MENSAJE DE PASCUA DEL PATRIARCA PAVLE – ABRIL 2009

“Diguamos “Hermanos” a los que nos odian. Perdonémoslo  todo a causa de la Resurrección”  (Estíchera de Pascua)

Queridos hermanos y hermanas, en esto días de primavera, celebramos con inmutable alegría la fiesta más grande la Iglesia de Dios, la Resurrección de Cristo Salvador. Cada año en esta época, cuando una fuerza de vida misteriosa despierta la naturaleza dormida, una vida más luminosa, santa y alegre se despierta también en nosotros. Hoy afluyen pensamientos elevados, aparecen sentimientos sublimes y nuestro espíritu es invadido por reflexiones espirituales que sobrepasan nuestro horizonte habitual. Con el Señor Resucitado, nos elevamos hacia una vida más alta y substancial. Nuestro corazón se ilumina por el estallido triunfante de la vida eterna que nos ha sido ofrecida por nuestro Redentor y Salvador resucitado. De la misma manera que en el Génesis misterios, el Verbo de Dios ha hecho nacer el mundo y le ha insuflado vida, también el poder divido ha hecho resucitar de los muertos al Hijo de Dios, Jesucristo. Este gran acontecimiento es misterioso como la creación del mundo, prodigioso y sublime como el verdadero canto de alegría que ha estallado por encima de toda la creación divina.

Nos separan muchos siglos de la clara aurora de Jerusalén donde las santas mujeres vieron la tumba vacía. Habían venido para ungir con perfumes el cuerpo de su Maestro, bañarlo con sus lágrimas y calentar la fría lápida mortuoria con su amor, su fidelidad y su apego. Ellas estaban también al lado de la Cruz del Salvador Crucificado en la hora en que todos lo habían abandonado, excepción hecha de su Madre y de un discípulo. Incluso siguiendo de lejos los últimos momentos del más gran Maestro, no lo habían olvidado  en la hora de su muerte. Por ello han sido juzgadas dignas de ser las primeras en testimoniar y en difundir la nueva de la Resurrección, las primeras en expresar la alegría de la vida nueva en el Señor Resucitado. Continúan resonando hoy en nuestras orejas las dulces reprimendas que el ángel de Dios les hizo, sentado sobre la piedra sepulcral: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado. (Lucas 24, 5-6)  Estas mujeres atemorizadas han sido las primeras, en aquel jardín donde se encontraba la tumba, en conocer un contacto alegre con el Señor Resucitado. Él les dijo que se volvieran a Galilea para informar a los discípulos y transmitirles la alegre nueva de que les volvería a encontrar (Mc 16, 7).
Queridos hijos de Dios, nuestra alegría pascual de hoy se deriva de este encuentro con el Señor Resucitado, que ha resucitado por nosotros y ha insuflado la alegría de la vida nueva entre todos sus discípulos  y todos los que profesan su enseñanza divina.
Siglos nos separan igualmente del crepúsculo de una jornada en Jerusalén donde el Señor Resucitado se apareció a sus discípulos, Cleofás y otro. Asustados, se apresuraban a llegar a Emaús, para ponerse a resguardo de los israelitas. Aunque menos valientes que las santas mujeres mirróforas, fueron juzgados dignos de reencontrar al Señor Resucitado. Él les disimuló su apariencia precedente, de tal suerte que no le reconocieron. Pero después de que hubieran hablado de lo que acababa de pasar en Jerusalén y que Él hubiera partido el pan, los dejó; entonces  se dijeron el uno al otro que “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros?”  (Lc 24, 13-32) , cuando les hablaba en el camino.
Ese mismo fuego sagrado que quemaba en el corazón de los dos discípulos de Cristo yendo hacia Emaús, quema también hoy  en nosotros cuando celebramos esta Fiesta por encima de las fiestas y conocemos este encuentro espiritual con el Vencedor invisible de la muerte. Este mismo fuego sagrado no ha cesado de calentar la Iglesia de Dios a lo largo de los siglos de su historia. El mismo Salvador nos ha dicho, además: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra” (Lc 12, 49). Este fuego sagrado ha calentado a nuestros antepasados y ha iluminado su existencia en las prisiones sufridas en el curso de los siglos. Nuestros antepasados han vivido mucho tiempo sin techo, sin hogar, sin libertad, en una inseguridad total, privados de domicilio y de bienes, a semejanza de numerosas personas que son expulsadas en nuestros días de sus hogares, pero que siempre han conservado su fe en el Cristo Resucitado, fe en la victoria de la justicia y de la verdad, fe en la Resurrección.

Largos siglos nos separan también de la primera tarde Pascua, cuando el Señor Resucitado ha aparecido por primera vez a sus discípulos asustados y desesperados, saludándolos con estas palabras de ánimo: “La paz con vosotros” (Jn 20,19).

En un instante les llevó la paz, resucitó su fe en Él y en su misión divina. Si Él, el Hijo de Dios, no hubiera resucitado, la historia del cristianismo se hubiera acabado con sus últimas palabras sobre la Cruz: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30). Pero Cristo resucitó y en nombre de esta verdad sus discípulos ofrecieron alegremente la vida por Él. Portadora de esta gran verdad, su Iglesia inició una campaña victoriosa a través del mundo, para vencer sin efusión de sangre a sus innombrables adversarios, armados hasta los dientes.
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (Lc 24, 5), hizo notar el ángel de Dios a las mujeres mirróforas inclinadas sobre el santo sepulcro en búsqueda de la verdad y de la Vida eterna. En nuestros días, millones de hombres empobrecidos espiritualmente y moralmente destrozados, deslumbrados por el resplandor de las cosas efímeras, viven en este mundo como en frío del sepulcro.  ¿No se transforma el mundo en un centro de producción y de comercialización del esplendor artificial y de los valores efímeros? ¿No se dice hoy en día que, hasta en ausencia de cielo, el hombre puede circular libremente por la tierra? Como si el hombre contemporáneo se hubiera alzado hasta la cima de la torre de Babilonia, confiando plenamente en su saber, pero con frecuencia mezquino, egoísta, agresivo y lleno de inclinaciones perversas que amenazan su torre y su supervivencia. Hace temer que nuestra civilización se acuerde demasiado tarde de las palabras de Cristo: “Separados de mí no podéis hacer nada.” (Jn 15, 5).
Nuestro Salvador se hizo hombre para elevarnos hasta Él. Aceptó ser crucificado sobre la Cruz para rescatar los pecados del género humano. Resucitó de los muertos para hacernos el don de la Vida eterna. Ha hecho de la muerte un momento particular de la vida, la vida que nunca se detiene. Cuando Pilatos iba a juzgar al Salvador, no tenía ni la fuerza espiritual ni la altura de espíritu para reconocer en Él al Hijo de Dios. A pesar de todo, sus ojos no podían dejar de notar la belleza del rostro humano del Salvador torturado. “Aquí tenéis al hombre” (Jn 19, 5) anunció Pilatos ante los acusadores de Jesús. Se esforzaba por ejercer una cierta influencia sobre las conciencias endurecidas de los que querían condenar a muerte a Cristo. Pensaba que el esplendor humano de su Persona podría conmover a algunos.
Roguemos al Señor Resucitado para que resucite en nosotros la figura de la naturaleza humana original que hoy es sesgada, enmascarada y desfigurada por innombrables vicios. Roguemos para que en nosotros todos reconozcan a un hombre iluminado por su Vida eterna, sea rico o pobre, o sea su posición social grande o pequeña. Nuestra época actual está enfrentada a una crisis material, pero la crisis moral es aún  más visible. Nos alegraremos si alguien, mirando a cualquiera de nosotros, sea capaz de decir:  “Aquí tenéis al hombre” de manera que cada persona, amigo o enemigo, juez o procurador, pueda reconocer en cada uno de nosotros un hombre auténtico y verdadero. Hermanos y hermanas, no es necesario preservar la dignidad de hombres, que  el Hijo de Dios ha elevado tan alto por su Resurrección. Guardemos la fe en el Señor Resucitado, así como el amor a nuestro prójimo, la verdad y la justicia; guardemos la fe en el bien que los hombres buscan a pesar de todo, pero que nadie puede realizar sin la ayuda del Señor Resucitado y supliquémosle, como los discípulos del camino de Emaús, que permanezca con nosotros; para que nos alegremos gracias a Él, para que encontremos la fuerza cerca de Él, que nos elevemos espiritualmente y para que las aguas turbias de nuestro tiempo no nos atrapen y se nos lleven.
Dirigiendo este mensaje a todos nuestros hermanos y hermanas, tenemos presentes muy especialmente   a los fieles de Kosovo y Metoquia, así como nuestros fieles a través del mundo, en todos los continentes donde los ortodoxos serbios y todos los cristianos ortodoxos celebran hoy la Resurrección de Cristo. Vuestro Patriarca y todos los obispos de la Iglesia serbia os saludan con el saludo de la alegría y de la vida nueva:

¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡EN VERDAD HA RESUCITADO!

En Belgrado, Pascua 2009
Patriarca Pavel y todos los obispos ortodoxos serbios.

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