25 de marzo. Homilia de la fiesta de la Anunciación.- (Parroquia de Barcelona)

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El anuncio del Arcángel Gabriel a María comienza con la palabra ‘Χαιρε!’, ‘Alégrate’. Vale la pena pensar hoy la alegría y la tristeza en la vida de la Iglesia.
A menudo la sociedad ha hecho una caricatura, un estereotipo que pretende hacer de la Cuaresma un tiempo de aflicción, de tristeza. Los cristianos sabemos que los Padres – la Tradición ortodoxa es unánime – nos han hablado siempre de  la Cuaresma como aflicción gozosa, y del camino del ayuno como un camino gozoso hacia la Pascua. ¿Cómo podría ser triste deshacerse del peso del pecado, decidir limpiar todo lo que nos impide ver a Dios? El arrepentimiento, las lágrimas del arrepentimiento está llenas de gozo, de luz, porque vienen del Espíritu Santo. Y seguro que muchos hemos empezado la Gran Cuaresma con alegría, con la actitud decidida de prepararnos para recibir el gozo de la Resurrección. Sin embargo, a medida que avanzan las semanas de Cuaresma, el ayuno fácilmente nos trae una compañía poco deseable, cierta tristeza, ya que al negar a nuestro cuerpo y a nuestra alma aquello a lo que están acostumbrados, reaccionan con rebeldía, con tristeza o desánimo, incluso con mal humor y rabia… Y ello no ha de suponer una derrota de nuestro gozo primero, sino que la práctica del ayuno pone en primera línea las pasiones de cada uno, los enemigos reales a los que hay que combatir. Además, ahora, en estos días de pruebas intensas que estamos viviendo, se añade una tentación mayor al desánimo, rodeados de malas noticias, amenazas, privaciones no deseadas… El desánimo y la tristeza, junto al miedo, pueden ser esta Cuaresma los principales enemigos contra los que luchar. La celebración de la fiesta de la Anunciación ofrece un contraste bien marcado con ese tono general que a menudo, y este año tal vez con más intensidad, intenta teñir con su oscuridad la Cuaresma.

Es cierto que los primeros días de la Gran Cuaresma, el Gran Canon de San Andrés nos pone ante nosotros una realidad personal que a primera vista difícilmente calificaríamos de alegre:

¿Por dónde podría comenzar a llorar las acciones de mi desafortunada vida?… Ven, alma mía desafortunada, con tu carne confiésate al Creador de todas las cosas y, de ahora en adelante, renuncia a tu comportamiento de animal irracional y ofrece a Dios lágrimas de arrepentimiento… He pecado más que cualquier otro hombre; sólo contra Ti he pecado: a pesar de todo, mi Salvador, no me cierres la puerta el último día, sino ábremela ahora que me arrepiento ante Ti… Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí! Repetimos constantemente en la plegaria. Esta es la tristeza llena de esperanza; tristeza muy distinta de la provocada por el esfuerzo del ayuno o por las aflicciones derivadas de la epidemia que vivimos. Es necesario estar  atentos a distinguir perfectamente estas dos tristezas: la primera es luminosa; la segunda, tenebrosa.

La tristeza oscura, tenebrosa se caracteriza fundamentalmente por no presentarnos ninguna salida, por conducirnos hacia la desesperanza, la depresión, la acedia o la ira, la cólera y la maledicencia contra los otros. No es fácil en el momento que vivimos protegerse contra estos sentimientos.

La concepción del Logos de Dios en el seno de María, la Virgen, por obra Espíritu Santo, según la voluntad del Padre, es el único acontecimiento nuevo bajo el sol. Nuevo e irrepetible. Absoluto. La naturaleza humana es renovada, y, con ella, toda la creación. En este acontecimiento están contenidos todos los dogmas de la Iglesia. Sin él la fe no es posible. Sin la concepción virginal de Cristo en el seno de María, no es posible entrar al nuevo Cielo y la nueva Tierra, y Adán derramaría eternamente lágrimas añorando el Paraíso. Que el Invisible sea visto a los ojos de los hombres, que el Incontenible sea encerrado en el seno materno, que el seno de una Virgen sea la morada del creador, que los hombres puedan ver a Dios, significa definitivamente el final de todos los errores y de todos los extravíos. Por eso María es llamada arquetipo de la resurrección, inicio de la restauración espiritual, corona del dogma.

Y María también es llamada cima inaccesible a los pensamientos humanos, abismo insondable a los ojos angélicos. Ello significa que querer encerrar el misterio de la Anunciación-Encarnación en explicaciones y razonamientos lógicos nos alejaría de la verdadera fe y de la recta praxis cristiana y ortodoxa. La fiesta de la Anunciación no es un momento de refresco en el camino –¡podemos comer pescado! – para recuperar fuerzas en el esfuerzo del ayuno carnal y espiritual. El alivio que nos puede procurar la contemplación de la fiesta de hoy puede ser el fruto de la visión del futuro, el cumplimiento del designio de Dios para toda la creación, de la verdad del Reino del cielo accesible ahora y aquí, en todos y cada uno de nosotros, en cada uno individualmente y en el conjunto de la humanidad en Iglesia, el milagro de la resurrección, el don de la gracia, la participación eucarística en la vida divina.

El dolor y las lágrimas de la Cuaresma deberían estar provocadas únicamente por la visión de la distancia que nos separa de todas estas cosas divinas, a cada uno y a la humanidad en general. Y entonces, en este dolor, nuestra voz sería el gemido que implora a Dios que nos salve, que nos rescate, a nosotros y a todo el mundo, de la destrucción. El dolor, la pena, la tristeza se convertiría en un ruego esperanzado, sabedor de la Verdad de nuestro Dios y de su Providencia.

La Divina Providencia preparó el camino desde la salida de Adán y Eva del Paraíso hasta la Virgen, y fue la primera venida del verbo de Dios, en la carne. Y la Providencia de Dios sigue trabajando y prepara el camino para la segunda venida de cristo, en Gloria. ¡No sabemos ni el día ni la hora! Pero no podemos dudar, cristianos ortodoxos, de que todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá en el mundo, por más que las consecuencias de las transgresiones humanas intenten combatir para desviar el designio divino, Dios los pone al servicio de Su manifestación gloriosa al final de los siglos. ¡Y Él quiere que todos se salven! A nosotros nos toca hacer el Amén, el “Hágase tu voluntad”, como lo hizo María ante el Príncipe de los ejércitos celestiales.

Los males que padece el mundo actual, y no solo la epidemia, la pobreza de tantos millones de personas, los contingentes de desplazados, el hambre, la pobreza extrema, son, en última instancia, hijos de habernos apartado de Dios. Solucionar con herramientas humanas estas plagas, le toca al César, y debemos colaborar, en la medida que podamos, en su trabajo, darle el que le corresponde.

Hemos de atravesar días de dificultades, no sabemos cuánto se alargarán. Más que nunca necesitaremos la fe, la esperanza y el amor, más que nunca necesitaremos vivir en nuestro interior el mundo transfigurado, que es la Iglesia. Forzados por las circunstancias a no reunirnos en las parroquias, no podemos dejar nunca de sentirnos unidos en el espíritu Santo, de obrar como responsables los unos de los otros, de hacer verdadera, mediante nuestro actuar, nuestra fe: al César le toca gobernar el mundo, proteger a los ciudadanos, velar por la salud y la paz, pero la Victoria sobre toda enfermedad, sobre toda aflicción y sobre cualquiera de las consecuencias del pecado, tanto personal como de la humanidad ante Dios, le corresponde sólo a Dios. Y la Iglesia es, ni más ni menos, que la presencia de Dios en el mundo. El testimonio de los miembros del Cuerpo de Cristo puede ser el instrumento de su Providencia. Los sacramentos estos días serán mucho menos frecuentes, o incluso algunos deberemos “ayunar”, como hicieron los Padres del desierto en tiempos antiguos. No serán, sin embargo, ni substituidos ni reemplazados. La plegaria y toda buena obra nos acerca a Dios, nos conduce a su presencia, y por ellas, si Él quiere, puede habitar en nosotros; con todo, nuestro corazón debe anhelar, como el ciervo, las aguas de reposo, los Misterios que Él nos da. La Eucaristía no deja ni ha dejado nunca de celebrarse, a nosotros nos toca saber cómo incorporarnos en cada momento de nuestras vidas a esta celebración cósmica y celestial.

Todos los que están abatidos por las consecuencias del pecado, los que no podemos alzar los ojos al cielo porque nuestra mirada está fija en la tierra de una  realidad que no ofrece salida, despertemos en este día, escuchemos el anuncio del Ángel y “apartemos toda preocupación de este mundo”, y alegrémonos (χαιρετε!), “porque el Señor se acerca, pongamos nuestras preocupaciones en la plegaria y acción de gracias ante Él” (cf Fil 4, 4-6).

P. Josep