Homilía del 3er domingo de Cuaresma. -D. de la Santa Cruz-

En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

En la tradición de la Iglesia ortodoxa, el tercer domingo de cuaresma está dedicado a la contemplación del misterio de la Cruz. El Evangelio empieza diciendo. “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mc. 8, 34) Con estas palabras se nos pone de manifiesto un camino a seguir.

El hombre fue creado al principio a la imagen de Dios, en el primer capítulo del Génesis, podemos leer, “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Gen. 1, 26). Pero la fuerza de esta imagen el hombre la perdió en el momento en el que, utilizando la libertad que esta imagen le otorgaba, decide un camino contrario al que su creador le ofrece, y situándose él en el lugar de Dios, se produce la caída de nuestros primeros padres, precipitándose en un mundo que está dominado por la corrupción y la muerte. Porque no era posible que el hombre, con esta actitud,  continuara estando en el lugar que Dios lo había situado. En el tercer capítulo del Génesis, donde se habla de la caída, podemos leer “hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo volverás” (Gen. 3 19).

La consecuencia de esta realidad  es la que nos hace vivir en un mundo que está lejos de Dios, dominado por la caída de Adam, y cuya distancia entre esta nueva realidad i la realidad divina es infranqueable para el viejo Adam, tal y como podemos leer al final del tercer capítulo del Génesis, “Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gen. 3, 24)

Pero aquella imagen divina que Dios transmitió al hombre en el momento que lo creo, no se  perdió de una forma absoluta, sino que en la propia esencia del hombre, permanece el deseo de transcendencia y de búsqueda de la verdad de su propia existencia, y con esta inquietud el pueblo de Israel inicia un camino de purificación para crear el espacio donde la propia divinidad se pueda manifestar para sacarnos de este mundo que está dominado por la muerte. Y la Virgen Maria, Madre de Dios, como cima más elevada de este proceso de purificación, es capaz de ofrecer a nuestro creador una matriz donde albergar al propio Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad y dar a luz a Jesús-Cristo, Hombre y Dios. Será Él quien hará posible que a través de su nacimiento, muerte y resurrección, podamos vencer a la muerte en la que estamos retenidos por la caída de nuestros primeros padres.

Volviendo a las palabras del Evangelio, el camino que se nos propone, es precisamente el camino por donde tenemos que transitar para iniciarnos en el camino de la Vida. Negarnos a nosotros mismos significa renunciar al viejo Adam, a aquel que nos ha encadenado a este mundo corrupto que está dominado por la muerte, porque todo en este mundo acaba muriendo. Y la lucha contra este viejo Adam, es la lucha contra nuestro propio orgullo  y contra todas aquellas pasiones que nos ligan a este mundo y que impiden que abramos la puerta a una nueva realidad  trascendente con la que nos podemos relacionar. Y esta relación con la trascendencia no es abstracta ni indeterminada, sino que es la relación con el Emmanuel “Dios con nosotros” segunda persona de la Santísima Trinidad que se ha hecho hombre para que nos podamos deificar y transitar este camino que es infranqueable para el hombre solo.

Toma tu cruz y sígueme, nos dice el Evangelio. La cruz es precisamente el camino por el que transita el Hijo del Hombre a través de la pasión y muerte, para descender a lo más profundo del hombre caído, y redimirlo, saliendo victorioso de la muerte como Hijo de Dios, Resucitando de entre los muertos.

Él nos abre el camino hacia la redención, pero nosotros también tenemos que ser capaces de pasar por un camino de muerte y de resurrección, para participar de este camino de salvación. El Evangelio de San Juan nos dice: “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto” (Jn. 12, 24). La ascesis personal que tenemos que desarrollar, precisamente de una forma especial en tiempo de cuaresma, trata de luchar contra todas aquellas influencias de este mundo que nos alejan de una relación íntima con Dios, se trata de morir al viejo Adam para acercarnos al Nuevo Adam, y de esta manera, aunque sea de una forma intuitiva, percibir cuáles son aquellas actitudes que nos aproximan a Dios y cuáles las que nos alejan, para tener elementos de juicio que nos permitan luchar contra todos aquellos elementos que están presentes en nuestra vida y que no son precisamente buenos para nuestra salud espiritual, por esto el Evangelio también nos dice:  “¿Y que aprovecha al hombre de ganar todo el mundo si pierde su alma?”.

Hoy nos encontramos precisamente frente a una situación que, a pesar de las dificultades, nos puede ayudar a este proceso de interiorización durante esta cuaresma. La crisis sanitaria a causa de este virus que ataca nuestras vidas, nos ha situado en un aislamiento generalizado que nos impide realizar nuestras actividades cotidianas y que nos tiene recluidos  en nuestras casas. A partir de aquí hemos de vivir una cuaresma sin más elementos que la oración personal frente a los iconos, leyendo o trabajando sobre textos que nos ayuden a profundizar sobre la vida espiritual o interiorizando la oración del corazón durante los quehaceres domésticos, y al no poder salir de nuestras casas, tenemos mucho más tiempo para profundizar sobre lo que realmente es importante en la vida, desde una perspectiva espiritual  que cuando estamos ocupados con todo aquello que el mundo nos ofrece. Plateémonos pues esta cuaresma como realmente un retiro personal y a partir de este desierto, busquemos el fundamento de la Vida que las escrituras nos transmiten.

Y en estos momentos de dificultad, tengamos presentes en nuestras oraciones a las víctimas de esta pandemia, a los que están enfermos y a los sanitarios, obligados a realizar un esfuerzo extremo, poniendo en riesgo en algunos momentos su salud, y también la fuerza necesaria para todos aquellos que sufrimos sus consecuencias.

P. Martí

Nota: Como no sabemos el tiempo que esta situación puede durar, cada domingo colgaremos la homilía del Evangelio correspondiente en la página web de la Iglesia (www.iglesiortodoxa.es) y en este canal de comunicación, y al mismo tiempo os ofrecemos  esta vía de comunicación, así como la página web a través del apartado de contactos, para  cualquier consulta o circunstancia que requiera atención de la Iglesia. Que Dios nos de a todos una santa cuaresma en estas circunstancias de aislamiento.