identidad, con las preguntas de los fariseos, las acusaciones veladas, los insultos, los intentos de hacerle hablar en contra del Señor, de convencerle para que escogiese las convenciones de la ley por encima de la verdad que le ha sido revelada y, finalmente, con la expulsión de la comunidad. Estudiemos sus palabras ante los que le acusan. De él aprendamos a manifestar nuestra Fe con obras: cabalmente, con coherencia y justicia, prudencia y coraje, valentía e integridad y siempre temerosos de guardar la fidelidad a Aquel que nos da la vista para la Vida. Nuestra meta es siempre y en todo lugar la misma; sea bajo situaciones más restrictivas o más permisivas, estables o cambiantes. Si somos fieles al Arquitecto que nos construye y vigila que la obra llegue a buen final, Él mismo nos vendrá a encontrar de nuevo para confirmar nuestra Fe.