17/04/2020: Una palabra de consuelo en tiempos de epidemia

Arc. Zacharias (Zacharou)

El Archimandrita Zacharias (Zacharou) es confesor en el monasterio de San Juan Bautista, en Maldom, Essex, Inglaterra.

Muchas personas están sumidas en la confusión y otras en el pánico a causa de la amenaza de la epidemia del Coronavirus, que se ha extendido por todo el mundo. Creo, sin embargo, que esto no tendría que suceder, pues todo lo que Dios hace con nosotros, Lo hace por amor. El Dios de los cristianos es un Dios bueno, un Dios de misericordia y bondad, “Que ama a la humanidad”. Dios nos creó en su bondad para compartir Su vida e incluso Su gloria con nosotros.

Cuando caímos en el pecado, Él permitió que la muerte volviera a entrar en nuestra vida por bondad, para que no pudiéramos volvernos inmortales en nuestra maldad / impiedad, sino que buscáramos un camino de salvación. A pesar de que caímos, Dios nunca ha cesado de proveer para nosotros, no sólo bienes materiales para sustentar nuestra raza, sino que también envió profetas y justos, que prepararon Su camino para que pudiera venir y remediar nuestra tragedia, y traer la salvación eterna a través de la Cruz de Su inconcebible amor y la Resurrección. Vino y tomó sobre Él mismo la maldición del pecado, y mostró Su amor hasta el final: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1).

Todo lo que Dios hizo cuando nos creó, cuando nos proveyó de bienes para sostener el mundo, cuando preparó Su camino para venir a la tierra, cuando vino Él mismo en persona para obrar nuestra salvación de una manera tan asombrosa, todas estas cosas las hizo por bondad /generosidad. Su bondad es ilimitada. Él nos salva y es longánima, esperando que nosotros “lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4) y lleguemos a un arrepentimiento verdadero, para que podamos estar con Él por toda la eternidad. Así, en cada estado de Su relación con el hombre, nuestro Dios muestra no solo su bondad, sino también su misericordia, “pues tu amor es mejor que la vida” (Salmo 63,3; la bondad es Su Naturaleza y Lo hace todo para el bien y la salvación del hombre.

Consecuentemente, cuando venga de nuevo a juzgar el mundo, ¿será un Dios diferente quien juzgará? ¿No será el mismo Dios de bondad, de misericordia y longanimidad, Que ama a la humanidad? Tengamos la certitud que no compareceremos ante ningún otro Dios más que Él, que nos ha creado y nos ha salvado. Y así, Él nos juzgará con la misma misericordia y amor. Por esta razón, no tenemos que aterrorizarnos ni dudar, porque será el mismo Dios que nos recibirá en la otra vida y nos juzgará con la misma bondad y compasión.

Algunos temen que la hora de su muerte haya llegado. Esta plaga del coronavirus tiene también un aspecto positivo, porque tenemos algunas semanas desde el momento en que nos alcance hasta nuestro final. Por tanto, podemos dedicar este tiempo para prepararnos nosotros mismos para nuestro encuentro con Dios, para que nuestra partida no ocurra de una manera inesperada y sin preparación, sino después de haber nuestra vida entera cada vez que estemos en oración ante Dios, a veces con acción de gracias hasta el final por todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros y otras veces con arrepentimiento, buscando el perdón de nuestras transgresiones. Nada puede causarnos daño con un Dios tal, que permite todo desde su bondad. Nosotros debemos únicamente mantener la acción de gracias hasta el final y la oración de arrepentimiento por nuestros pecados.

En cuanto a mí, esta plaga me está ayudando. Deseaba encontrar de nuevo la oración que había tenido antes, con la que puedo recorrer mi vida entera desde el nacimiento hasta ahora, dando gracias a Dios por sus beneficios, los conocidos y los desconocidos; y también con la (la oración) que puedo revisar mi vida entera, arrepintiéndome por todos mis pecados y transgresiones. Es maravilloso poder recorrer mentalmente tu vida orando, llevándolo todo ante Dios, con perseverancia en la oración. Entonces sientes que tu vida es redimida. Por esto, es por lo que esta situación está ayudándome realmente. No estoy aterrorizado, sino “acongojado estoy por mi pecado” (Salmo 38,18).

Tenemos que ver la bondad de Dios en todas las cosas que están sucediendo en la actualidad. Los Santos Padres vieron su misericordia. Una epidemia similar ocurrió en el siglo IV en el desierto egipcio, que se llevó a más de la tercera parte de los monjes, y los Padres decían con gran inspiración que, “Dios está llevando almas de santos para Su Reino”, y no dudaban.

Dios mismo habla en el Evangelio sobre los últimos días, sobre las pruebas y aflicciones que el mundo pasará antes de su Segunda Venida. Sin embargo, no percibimos ni tristeza macabra ni desesperación en Sus palabras. El Señor que rezó en el huerto de Getsemaní con sudor de sangre para la salvación del mundo entero, dice que cuando veamos las cosas terribles que preceden Su Segunda Venida, debemos levantar la cabeza con motivación, porque nuestra redención se acerca (Lucas 21,28).

Algunos me dirán, “Que Dios extienda su mano de socorro “. Pro esto es precisamente la mano de Dios. Él desea y obra para nuestra salvación “Muchas veces y de muchos modos” (Heb. 1,1). “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn. 5, 17). Este virus puede ser un medio que Dios utiliza para llevar a muchos de nosotros mismos a arrepentirnos, y a llevarse muchas almas maduras para Su Reino eterno. Por tanto, para aquellos que se entregan y confían ellos mismos a la Providencia de Dios todo contribuirá para su bien: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom. 8,28).

De esta manera, no hay lugar para la consternación enfermiza. Tampoco nos debemos resistir a las medidas que el Gobierno está tomando para disminuir la propagación de las aflicciones que vemos en las vidas de tanta gente. Está mal ir en contra de las autoridades. Tenemos que hacer lo que diga el Gobierno, porque no nos están pidiendo que reneguemos de nuestra fe, sólo nos están pidiendo que tomemos algunas medidas para bienestar común de todas las personas, para que esta crisis pueda pasar, y esto no es para nada irrazonable.

Algunas personas se lo toman demasiado “confesionalmente”, ondean banderas y hacen de mártires y confesores.  Para nosotros no hay duda: mostraremos una sumisión total a las órdenes del Gobierno. Es injusto desobedecer al Gobierno ya que cuando, nosotros enfermamos, es a sus hospitales a los que corremos y ellos son los que se hacen cargo de todos los gastos y de nuestra atención. ¿Por qué no escucharlos?

Este es el ethos (manera de ser, nt) de Cristo que Dios mostró en Su vida en la tierra y este es el mandamiento apostólico que hemos recibido: “… que vivan sumisos a los magistrados y a las autoridades, que les obedezcan y estén prontos para toda obra buena, que no injurien a nadie, que no sean pendencieros sino apacibles, mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres” (cf, Tim. 3, 1-2); y “Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana: sea al rey, como soberano… (ver 1 Pedro 2, 13-17).  Si no obedecemos a nuestros gobernadores que no nos piden demasiado, ¿cómo obedeceréis a Dios, que nos da una ley divina, que es mucho más sublime que cualquiera ley humana?

Si observamos la ley de Dios, estamos por encima de las leyes humanas, como los apologistas del siglo II decían durante el Imperio Romano que perseguía a los cristianos. Es sorprendente ver en el país en que vivimos, (en el Reino Unido), que los futbolistas muestran tal compresión y discernimiento que como para ser los primeros en retirarse de sus actividades con docilidad hacia las indicaciones del Gobierno de tomar medidas profilácticas. Sería triste para nosotros, personas de fe, fallar en no alcanzar el nivel de los futbolistas mostrando la misma docilidad hacia las autoridades por las cuales nuestra Iglesia ora.

Si ellos nos piden detener nuestros Oficios en la Iglesia, simplemente, obedezcamos y bendigamos la Providencia de Dios. Además, esto nos recuerda una antigua tradición que los Padres tenían en Palestina: en la Gran Cuaresma, en el Domingo de la Tirofagia (a partir de este, abstinencia de productos lácteos, nt), después del perdón mutuo, salían hacia el desierto durante cuarenta días sin liturgia; sólo continuarían ayunando y rezando para prepararse para volver en el Domingo de Ramos para celebrar de manera piadosa la Pasión y la Resurrección del Señor.

Así, nuestras circunstancias presentes nos fuerzan a revivir lo que existía en el seno de la Iglesia. Es decir, nos fuerzan a vivir una vida más hesicasta, con más oración, que nos compensará la falta de la Divina Liturgia y nos preparará para celebrar con mayor deseo e inspiración la Pasión y Resurrección del Señor Jesús.

Por lo tanto, convertiremos esta plaga en un triunfo del hesicasmo. En cualquier caso, todo lo que Dios permite en nuestra vida es debido a Su amor y cuidado por el bienestar del hombre, ya que nunca quiere que su criatura sea perjudicada de ninguna manera.

Ciertamente, si fuéramos privamos de la Divina Liturgia por un periodo largo de tiempo, lo podremos soportar. ¿Qué recibimos en la liturgia? Participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que están llenos de Su gracia. Este es un gran honor y beneficio para nosotros, pero también recibimos la gracia de Dios de muchas otras maneras.

Cuando practicamos la oración hesicasta, permanecemos en la Presencia de Dios con la mente en el corazón, invocando el santo Nombre de Cristo. El Nombre Divino nos trae la gracia de Cristo porque es inseparable de Su Persona y nos lleva ante Su Presencia. Esta Presencia de Cristo que nos purifica, nos limpia de nuestras transgresiones y pecados, renueva e ilumina nuestro corazón para que la imagen de Dios nuestro Salvador, Cristo, pueda formarse en él.

Si no pudiéramos celebrar la Pascua en la Iglesia, recordemos que cada contacto con Cristo es Pascua. Recibimos la gracia en la Divina Liturgia porque el Señor Jesús está presente en ella, Él realiza el sacramento y Él es el que se imparte a los fieles. Sin embargo, cuando invocamos Su Nombre, entramos en la misma Presencia de Cristo y recibimos la misma gracia.

Por lo tanto, si estamos privados de la Liturgia, siempre tenemos Su Nombre, no estamos privados del Señor. Además, también tenemos Su palabra, especialmente Su Evangelio. Si su palabra mora continuamente en nuestro corazón, si la estudiamos y oramos, si se convierte en nuestro idioma con el que hablamos a Dios, como Él nos habló, entonces tendremos nuevamente la gracia del Señor. Porque Sus palabras son palabras de vida eterna (Juan 6,68), y el mismo misterio es realizado, recibimos Su gracia y somos santificados.

Además, cada vez que hacemos el bien a nuestro prójimo, esto agrada al Señor, considera que lo hacemos en Su Nombre y nos recompensa. Mostramos amor a nuestros hermanos y el Señor nos recompensa con su gracia. Esta es otra forma en que podemos vivir en la Presencia del Señor. Podemos tener la gracia del Señor a través del ayuno, las limosnas y toda buena obra.

Entonces, si nos vemos obligados a evitar reunirnos en la Iglesia, también podemos estar unidos en espíritu en estas santas virtudes que son conocidas dentro del Cuerpo de Cristo, la Santa Iglesia, y que preservan la unidad de los fieles con Cristo y con los otros miembros de Su Cuerpo. Todas las obras que hacemos por Dios es una Liturgia, estas obras sacerdotalmente sostienen nuestra salvación.

La Liturgia es el gran evento de la vida de la Iglesia, en donde los fieles tienen la posibilidad de intercambiar su pequeña vida con la vida ilimitada de Dios. Sin embargo, el poder de este evento depende de la preparación que realicemos antes, a través de todas las cosas que hemos mencionado, a través de la oración, las buenas obras, el ayuno, el amor al prójimo, el arrepentimiento.

Por lo tanto, mis queridos hermanos, no es necesario hacer confesiones heroicas contra el Gobierno por las medidas profilácticas que toma para el bien de todas las personas. Tampoco debemos desesperarnos, sino solo sabiamente activar vías para no perder nuestra comunicación viva con la Persona de Cristo.

Nada puede dañarnos, simplemente debemos ser pacientes durante un cierto período de tiempo y Dios verá nuestra paciencia, eliminará todos los obstáculos, todas las tentaciones y nuevamente veremos el amanecer de días alegres, y celebraremos nuestra esperanza y amor comunes, que tenemos en Cristo Jesús.

Archimandrita Zacarías, Monasterio de San Juan Bautista, en Essex, Inglatera. 17 marzo 2020

Fuente: https://pemptousia.com