16 de mayo 2012: Conferencia de Yana Knyazeva sobre San Juan Crisóstomo en nuestra parroquia de Barcelona.

Yana Knyazeva, que reside actualmente en Barcelona y es miembro de nuestra parroquia, dio una conferencia sobre San Juan Crisóstomo, en el marco de las conferencias trimestrales que tienen lugar en la parroquia a cargo de personas invitadas a tal fin.
Yana Knyazeva estudió teología en el Instituto de San Tikon, de Moscú. También es licenciada en filología hispánica y francesa y reside en Barcelona.
En su conferencia, resaltó los puntos principales del pensamiento teológico y las sensibilidades vitales de su acción pastoral como obispo, y los fue desarrollando a la par que iba explicando su biografía, muy marcada y condicionada por estas sensibilidades. Hombre de gran elocuencia, era un gran y apasionado orador. Uno de sus temas preferidos era la caridad para con los pobres y la necesidad de vivir austeramente. Siendo patriarca de Constantinopla, capital del Imperio Romano Oriental, este discurso le acarreó muchos enemigos, sobre todo entre la nobleza, el alto clero y la misma emperatriz. Fue enviado al destierro en dos ocasiones y murió en el viaje a su segundo destierro.
Se le atribuye la liturgia que lleva su nombre aunque más bien lo que hizo fue ordenar y reformar las diversas oraciones y usos que había de una manera no unificada en aquella época (siglo IV).
Fue un gran exégeta de las epístolas de San Pablo. En sus escritos y sus relaciones, pese a su vida ascética y su gran rigor consigo mismo, insistía siempre en la necesidad de convencer, no de condenar; el amor tenía que estar siempre por encima de todo.
Otro de sus leit motiv importantes era la paciencia ante el sufrimiento y las pruebas, nunca se lamentaba ante las adversidades y siempre daba gracias y alabanzas a Dios por todo, incluso en la desgracia.
No discutía el poder y la autoridad de los gobernantes, pero no tenía ningún miedo ni reparo en denunciar las injusticias y los abusos de poder, vinieran de donde vinieran. Esta actitud ante el poder, junto con su predicación de la caridad y la vida ascética fue lo que acarreó más problemas, provocando sus dos destierros y de que un Concilio (“Bajo la Encina”) fuera acusado de origenista.
Muy pronto, después de su muerte, el clamor popular lo declaró santo, y sus restos fueron traslados a Constantinopla, por orden del hijo de la emperatriz, nuevo emperador, y el mismo emperador pidió perdón largamente por las persecuciones a las que le sometió su madre.