26/4/2020, Barcelona: Semana Luminosa. Homilía

¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad, ha resucitado!

A pesar de las promesas –no comprendidas tal como nos dice el Evangelio en diversas ocasiones– los discípulos después de la crucifixión se dispersaron. El miedo a ser perseguidos por las autoridades judías como discípulos de quien ha sido ajusticiado como criminal; el trastorno, la tristeza y la decepción después de haber presenciado al Maestro padeciendo la tortura y la muerte, de haber visto como triunfaban las tesis del Sanedrín: tal es la situación de los discípulos durante los tres días que el Señor descendió a los Infiernos, durante los cuales la tumba permaneció cerrada y sellada.

Y a continuación, el primer día de la semana, las señales de la Resurrección: el sepulcro vacío, el sudario y las vendas abandonadas, el anuncio del Ángel, las apariciones a María Magdalena y a las otras mujeres, a los discípulos que se encaminaban a Emaús, a los que estaban encerrados por miedo a los judíos.

Y las primeras reacciones: miedo, incomprensión, ceguera, incredulidad…

Purifiquemos nuestros sentimientos y veremos a Cristo que resplandece con el resplandor inaccesible de la Resurrección y le oiremos exclamar: Alegraos, mientras cantáis la victoria del Señor. ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

Primera constatación: La Resurrección de Cristo para los discípulos –para la pequeñez humana– es un acontecimiento demasiado grande para comprenderlo y asumirlo inmediatamente.

Segunda constatación: A pesar de la tristeza, el miedo, o la ceguera mental o espiritual, los discípulos guardan, más allá de todo razonamiento y sentimiento, el deseo, la esperanza.

Tercera constatación: Es el Señor quien se acerca a cada una de las situaciones, se adapta a cada uno de los que le esperan y le son fieles más allá de cualquier esperanza, y les abre los ojos, el entendimiento, les da la paz y la alegría. A María la llama por su nombre; se da a conocer a los discípulos camino de Emaús en la fracción del pan; a los Apóstoles les da la paz que les faltaba a causa de los judíos; da la alegría a las mujeres entristecidas; al Apóstol Tomás le ofrece las heridas de sus manos y su costado para que meta la mano.

Venid, bebamos del manantial nuevo de la inmortalidad que mana maravillosamente no de una roca en el desierto sino de la tumba de Cristo, nuestra fuerza y nuestro gozo. ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

¿Cómo hemos celebrado nosotros la Resurrección? ¿Ha continuado viva dentro de cada uno la alegría de la Pascua? El confinamiento físico obligado estos días, ¿se parece a la dispersión de los discípulos después de la sepultura del Señor? El gozo inmenso del momento puntual de la celebración del Domingo de Resurrección, ¿ha dejado paso a la tristeza, al miedo o a la incertidumbre? La realidad cotidiana que nos envuelve nos hace tener muy presentes las medidas de protección sanitaria: ¿mantenemos aún firme y presente la confianza en el Señor? Estamos inmersos en un mundo que lucha contra los males que nos afectan contando con toda la capacidad de la sabiduría humana y sin querer contar para nada con la Sabiduría de Dios: ¿hemos perdido la paz de espíritu ante un mundo que muestra hostilidad ante el mensaje Evangélico de la Resurrección? Todo ello, junto a nuestra debilidad, ¿nos hace dudar de la verdad de la Resurrección? A pesar de los embates del mundo, interior y  exterior, ¿nos mantenemos fieles a la promesa que recibimos con el Bautismo y que renovamos en la Eucaristía?

Si los mismos Apóstoles pasaron estas pruebas, ¿cuáles no hemos de pasar nosotros? Somos demasiado pequeños, en todos los sentidos, para captar, alcanzar y entender con todo nuestro ser lo que acaba de suceder: La muerte ha sido vencida, el mal ya no tiene poder sobre nosotros, ni sobre la humanidad ni sobre la creación. ¿Cómo es posible que podamos vivir, aquí i ahora un mundo nuevo, una nueva realidad, que podamos participar del gozo de la Resurrección, ser la levadura nueva necesaria para hacer fermentar la masa? (cf 1Co 5, 6-7). Y a pesar del peso del mundo donde continuamos existiendo, ¡se ha producido en nosotros el milagro de la Resurrección!

¡Que Dios se levante y sus enemigos se dispersen y sus adversarios huyan ante su Rostro! Tal como se disipa el humo, que así se disipen, como se funde la cera ante el fuego. Así morirán los pecadores delante de Dios pero los justos se alegrarán, ¡exultad en presencia de Dios!

Los discípulos que caminaban hacia Emaús deseaban entender la Pasión y la muerte del Mesías, y así escucharon a Cristo que les interpretaba las Escrituras, y les hacía entender que era necesario que el Hijo del hombre padeciera y fuera sepultado para rescatar al mundo de la maldición, a través de su Resurrección; y, una vez abiertos los ojos a la comprensión de las Escrituras, se dio a conocer al bendecir, partir y darles el pan. Tomás no dio crédito a la sola palabra de sus compañeros, sino que pidió una prueba empírica, tangible, no solo a través de la vista, sino por el tacto, el menos sutil de los sentidos, el que nos hace “tocar de pies al suelo”. Y el Señor le pidió que pusiera la mano en los agujeros de los clavos y en la herida de su costado.

Y ved que les sucede a los discípulos después de ver con los ojos del cuerpo y los del espíritu a Cristo resucitado: Todos sin excepción reciben no solo la Fe y la Esperanza, sino también la Fuerza, el Valor i la Alegría para ir y proclamar el Anuncio Gozoso, la Buena Nueva, el Evangelio, que se resume en las pocas palabras: ¡Cristo ha resucitado!

¿Por qué buscáis entre los muertos a quien está vivo? ¿Por qué lloráis por el Inmortal como si hubiera muerto? Id y anunciad a sus discípulos: ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

No nos fiemos de nuestras solas fuerzas; esperemos a Cristo, el único que nos puede abrir los ojos del corazón. Imitemos a sus discípulos, busquemos el sentido de la Palabra de Cristo, en los Padres que nos la han transmitido por experiencia; y deseemos para nosotros mismos esa misma experiencia, la que sólo Cristo puede darnos, de la manera que Él sabe que conviene a nuestra persona. Y proclamemos al mundo, con nuestras palabras, nuestros actos, nuestra actitud, con toda nuestra vida el Anuncio de la Resurrección:

Hemos contemplado la Resurrección de Cristo, adoremos a Jesús, el Señor Santo, el Único sin pecado. Veneramos tu Cruz, o Cristo, cantamos y glorificamos tu Santa Resurrección, porque Tú eres nuestro Dios, no conocemos a ningún otro. Venid todos los fieles, adoremos la Santa Resurrección de Cristo, porque por la Cruz, el Gozo ha venido al mundo. Bendecid al Señor en todo momento y cantemos su Resurrección; porque por nosotros Él ha soportado la Cruz, y por su muerte ha destruido la muerte. Resucitado de la tumba, tal y como lo había anunciado, Jesús nos da la vida eterna y su gran misericordia.

P. Josep Moya