31/3/2020: Algunas reflexiones sobre la crisis y la llamada del Coronavirus: Una reflexión de msr. Alexis de Betesda (Iglesia Ortodoxa de América)

Msr. Alexis de Betesda

Los obispos de la Santa Iglesia Ortodoxa aman a sus rebaños y siempre se esfuerzan por llevarlos a pasturas ricas y bien regadas. Cuidan de él, en cuerpo y alma. Al hacer esto, siguen a su Señor, Cristo, quien no sólo expulsó a “los espíritus inmundos” sino que también curó “toda enfermedad y toda dolencia” entre el pueblo (Mateo 10,1). Vemos en los Evangelios que Cristo a veces trata primero el alma y después el cuerpo; otras veces, el cuerpo primero y el alma después. Ante la presencia del muy contagioso y potencialmente letal coronavirus, la preocupación de los obispos por el bienestar corporal de su gente es para que ni un solo cordero se pierda innecesariamente. No es por una falta de fe o de compasión, sino por una fe inquebrantable y una abundancia de compasión.

La compasión se expresa en dar a cada pecador el tiempo necesario para arrepentirse, porque “en el infierno no hay arrepentimiento” (San Juan Damasceno). Fe que se expresa en la certitud de que nuestro Señor siempre puede estar entre nosotros, que Él puede estar siempre a nuestro lado, como lo proclama el Salmista: “Si subiera al cielo, Tú estás allí, si bajara al Hades, estás presente» (Salmo 139,8). Y si estoy encerrado en mi casa lejos de la Iglesia, “Tú estás allí”, así como el Señor estaba allí para y con el Apóstol Pedro cuando fue encerrado en prisión, Él está aquí para y con nosotros.

Durante los tiempos de incertidumbre, ansiedad y miedo, nos volvemos de forma natural hacia Dios buscando refugio, paz y valentía. Este es nuestro derecho natural como Cristianos Ortodoxos bautizados. Ciertamente, “Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia siempre a punto. Por eso no tememos si se altera la tierra” (Salmo 46, 2-3). Con el coronavirus, la tierra ha cambiado, pero no tenemos miedo. Los fieles están aislados en sus casas, separados físicamente de sus seres queridos, imposibilitados incluso de reunirse juntos como Iglesia para la celebración de los misterios, pero no tenemos miedo, porque Dios continúa siendo nuestro refugio, nuestra paz y nuestra fuente de valor. Muchos están comprensiblemente desanimados y abatidos por la decisión de prohibir las reuniones eucarísticas en la Iglesia en razón de la salud de nuestro prójimo, a quien amamos. Aun así, Dios es nuestro refugio, nuestra paz, y nuestra fuente de valentía. Dentro de esta prueba, esta amenaza que sentimos muy cercana, hay una llamada que no comunicada y una promesa que nos llama. Pero para escuchar esta llamada y ver la realización de la promesa, tenemos que acercarnos a nuestro Salvador como sus hijos fieles se han acercado siempre a Él, no con indignación farisaica o con desaliento autocompasivo, sino con una humilde y paciente esperanza.

Es una llamada para la oración del corazón. La promesa es la gracia purificadora e iluminadora del Espíritu Santo. Con el énfasis en una comunión más frecuente en los pasados cuarenta años, podríamos haber tenido la tentación de descuidar la necesaria comunión interior cotidiana con Cristo mediante la oración, ese hablar con Él y caminar con Él que caracterizaba la mayor parte de las vidas de los Apóstoles, antes y después de la institución de la Cena Mística. Muchos de nuestros grandes santos estaban privados de la Santa Comunión durante periodos de tiempo que para nosotros sería insoportable solo el pensarlo, pero para ellos eran periodos de crecimiento continuado de gloria en gloria, porque nunca estuvieron sin la Santa Comunión con Cristo a través de la oración. La oración no es fácil, requiere concentración, dedicación, y amor, pero a través de las puertas de la oración, podemos tocar a Cristo, Cristo nos puede tocar y podemos ser curados. Es imperativo para nosotros aprender a servir la Liturgia en el Altar del corazón y el momento está ahora al alcance.

Durante la crisis del coronavirus, tenemos la oportunidad de convertirnos en hombres y mujeres de oración profunda. Tenemos la ocasión para “entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto” (Mateo 6, 6), y ofrecerle nuestro arrepentimiento, nuestra gratitud y nuestro amor. Podemos llegar a entender que “la oración es una fortaleza segura, un puerto protegido, una protección para las virtudes, un destructor de pasiones.

Aporta vigor para el alma, purifica la mente, da descanso a los que sufren, consuela a los que lloran. La oración es conversación con Dios, contemplación de lo invisible, modo de vida angélico, un estímulo hacia lo divino, la seguridad de las cosas anheladas, “hacer realidad las cosas que esperamos” (Teodoro, el Gran Asceta, Centuria 1:61). Como dice San Sofronio de Essex, “la oración es una creación incesante e infinita, superior a cualquier otro arte o ciencia. Por la oración entramos en comunión con el Ser eterno sin comienzo, que es antes de todos los mundos… el alma gusta una santa ebriedad. (La oración, 15).

El anciano Emilianos, cuyo amor por la Divina Liturgia era incomparable, una vez dijo: “No tiene sentido ir a la Iglesia, es innecesario asistir a la Liturgia e inútil comulgar, sino estoy rezando constantemente” (The Church at Prayer, 10). La amenaza del virus quizás puede abrir nuestros ojos sobre la amenaza de no conocer cómo rezar a Dios en nuestro corazón. La amenaza del virus podría convertirse en una bendición que vivificaría nuestra vida espiritual. La tentación ante nosotros es ensordecer nuestros oídos a esta llamada a una activa, ardua oración para acercarse a Dios en vez de preferir formas más pasivas y fáciles para que Dios se acerque a nosotros. Ahora no es el momento de intentar idear cualquier medio para evitar esta oración en privado, sino que es el tiempo de escuchar la llamada a orar en nuestro corazón al Dios de nuestro corazón. Hay un mundo interior rico, que nos llama, un mundo donde Dios es todo en Dios. Tomemos el regalo de este tiempo para entrar en este mundo. Y si lo hacemos, cuando vengamos juntos para la Divina Liturgia con un anhelo aumentado por la distancia, esa Liturgia será más radiante y más angélica que cualquier cosa que hayamos conocido antes. A través de una profunda vida de oración interior, aprenderemos realmente cómo dejar de lado las preocupaciones terrenales, para que podamos recibir al Rey de todo.

Fuente: https://www.oca.org/news/headline-news/some-thoughts-on-the-crisis-and-the-call-of-the-corona-virus-a-reflection-by-his-grace-bishop-alexis-of-bethesda