12/4/2020: Domingo de Ramos

Entrada de Jesús a Jerusalem

Fil. 4, 4-9
Lc 7, 36-50

La versió en català, està sota la versió en castellà.

Son días extraños. También es parte de esta extrañeza comentar el Evangelio desde una mesa de trabajo, sin escucharlo antes proclamado en medio de la Divina Liturgia; y por escrito, sin ver los rostros de todos.

No sé quién leerá estas líneas, pero pienso en todos los que, confiando y siendo fieles a Cristo y a su palabra, sufren esta situación de pandemia y ponen su voluntad en encomendarse al Señor por encima de todo.

No sé, a ti que lees, cómo te ha golpeado esta epidemia: tal vez alguien cercano a ti ha dejado este mundo; o estarás padeciendo tú mismo la enfermedad, o habrás visto tu economía afectada gravemente; quizás alguno estará inquieto a causa de la incertidumbre del momento, y por el futuro de sus hijos; alguien verá tambalearse su paz interior, necesaria para dirigirse a Dios en plegaria; tal vez alguien sentirá más que nunca la necesidad de tener cerca la Iglesia, de recibir los sacramentos, más consciente que hace unas semanas de la propia debilidad.

Y el Apóstol nos dice hoy una vez más ¡Alegraos! ¡Alegraos siempre en el Señor! El Señor está cerca!

Son días extraños y difíciles, pero el Evangelio continúa siendo para nosotros, cristianos, la brújula que señala el oriente de nuestra vida. Quiero transcribir en este comentario palabras del santo obispo Ignacio (Briantcháninov).

El fruto de las tribulaciones, consistente en la purificación de nuestra alma y su elevación a un estado espiritual, debe guardarse como un tesoro muy apreciado. Este fruto se guarda cuando, sometidos a pruebas y reprimendas, ponemos todo el cuidado durante ese tiempo en acatar los mandamientos del Evangelio, sin dejarnos seducir por las pasiones que aparecen y se incitan por la misma prueba. ¡Entre la Cruz y los mandamientos del Evangelio existe una hermosa relación!… “Vosotros, los que teméis al Señor, confiad en su misericordia; no os desviéis del camino recto, para no caer. Los que teméis al Señor confiad en El y no quedaréis sin recompensa. Los que teméis al Señor, esperad sus favores, la felicidad eterna y la misericordia” (Sir 2, 7-8)

El domingo de la Entrada del Señor a Jerusalén la Iglesia proclama el Evangelio (Jn 12, 1-13) en que san Juan nos presenta el inicio del camino hacia el Gólgota. En este pasaje vemos a quien le ama, le sirve y obra ya para su sepultura: Lázaro, Marta, María, la que unge sus pies; vemos también quien se muestra incapaz de soportar lo que ha de venir, viendo quizás frustradas las esperanzas de un líder fuerte que liberase Israel del poder opresor de Roma y, sintiéndose traicionado o engañado, llega a desear acabar con Él; y vemos los que no entienden, esperan y dudan. En casa de Lázaro, resucitado de los muertos después de cuatro días en la tumba, están todos. En la entrada a la ciudad de Jerusalén también estamos todos, los que le alaban con júbilo, los que conspiran contra Él, los que con fidelidad le acompañan aunque todavía con un muro que les impide entender lo que vendrá. Estos últimos son, creo, los que mejor nos representan a la mayoría de nosotros: escuchamos la Palabra, confiamos en el Señor, le seguimos, pero nuestros oídos no quieren acabar de escuchar.

Cristo entra a Jerusalén, el pueblo le aclama y le canta himnos de victoria como Rey, y Él inicia el camino de la Pasión y la muerte en la Cruz. Muchos esperan un Mesías poderoso, un Caudillo victorioso. Él, humilde, sobre un pollino de asna, emprende el camino de la Pasión y la Cruz.

En el Evangelio del domingo anterior,

dos discípulos pedían al Señor tronos de gloria. Él les ofrecía su Copa: La Copa de Cristo es sufrimiento (…) La Copa de Cristo es un don de Dios (..) Como seguidor de Jesús Cristo, tu preocupación es actuar en justicia; recibir la Copa en acción de gracias a Dios y con fe viva; y, con valentía, beberla hasta apurarla.

Esta prueba que ahora Dios permite que llegue al mundo puede ayudarnos a reflexionar: ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguir la salud del cuerpo? ¿Qué estamos dispuestos para la salvación de nuestra alma?

Estáis preparados para soportar el gusto amargo y repelente de las medicinas, para soportar la amputación y la cauterización de miembros, para soportar el interminablemente largo padecimiento del hambre y la reclusión en vuestra celda; estáis preparados para soportar todo eso a fin restablecer la salud perdida de vuestro cuerpo, que después de sanado seguro que volverá a enfermar y con toda seguridad morirá y se corromperá. ¡Sed capaces de soportar la amargura de la Copa de Cristo que aporta a nuestra alma inmortal la salvación y la beatitud!

Ruega a Dios que aparte de ti toda calamidad y toda prueba; pero cando las aflicciones vengan por sí mismas, no les tengas miedo, no pienses que han venido por casualidad, por la fuerza de las circunstancias. No, han sido permitidas por la inescrutable Providencia de Dios. Lleno de fe, con fortaleza y con la magnanimidad nacidas en ti, nada sin miedo en medio de la tempestad oscura y huracanada hacia el puerto tranquilo de la eternidad; la mano invisible del mismo Jesús te guiará. 

Cuando Jesús amó a aquel joven le ofreció seguirle y llevar su Cruz (cf Mt 10, 21). ¡No rechaces su llamada!

Muchos nos hemos preguntado si los males que padecemos son un castigo por nuestras culpas. Ciertamente ésta no es la enseñanza del Evangelio. Nuestro Dios es un Dios de Amor y quiere que todos se salven, y de ningún modo desea ni planifica el mal para su creación. La relación entre la culpa y las aflicciones es otra:

…cada aflicción revela las pasiones escondidas en el corazón, las pone en movimiento. Antes de que llegue la aflicción, el hombre aparece calmado y afable, pero cuando llega la tribulación, las pasiones de las que no era consciente despiertan y se manifiestan, en particular la cólera, la tristeza, la acidia, el orgullo y la incredulidad… junto a ello, las tribulaciones aceptadas y soportadas del modo conveniente, aumentan la fe: enseñan al hombre su debilidad, inducen a la humildad y disminuyen la presunción.

“Cristo vino a llamarnos a la conversión. Pon especial atención en estas palabras: He venido para llamar a los pecadores a la conversión (Mt 9, 13). Nuestro Señor nos ofrece aquí no diversión ni comida, ni paseos o carreras, ni banquetes ni bailes. Sino penitencia, llanto, lágrimas, lamentación y cruz. ¡Mira en qué pasa un cristiano su vida en la tierra! Lo puedes ver leyendo el Evangelio de Cristo. También hay alegría aquí para los cristianos, pero espiritual. No se alegran con el oro o la plata, la comida, la bebida, el honor y la gloria, sino en Dios su Salvador, en su bondad y en la acción de gracias, en la esperanza en la vida eterna”. (S. Tikon de Zadonsk)

Así pues, iniciando el camino del Gólgota,

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros.” (Fil 4, 4-9)

P. Josep Moya