Homilia del 4º Domingo de Cuaresma. De San Juan Climaco.


San Juan Climaco

Hebreos 6, 13 – 20
Marcos 9, 17-31

La versió en català, està sota la versió en castellà.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

En este cuarto domingo de Cuaresma, hemos acabado de pasar la mitad del periodo cuaresmal y la Iglesia, para animarnos y fortalecernos en este nuestro esfuerzo continuado de penitencia, de oración y de ayuno, nos invita a conmemorar este domingo la figura de San Juan Climaco, (o de la Escala), (Sf. Ioan Scararul · Св. Иоанн Лествичник).

San Juan fue un monje que vivió en el s. VII en Palestina, ermitaño y después higúmeno de la comunidad de monjes del monasterio del Sinaí, y que, se distinguió por su vida de oración y ascetismo, alcanzó mucha fama como padre espiritual y, sobre todo, dejó escrito un libro, “La Escalera Santa”, donde describe los peligros, las tentaciones de las diferentes pasiones, y las pruebas e “ilusiones” que debe superar el monje en su camino de unión con Dios.

Sus 30 capítulos son como 30 escalones, a imagen de la escalera que vió Jacob en sueños entre el cielo y la tierra (Gen 28,12), que el monje debe ir subiendo hasta llegar a la “contemplación luminosa”, a su unión con Dios. Y aunque San Juan habla mucho de ascesis, ayunos, etc., siempre es en vistas, siempre los considera como medios para conseguir ese arrepentimiento total, esa total negación de uno mismo, de nuestro egocentrismo, para poder dar lugar a que Cristo pueda vivir en nuestro interior. Como lo canta la Iglesia en los matines: « Has apagado el fuego de las pasiones, bienaventurado Padre, por el rocío de tus llantos, has encendido la llama del amor y de la fe; te has convertido en antorcha de la sobriedad, un hijo de luz, una lámpara de pureza” y “Todo el curso de su vida, era la oración contínua y un amor a Dios sin igual”.

San Juan, con su vida y su libro nos recuerda que las primeras palabras que pronunció Cristo, cuando empezó su predicación fueron: “… comenzó Jesús a predicar y decir: Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.” Es esta conversión, este constante volver a poner a Dios como centro de nuestra vida a lo que nos invita San Juan con vida y obra.

El evangelio de este domingo (Marcos 9, 17-31) narra la curación de un joven poseído por un demonio mudo y sordo, cuyo padre lo había traido a los Apóstoles de Jesús para que lo expulsaran, y estos no habían podido expulsarlo. Resaltaríamos el pasaje en que el padre le dice a Jesús: ““… si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.” Y Jesús le responde: “¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!” Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!»”

Esta escena es un ejemplo inmejorable de nuestra fe, de hecho, de nuestra pobre fe. Fe pobre, débil e inconstante, que se derrumba ante la realidad y la dureza de nuestra vida normal y ante nuestra tendencia a lo material, a lo puramente humano, pero no tenemos que olvidar las palabras del padre a  Cristo: “¡Ayuda a mi poca fe!”: si rezamos a Cristo, si le pedimos con la misma confianza con la que un niño puede pedir a su padre, Cristo siempre vendrá en nuestro auxilio, siempre, de una manera o en un momento que a lo mejor no entendemos, (recordemos cómo sale el demonio del joven: entre gritos y agitándose con tal violencia, que quedó como muerto) pero si perseveramos en esta confianza filial, podremos vencer todas las dificultades de la vida y, sobre todo, podremos sobrepasar nuestra esclavitud para con el pecado, no nosotros, sino Cristo, porque “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios.” (Lucas 18,27).

Y vemos también cómo el ejemplo de San Juan se refleja en las palabras de Jesús ante la pregunta de sus apóstoles de porqué no habían podido expulsar al demonio: “Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración (y el ayuno).” La oración tiene que ser el centro de nuesta vida, esta oración continua con Dios, confiada y paciente, sabiendo que este proceso de curación del alma y del cuerpo dura toda la vida, hasta la muerte puede, pero “Jesús, tomándo al joven –tomándonos a nosotros-  la mano le levantó y le puso en pie”.

En estos días en que toda la humanidad está en crisis y sufre por la pandemia del coronavirus, que nos parece que todo se derrumba, tenemos que tener confianza en Cristo y, como el padre del joven, con nuestra poca fe, rezar constantemente, rogar a Dios para que nos salve a todos nosotros, a la humanidad entera de esta plaga, con la total confianza de que Quien murió en la Cruz, siendo Dios, Jesucristo, por amor a los hombres, no nos abandonará en estos momentos de prueba. Que así sea. Amén.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

En este cuarto domingo de Cuaresma, hemos acabado de pasar la mitad del periodo cuaresmal y la Iglesia, para animarnos y fortalecernos en este nuestro esfuerzo continuado de penitencia, de oración y de ayuno, nos invita a conmemorar este domingo la figura de San Juan Climaco, (o de la Escala), (Sf. Ioan Scararul · Св. Иоанн Лествичник).

San Juan fue un monje que vivió en el s. VII en Palestina, ermitaño y después higúmeno de la comunidad de monjes del monasterio del Sinaí, y que, se distinguió por su vida de oración y ascetismo, alcanzó mucha fama como padre espiritual y, sobre todo, dejó escrito un libro, “La Escalera Santa”, donde describe los peligros, las tentaciones de las diferentes pasiones, y las pruebas e “ilusiones” que debe superar el monje en su camino de unión con Dios.

Sus 30 capítulos son como 30 escalones, a imagen de la escalera que vió Jacob en sueños entre el cielo y la tierra (Gen 28,12), que el monje debe ir subiendo hasta llegar a la “contemplación luminosa”, a su unión con Dios. Y aunque San Juan habla mucho de ascesis, ayunos, etc., siempre es en vistas, siempre los considera como medios para conseguir ese arrepentimiento total, esa total negación de uno mismo, de nuestro egocentrismo, para poder dar lugar a que Cristo pueda vivir en nuestro interior. Como lo canta la Iglesia en los matines: «Has apagado el fuego de las pasiones, bienaventurado Padre, por el rocío de tus llantos, has encendido la llama del amor y de la fe; te has convertido en antorcha de la sobriedad, un hijo de luz, una lámpara de pureza” y “Todo el curso de su vida, era la oración continua y un amor a Dios sin igual”.

San Juan, con su vida y su libro nos recuerda que las primeras palabras que pronunció Cristo, cuando empezó su predicación fueron: “… comenzó Jesús a predicar y decir: Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.” Es esta conversión, este constante volver a poner a Dios como centro de nuestra vida a lo que nos invita San Juan con vida y obra.

El evangelio de este domingo (Marcos 9, 17-31) narra la curación de un joven poseído por un demonio mudo y sordo, cuyo padre lo había traído a los Apóstoles de Jesús para que lo expulsaran, y estos no habían podido expulsarlo. Resaltaríamos el pasaje en que el padre le dice a Jesús: ““… si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.” Y Jesús le responde: “¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!” Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!»”

Esta escena es un ejemplo inmejorable de nuestra fe, de hecho, de nuestra pobre fe. Fe pobre, débil e inconstante, que se derrumba ante la realidad y la dureza de nuestra vida normal y ante nuestra tendencia a lo material, a lo puramente humano, pero no tenemos que olvidar las palabras del padre a  Cristo: “¡Ayuda a mi poca fe!”: si rezamos a Cristo, si le pedimos con la misma confianza con la que un niño puede pedir a su padre, Cristo siempre vendrá en nuestro auxilio, siempre, de una manera o en un momento que a lo mejor no entendemos, (recordemos cómo sale el demonio del joven: entre gritos y agitándose con tal violencia, que quedó como muerto) pero si perseveramos en esta confianza filial, podremos vencer todas las dificultades de la vida y, sobre todo, podremos sobrepasar nuestra esclavitud para con el pecado, no nosotros, sino Cristo, porque “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios.” (Lucas 18,27).

Y vemos también cómo el ejemplo de San Juan se refleja en las palabras de Jesús ante la pregunta de sus apóstoles de por qué no habían podido expulsar al demonio: “Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración (y el ayuno).” La oración tiene que ser el centro de nuestra vida, esta oración continua con Dios, confiada y paciente, sabiendo que este proceso de curación del alma y del cuerpo dura toda la vida, hasta la muerte puede, pero “…Jesús, tomando al joven –tomándonos a nosotros-  la mano le levantó y le puso en pie”.

En estos días en que toda la humanidad está en crisis y sufre por la pandemia del coronavirus, que nos parece que todo se derrumba, tenemos que tener confianza en Cristo y, como el padre del joven, con nuestra poca fe, rezar constantemente, rogar a Dios para que nos salve a todos nosotros, a la humanidad entera de esta plaga, con la total confianza de que Quien murió en la Cruz, siendo Dios, Jesucristo, por amor a los hombres, no nos abandonará en estos momentos de prueba. Que así sea. Amén.

En estos días en que toda la humanidad está en crisis y sufre por la pandemia del coronavirus, que nos parece que todo se derrumba, tenemos que tener confianza en Cristo y, como el padre del joven, con nuestra poca fe, rezar constantemente, rogar a Dios para que nos salve a todos nosotros, a la humanidad entera de esta plaga, con la total confianza de que Quien murió en la Cruz, siendo Dios, Jesucristo, por amor a los hombres, no nos abandonará en estos momentos de prueba. Que así sea. Amén.

P. Jose Santos

Homilia del 4rt Diumenge de Quaresma. De Sant Joan Clímac.

Hebreus 6, 13 – 20
Marc 9, 17-31

En el Nom del Pare i del Fill i de l’Esperit Sant.

En aquest quart diumenge de Quaresma, hem acabat de passar la meitat del període quaresmal i l’Església, per a animar-nos i enfortir-nos en aquest el nostre esforç continuat de penitència, d’oració i de dejuni, ens convida a commemorar aquest diumenge la figura de Sant Joan Climac, (o de l’Escala), (Sf. Ioan Scararul · Св. Иоанн Лествичник).

Sant Joan va ser un monjo que va viure en el s. VII en Palestina, ermità i després hegumen de la comunitat de monjos del monestir del Sinaí, i que es va distingir per la seva vida d’oració i ascetisme, va tindre molta fama com a pare espiritual i, sobretot, va deixar escrit un llibre, “L’Escala Santa”, on descriu els perills, les temptacions de les diferents passions, i les proves i “il·lusions” que ha de superar el monjo en el seu camí d’unió amb Déu.

Els seus 30 capítols són com 30 graons, a imatge de l’escala que va veure Jacob en somni entre el cel i la terra (Gen 28,12), que el monjo ha d’anar pujant fins a arribar a la “contemplació lluminosa”, a la seva unió amb Déu. I encara que Sant Joan parla molt de ascesis, dejunis, etc., sempre és en vistes, sempre els considera com a mitjans per a aconseguir aquest penediment total, aquesta total negació d’un mateix, del nostre egocentrisme, per a poder donar lloc al fet que Crist pugui viure en el nostre interior. Com ho canta l’Església en els matines: « Has apagat el foc de les passions, benaurat Pare, per la rosada dels teus plors, has encès la flama de l’amor i de la fe; t’has convertit en torxa de la sobrietat, un fill de llum, una llum de puresa” i “Tot el curs de la seva vida, era l’oració contínua i un amor a Déu sense igual”.

Sant Joan, amb la seva vida i el seu llibre ens recorda que les primeres paraules que va pronunciar Crist, quan va començar la seva predicació van ser: “… va començar Jesús a predicar i dir: Convertiu-vos, perquè el Regne dels Cels ha arribat.” És aquesta conversió, aquest constant tornar a posar a Déu com a centre de la nostra vida al que ens convida Sant Joan amb vida i obra.

L’evangeli d’aquest diumenge (Marcos 9, 17-31) narra la curació d’un jove posseït per un dimoni mut i sord, el pare del qual l’havia portat als Apòstols de Jesús perquè ho expulsessin, i aquests no havien pogut expulsar-ho. Ressaltaríem el passatge en què el pare li diu a Jesús: “… Però, si hi pots res, ajuda’ns, per compassió amb nosaltres! Però Jesús li contestà: Això de si hi pots res… ! Tot és possible al qui creu! A l’instant exclamà el pare del minyó: Crec; ajuda la meva incredulitat! !»”

Aquesta escena és un exemple immillorable de la nostra fe, de fet, de la nostra pobra fe. Fe pobra, feble i inconstant, que s’esfondra davant la realitat i la duresa de la nostra vida normal i davant la nostra tendència al material, al purament humà, però no hem d’oblidar les paraules del pare a Crist:  “ ajuda la meva incredulitat !”: si resem a Crist, si li demanem amb la mateixa confiança amb la qual un nen pot demanar al seu pare, Crist sempre vindrà en el nostre auxili, sempre, d’una manera o en un moment que potser no entenem, (recordem com sali el dimoni del jove: entre crits i agitant-se amb tal violència, que va quedar com a mort) però si perseverem en aquesta confiança filial, podrem vèncer totes les dificultats de la vida i, sobretot, podrem sobrepassar la nostra esclavitud envers el pecat, no nosaltres, sinó Crist, perquè “ El que és impossible per als homes és possible per a Déu .” (Lucas 18,27).

I veiem també com l’exemple de Sant Joan es reflecteix en les paraules de Jesús davant la pregunta dels seus apòstols de perquè no havien pogut expulsar al dimoni: “Aquesta mena, els respongué, no es pot treure de cap més manera que amb oració (i dejuni).” L’oració ha de ser el centre de la nostra vida, aquesta oració continua amb Déu, confiada i pacient, sabent que aquest procés de curació de l’ànima i del cos pot durar tota la vida, fins a la mort. Però “… Jesús, tot prenent‑li la mà al jove -prenent-nos a nosaltres-, va alçar‑lo; i ell es posà dret.”

En aquests dies en què tota la humanitat està en crisi, patint per la pandèmia del coronavirus, i que sembla que tot s’esfondra, hem de tenir confiança en Crist i com el pare del jove de l’evangeli, amb la nostra poca fe, hauríem de pregar constantment, i demanar a Déu perquè ens salvi a tots nosaltres, a la humanitat sencera d’aquesta plaga, amb la total confiança que Qui va morir en la Creu, essent Déu, Jesucrist, per amor als homes, no ens abandonarà en aquests moments de prova. Que així sigui. Amén.

P. Jose Santos