19/4/2020: Mensaje de Pascua del patriarca Ireneo y de la Asamblea de obispos ortodoxos serbios

Patriarca Ireneo

¡Cristo ha resucitado !

¡Es el día de la Resurrección! Irradiemos de alegría en esta solemnidad; abracémonos los unos los a los otros y digamos : “hermanos”, incluso a los que nos odian! Perdonemos todo a causa de la Resurrección y proclamemos en voz alta: ¡Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte ha vencido la muerte, y a los que están en las tumbas, les ha dado la vida! (matines de Pascua)

Aquí estamos, hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, en la celebración y la alegría de la gran fiesta de Pascua. ¡Este día es la fiesta de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo – alegrémonos y estemos alegres! La Pascua es nuestra más gran fiesta – es la fiesta de la victoria de la vida sobre la muerte, de Dios sobre Satanás, del hombre en Jesucristo sobre el pecado. ¡Cristo ha resucitado de los muertos! Digámoslo a todos y comuniquemos la alegría a todos y a cada uno, incluso a los que Le odian, Dios-hombre resucitado, así como a nosotros mismos, Su herencia aquí sobre tierra, como a los que no creen y dudan aún que Él es el Redentor y el Salvador.

Hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, la esencia del misterio de la Resurrección del Cristo está en el hecho que «Aquel que es» al mismo tiempo Hijo de Dios e Hijo del hombre, tiene, desde el Viernes Santo y finalmente el día de la Resurrección, ha vencido a Satanás y ha destruido su poder y su fuerza. La muerte y el infierno son vencidos. El santo apóstol Pablo pregunta en su exaltación victoriosa: “Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Infierno, ¿donde está tu victoria? (1 Co 15, 55). San Basilio el Grande, arzobispo de Capadocia, meditando sobre el misterio de Pascua, precisa las palabras del santo apóstol Pablo diciendo que el Señor Jesucristo Se ha ofrecido en sustitución de la muerte «que nos mantenía en la esclavitud, a nosotros, vendidos al pecado, y ha bajado con la Cruz al infierno para romper los cadenas de la muerte; y ha resucitado en el tercer día, abriendo a cada uno el camino de la resurrección de entre los muertos. El Señor Cristo, dice san Basilo, se ha convertido en el Premier nacido de entre los muertos, afin de ser Él mismo todo en todo, prevaleciendo en todas partes».

El poeta de la Iglesia se maravill ante la prodigiosa Resurrección de la tumba, y se exclama: «Señor, cómo has nacido de la muy santa Virgen y cómo has resucitado de la tumba, no lo sabemos, pero Te glorificamos como Salvador y Redentor».

Celebrando la Resurrección de Cristo, nosotros también nos nosotros maravillamos ante este gran misterio y cantamos: ¡Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte ha vencido a la muerte, y a los que están en las tumbas, les ha dado la vida! Como los hijos de Israel que después de haber atravesado el Mar Rojo expresaron su reconocimiento y sus alabanzas a Dios, nosotros también, hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, que hemos atravesado la tristeza y el pena del Viernes Santo y del Sábado Santo, para encontrarnos en la alegría de la Resurrección, ofrezcamos nuestras alabanzas a Dios y exclamémonos : ¡gloria a Ti, Señor, nuestro Salvador y Redentor, por habernos librado del poder del pecado, de la muerte y del diablo!

Gracias a la verdad del Cristo Resucitado que se apareció a las mujeres mirróforas, a los apóstoles y a otros, nos mantenemos en pie y existimos. Jesucristo, el Señor resucitado, es el fundamento inquebrantable no sólo de nuestra fe y de nuestra Iglesia sino también de toda nuestra existencia y de todo lo que existe. Si Cristo no ha resucitado, ¡vana es nuestra fe, vana es nuestra esperanza, porque estamos todavía en nuestros pecados! dice el santo apóstol Pablo. En la Resurrección se encuentra el sentido de todo lo que existe; sin la Resurrección, todo, la vida misma, es absurda.

La Resurrección del Señor Jesucristo revela el misterio de la Encarnación del Dios-Logos, es decir Su nacimiento en Belén y Su sufrimiento como Cordero de Dios en Jerusalén, así como de todo lo que ha sucedido no sólo en Jerusalén y  Judea sino en el conjunto de la historia del mundo.

Hermanos y hermanas, en la luz de la Resurrección del Cristo, nosotros, pueblo e Iglesia christófora (que lleva a Cristo) serbia, nos percibimos a nosotros mismos y a nuestra historia. Somos un pueblo resucitado en la luz de la Cruz. Sufrimos con Cristo y resucitamos con Él. Toda nuestra historia está situada bajo la señal de la Cruz y de la Resurrección con Cristo, emplazada entre el Gólgota y la Resurrección. El año último, hemos celebrado el octavo centenario de la autocefalía de nuestra Iglesia. Durante este jubileo hemos examinado toda la amplitud, la profundidad y la altura de nuestra existencia durante los ochocientos años transcurridos. En lo que va de año, celebramos el centenario del restablecimiento del estatus de patriarcado de nuestra Iglesia. Después de los sufrimientos dignos del Gólgota de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia en el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, los territorios metropolitanos y las diócesis de nuestra Iglesia, fragmentada entre los territorios de los imperios y de los Estados anteriores, se han reunido en el seno de una Iglesia ortodoxa serbia única, restaurando así nuestro anciano Patriarcat de Peć. Esto ha sido una bendición divina para nuestro pueblo y nuestra Iglesia después de los sufrimientos padecidos, desconocidas hasta el momento, y el aguante manifestado. Es tal vez el santo diácono mártir Avakum quien ha expresado mejor el sentimiento de su pueblo cuando, rechazando renegar su fe ortodoxa a pesar de las amenazas de torturas y de una muerte horrible, exclamó (en diciembre de 1814): «El serbio pertenece a Cristo, se alegra de la muerte!» Dios ha bendecido nuestra unidad en la lucha para la victoria de la verdad y de la justicia. Gracias al Espíritu Santo y a la fuerza de una fe, de una esperanza y de un amor inquebrantables hemos restaurado el Patriarcado de Peć sobre todo el ámbito territorial donde viven los serbios ortodoxos, para la alegría de nuestros ancestros y la orgullo de todos nosotros.

Previamente hemos tenido que, queridos hijos espirituales, como el antiguo Israel, afrontar peligros y sufrimientos terribles, superar travesías marítimas y en aguas profundas, antes de conocer la libertad y la unidad. Nuestra historia emplazada bajo el signo del Gólgota y de Pascua nos enseña que nunca, incluso el día del Viernes Santo, tenemos que perder la fe y la esperanza en Dios. ¿El año 1915 no ha sido un Viernes Santo en nuestra historia reciente? ¿El año 1916 no ha sido el año del Gólgota albanés? ¿El año 1917 no se ha parecido a nuestros funerales y a nuestra inhumación en «las tumbas azules»? ¡Pero he aquí está el milagro! El año siguiente, 1918, fue el de nuestra victoria, de nuestra libertad y de nuestra resurrección; después, el año 1920 fue el de nuestro renacimiento eclesiástico y espiritual.

Mirando estas acciones prodigiosas de Dios en nuestra historia, podemos exclamar como el Salmista: ¡Qué grande eres Señor y maravillosas son tus obras, y no hay palabras para describir todas Tus maravillas! Son prodigiosos en verdad los acontecimientos de la liberación y de la unidad de nuestro pueblo, que han precedido al restablecimiento de nuestra unidad eclesiástica y de nuestro patriarcado. Todo esto evoca forzosamente el salvamento milagroso de los niños de Israel en Egipto, la peregrinación al Sinaí y la llegada a la Tierra prometida. Al final de todo esto, desgraciadamente, nos econtramos, a causa de nuestros hechos y a causa de los hechos de otros, nos encontramos en una situación de crucifixion histórica, antes de poder, gracias a la misericordia de Dios, resucitar de nuevo otra vez…¡Y fue así hasta nuestros días!

Celebrando  la Resurrección del Cristo, queridos hijos espirituales, tenemos que guardar en la memoria a nuestros hermanos y hermanas de nuestra tierra mártir de Kosovo y Metoquia. Recemos por ellos y que el Señor les de fuerza, para que, con su aguante frente a las iniquidades y a las desgracias, contribuyan a obrar para su salvación y la nuestr, que no pierdan nunca la fe en la victoria final del Bien y que continuen creyendo que el Señor, Dios de misericordia y de bondad, está siempre a su lado, así como de todos los que siguen los caminos de Dios.

Asimismo, queridos hermanos y hermanas, tenemos que guardar en memoria nuestros hermanos y hermanas de Montenegro, que soportan una gran iniquidad e injusticia. «Leyes» inicuas han suprimido la verdad y la justicia en Montenegro. Antaño orgulloso y admirable, Montenegro, conocido por su sentido del honor y su heroismo, intenta hoy quitar a nuestra Iglesia lo que ha sido suyo desde hace siglos, lo que el pueblo serbio con sus obispos, sus sacerdotes y sus monjes, han construido y creado. Los santos lugares de Montenegro, muchos de los cuales son más antiguos que Montenegro mismo, son los santuarios populares donde se ha cantado y donde se cantará por los siglos la santa liturgie con las oraciones de san Basilio de Ostrog, de san Pedro de Cetinje, de los santos neo-mártires asesinados por las manos no-fraternelles de adversarios locales de Dios y las oraciones de todos los santos gratos a Dios.

¡Acordémonos hoy de nuestros hermanos mártires de Siria, de Irak, y, a través del mundo, de todos los que sufren a causa de la injusticia y de la rapacidad de los hombres! Uno de los paises mas bellos y sobresalientes del mundo – Siria – ha sido prácticamente destruido por el mal y la violencia. ¡Recemos hoy por todos ellos y por todos los que sufren, con el fin de que el Señor los libre de las manos de hombres injustos!

Pensamos particularmente hoy, y dirigimos nuestro saludo cordial “¡Cristo es resucitado!” a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania, con el metropolita Onufrio a la cabeza, los metropolitas, arzobispos y obispos, los monjes y sacerdotes, que son víctimas de actos no-ecclesiales, no-conciliarios y autocráticos. ¡Recemos para ellos, que sufren, y confiémoslos a nuestro Señor mismo, el Cristo Resucitado, afin de que los salve y los libere de manos injustas!

Queridos hermanos y hermanas, queridos hijos espirituales, este año acogemos y celebramos la Pascua en condiciones difíciles, en medio de pruebas tales que habíamos conocido raramente en el pasado. Vivimos los días de una pandemia que ha golpeado de repente a la humanidad. El mundo entero está afectado y amenazado por un virus. El hombre orgulloso y egoísta de hoy en día, ¿va a sacar alguna conclusión de esta constatación? ¿O va a persistir, sin arrepentimiento y sin amor, en el proyecto suicida de la creación de su paraíso terrestre mentiroso, donde no hay lugar ni para Dios ni para el hombre como ser espiritual creado a la imagen de Dios? Confrontados a tales desgracias, debemos hacer todo lo posible para acudir en ayuda de nosotros mismos y de los demás, para comprender y apoyar los esfuerzos y los programas de las instituciones responsables médicas, sanitarias y estatales que se esfuerzan en protegernos de la contaminación. Esto nos puede parecer difícil en el momento, pero tenemos que aceptar y apoyar todo lo que es en el interés general y adaptar nuestro comportamiento consecuentemente. Por encima todo, ¡recemos al Señor Dios de que nos libre de esta epidemia y de peligros similares!¡Dirijamos nuestras oraciones a Dios, arrepintámonos de nuestros pecados y cudidemos nuestra salud y la salud de las demás! Es la ocasión de reflexionar bien sobre nosotros mismos y el mundo  en general. ¡He aquí que un virus ha trastornado y puesto de rodillas al mundo entero y ha puesto en peligro la salud y las vidas de millones de personas! «¡Cálmate, hombre orgulloso!» enseñó Dostoievski en su tiempo. Su enseñanza nos aparece más actual hoy que en el tiempo en el que fue pronunciado.

En la alegría de la Resurrección del Cristo, os tenemos presentes a todos, queridos hijos espirituales, a los que estáis en nuestra patria y los que estáis diseminados a través del mundo, en nuestros rezos y, paternelmente, os dirigimos a todos nuestro saludo totalmente alegre:

¡Cristo es resucitado!

En el  Patriarcado Serbio, en Belgrado – Pascua 2020 El patriarca serbio Irenei y todos los obispos de la Iglesia Ortodoxa Serbia