16-17/4/2020: Jueves y Viernes Santo: Santa Cena, Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El Jueves Santo, la Iglesia conmemora la Santa Cena de nuestro Señor, antes de su Pasión. Por la mañana se celebran Vísperas y la Liturgia de San Basilio, se lee un Evangelio que narra la unción en Betania por una mujer, después la decisión de Judas Iscariote de traicionar a Jesús por dinero; Jesús reúne a sus discípulos en la Sala Alta donde comerán la Pascua judía y les lava los pies, después, en la Santa Cena, Jesús instituye con sus palabras y actos nuestra liturgia eucarística como comunión a Él, como cabeza del Cuerpo de Cristo.

Así, vemos una polarización extrema: Dios, en la última Cena inicia su sacrificio total por el hombre, por su salvación, movido por su inmenso amor por su creatura. Y el hombre –algunos, personificados en Judas- también por amor, pero por amor a sí mismo, por un amor erróneo y por rechazo de Dios, entrega a Dios a una muerte horrible, y provoca su propia destrucción.

Para entender el significado de la Santa Cena, recordemos como inicia San Juan el gran discurso sacerdotal de Jesús: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1).” Dios es amor. En el principio, en el paraíso, el amor de Dios daba vida al hombre, le daba alimento, y el hombre ofrecía el mundo entero a Dios, lo transformaba en vida en Dios y con Dios. Era una vida de comunión, eucarística. “El amor de Dios dio vida al hombre, el amor del hombre por Dios transformó esta vida en comunión con Dios” (A. Schmmemann).

Pero el hombre, por el pecado, perdió su comunión con Dios, pensó que podría encontrar vida  en este mundo, desvió su amor a Dios a un amor a todo tipo de deseos y de hambres, y murió. Se sometió enteramente al mundo, y en vez de ser su sacerdote fue su esclavo.

Pero Dios no abandonó a su criatura y empezó su obra de redención y salvación, con la Encarnación de Su Hijo, para restaurar la antigua comunión con Dios, y llevarla a la perfección. Cristo, en las tentaciones en el desierto, rechaza la tentación humana más básica, la de “vivir de pan solo”, y en la Santa Cena nos enseña que su Reino y Él mismo es la comida verdadera, la vida real del hombre, su vida eterna en comunión en el amor de Dios, junto con todos los hombres.

Traición de Judas

Pero esa noche de amor extremo por parte de Dios, fue también la noche de traición extrema por parte del hombre, y Judas, abandonando la Cámara Alta, salió fuera, a la obscuridad, y traicionó a Cristo. Y lo hizo también por amor, pero por un amor desviado y distorsionado, y cuando rechazamos el amor de Dios, cualquier cosa –el dinero, el poder, la carne- puede ser el objeto de nuestro amor, de nuestra pasión, pero será una pasión que nos llevará a tener siempre hambre, a no estar nunca satisfechos, y a morir en última instancia, no solamente de una muerte física, natural.

Esta es la decisión que cada uno de nosotros tenemos que pensar, meditando el Evangelio de hoy, si realmente acepto el amor que me ofrece Cristo y lo convierto en la esencia y en el motor de mi vida, o sigo a Judas en la noche. Y no pensemos que estamos tan lejos de Judas: cada vez que, en nuestra vida, faltamos al amor al prójimo, cada vez que ponemos por delante nuestro interés al interés de los demás, que nos convertimos en jueces de los demás, que imponemos nuestra visión del mundo a los demás, estamos rechazando el amor de Dios, y nos vendemos por una vanagloria que sólo nos puede llevar a la obscuridad.

Jesús, antes de cenar, antes de instituir la Eucaristía, les lava los pies a los apóstoles, y les dice explícitamente que sigan su ejemplo, en una imagen muy gráfica: inclinándose, humillándose ante los que son inferiores a él y sirviéndoles. Este es el ejemplo que tenemos que seguir cada uno de nosotros si nos queremos llamar cristianos.

Oración en Getsemaní

Después de la Santa Cena, viene la oración por el mundo entero en el huerto de Getsemaní, el aprisionamiento de Jesús, su juicio injusto y su muerte. Toda esta relación de hechos los celebra la Iglesia el jueves por la tarde, en el oficio de maitines de viernes, donde se leen los 12 evangelios, que es un relato exhaustivo de la Pasión de Cristo.

En el Viernes Santo, se vuelve a revivir la Pasión de Cristo y su muerte final. Lo mejor es leer con detenimiento el Evangelio y el oficio de los “Encomios”, sumergirnos en la atmósfera de sobrecogimiento ante la tumba de Cristo. De profundo agradecimiento ante Su inconmensurable Amor.

Y no podemos dejar de hacer una reflexión en este año que estamos viviendo estas circunstancias tan extraordinarias, debido a la epidemia de coronavirus, que asola y causa tanto sufrimiento y muerte en todo el mundo, y en nuestro entorno más inmediato, que no sabemos en qué acabará o qué comportará en el futuro,  y que nos impide celebrar en “ecclesia”, juntos, la semana más importante del año litúrgico.

Ante todo, pensemos que cada crisis, cada dificultad, es una oportunidad  para que el hombre, ciertamente muchas veces a través del sufrimiento, cada uno de nosotros, y la humanidad entera,  nos replanteáramos nuestra modo de vida, nuestras prioridades, que hagamos un esfuerzo en revisar si realmente estamos viviendo la vida que queremos vivir, o nos hemos perdido en lo accesorio, y nos hemos olvidado de “lo único necesario”, y todos sabemos qué es: renunciar a uno mismo (realmente) y vivir “enfocados” en Dios, y en ser un testimonio de  Él en nuestro mundo, que está tan perdido, y al que tenemos el mandato de “Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Y la mejor, quizás, la única manera de hacer discípulos, de predicar el Evangelio, es como lo hizo Él, sirviendo al mundo (no lo que hace el mundo), lavándoles los pies, y amando a cada persona que se cruza en nuestra vida: cada persona es creación de Dios a su imagen y semejanza, icono de Cristo.  “Y Dios estará con nosotros”.

Y finalmente, recordemos las palabras de Cristo a la samaritana, “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…  Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Juan 4,21). Este año no podemos celebrar la Semana Santa ni Pascua en comunidad, pero cada uno de nosotros en su casa puede celebrar los oficios, meditarlos, sobre todo los oficios de jueves y viernes que son en su mayor parte lecturas del Nuevo y Viejo Testamento. Recordemos que en la Liturgia o cuando hay la lectura de un Evangelio, este es entrado en la Iglesia, en pequeña entrada, como presencia de Cristo entre nosotros.

Y cada uno de nosotros, en nuestro rincón, ante el icono de Cristo y la Madre de Dios, todos, en meditación y adoración, estamos unidos en comunión con el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Y Cristo está con nosotros. Amén.

P. José Santos.