3/5/2020, Barcelona: Domingo de las Mirróforas. Homilía.

Hechos 6, 1-7
Marcos 15, 43 – 16, 8

¡Cristo ha resucitado!
¡En verdad ha resucitado!

Este es el domingo de las Mirróforas (“las que llevan mirra, aromas”), el evangelio de Marcos nos cuenta cómo José de Arimatea fue a ver a Pilatos para pedirle el cuerpo de Jesús, Pilatos le da permiso, y José, después de descenderlo de la Cruz y envolverlo en un sudario, y ungirlo, lo deposita en una tumba nueva, que tapa con una gran piedra. Más tarde, el domingo, María Magdalena, María de Joset y Salomé (las mirróforas) van muy de mañana a la tumba con aromas para ungir el cuerpo de Jesús. Se encuentran que la tumba está abierta y un joven (un ángel) les dice que Cristo ha resucitado y que lo comuniquen a sus Apóstoles. Ellas huyen corriendo, llenas de miedo, y no dicen nada, también por miedo.

La principal enseñanza que podemos ver en este evangelio es la de la fidelidad y la del amor. Si nos situamos en el estado de ánimo, tanto de José de Arimatea y Nicodemo (mencionado por San Juan) como, y sobre todo, de las mujeres mirróforas, las mujeres que acompañaban a Jesús en su predicación itinerante, y que fueron las únicas (excepto Juan) que no abandonaron a Jesús en el momento de su juicio y crucifixión, podemos imaginar que para todos ellos, todas las expectativas que habían puesto en Jesús, sus esperanzas en una vida, en un Reino nuevo, toda su fe, aparentemente todo había fracasado, Jesús había sido ajusticiado en la Cruz y con este hecho, todo se había  hundido. En aquel momento ni se les pasaba por la imaginación la posibilidad de una resurrección.

Y sin embargo, vemos su reacción: José de Arimatea y Nicodemo, que anteriormente se habían entrevistado con Jesús en secreto, por miedo a los judíos, por miedo al qué dirán los demás, en este momento de fracaso, obedecen a su sentimiento de amor interno, de fidelidad hacia Jesús, que llena sus corazones, y en medio de la derrota, vencen todo respeto humano, todo miedo a las consecuencias posibles y se presentan ante Pilatos (el ejecutor de Jesús) y le piden su Cuerpo para poder enterrarlo dignamente. Y, contra toda probalidad, Pilatos les concede el Cuerpo de Jesús, y lo pueden enterrar.

Y la reacción más notable y fiel es el de las mujeres mirróforas, que habían dedicado todos aquellos últimos años a servir a Jesús, que lo amaban y veneraban totalmente, que son las únicas que se atreven estar al lado de Aquel que, en el momento del juicio – Jesús- sufre el rechazo y el odio de toda la sociedad, no les importa o superan el miedo de ser identificadas como seguidoras suyas,  ellas que además eran mujeres, que en la sociedad de entonces eran consideradas como inferiores al hombre, débiles, y cuya opinión tenía poca validez, le son fieles en la Cruz, no temen a los soldados, y aunque seguramente llenas de tristeza, dolor y sentimiento de fracaso, su amor hacia Él las lleva a honrar su Cuerpo, ungiendolo con los bálsamos que tenían por costumbre los judíos, y es ahí, en ese momento de derrota total, pero en el que ellas persisten en su amor y fidelidad a Cristo, es cuando se produce el milagro, cuando los “imposibles” humanos quedan reducidos a nada: la piedra que encerraba el Cuerpo de Jesús ha sido retirada y descubren con asombro y temor que Cristo ha resucitado y que lo que Jesús predicaba se ha vuelto realidad, y que una vida, plena e inmortal es ofrecida a la Humanidad. Y sin embargo, les domina más el asombro y el terror, y su primera reacción es huir, tanto les sobrepasa lo que les acaba de suceder.

Es recomendable, al leer los Evangelios, el meditar en qué sentido el pasaje que hemos leído podemos aplicárnoslo, cómo ese pasaje puede iluminar nuestra vida a la luz del Evangelio. En este caso, es fácil para nosotros decir que somos cristianos, que seguimos a Cristo, nadie nos va a perseguir por ello.

Preguntémonos también, si también mostramos fidelidad con respecto a los demás, a nuestro prójimo, pues Cristo dijo que lo que hayamos hecho a uno de nuestros semejantes, a los más pequeños e insignificantes, lo hemos hecho a Él. Si hemos salido en defensa y testimoniado nuestra amistad al que en un momento determinado es rechazado por la opinión general, sea del tipo que sea, “No hay mayor medida de fidelidad que la fidelidad que se manifiesta en la derrota” (A. Bloom), o a los derrotados, podríamos añadir.

Y esta fidelidad a Cristo también nos la tenemos que exigir y mantener en nosotros mismos, cuando nos encontremos interiormente en una situación que se puede asemejar a la que encontraban las mirróforas, en la que parece que todo lo que intentamos fracasa, que nuestros intentos de ser verdaderos cristianos se estrella contra la piedra “que era muy grande” que nos impide el acceso a Cristo, piedra imposible de mover por nosotros, piedra que son nuestros pecados repetitivos, nuestra indiferencia, nuestros malos hábitos, cristalizados durante años, y así, Cristo parece como inmovilizado, como muerto en nuestro interior.

Pero, así y todo, si perseveramos, si vamos a la tumba como las mirróforas aunque pensaban en la imposibilidad de mover la piedra, llevando nuestros pobres aromas, que son las obras buenas que hayamos podido hacer a los demás, a nuestro prójimo, entonces el milagro se producirá, Cristo mismo apartará esa piedra que nos separa de Él y podremos reunirnos con Él en Galilea, en una nueva Galilea donde la resurrección sea ley plena.

Y esta Galilea a la que Jesús convoca a sus discípulos, “irá delante de vosotros a Galilea y allí le veréis”, guiados por Él, a estos discípulos que han pasado momentos terribles en que su fe ha sido puesta a prueba y que han fallado en su fidelidad a Él, podía ser para ellos una vuelta a los inicios en que conocieron a Cristo -en  Galilea-, fue allí donde quedaron para siempre cautivados por Él, donde vivieron la primavera de su fe.

Todos nosotros tenemos nuestra “Galilea” particular, donde hemos experimentado de una manera viva, como mínimo, la intuición de lo que significa una vida plena de unión con Cristo. Después, muchas veces, las batallas de la vida, y nuestras debilidades y mediocridades han sepultado estas vivencias, pero a veces la fe la tenemos que encontrar, revivir en el pasado, reviviendo los momentos en que experimentamos la cercanía de Jesús, y vimos claro cuál era el camino a seguir.

Además, Cristo, con la resurrección, nos es accesible en todo momento o lugar, no está limitado aquí o allá o a tal lugar sagrado o a una situación determinada, nos es accesible plenamente en todas partes, mediante la adoración en la oración y el servicio a los demás, como Él mismo dijo: “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6, 6).

Perseveremos en nuestra fidelidad a Cristo, pese a nuestras caídas y situaciones difíciles, con la seguridad de que Él siempre estará a nuestro lado, y de que “¡por la muerte ha vencido a la muerte, y a los que están en las tumbas – a nosotros mismos- les ha dado la vida!”

¡Cristo ha resucitado!

p. Jose Santos