14/6/2020, Barcelona: 1º Domingo después de Pentecostés. Homilía

Hebreus 11, 33 a 12, 2
Mateu 10, 32-33, 37-38; 19, 27-30

Ha acabado el gran ciclo litúrgico que empezó el domingo del Publicano y el Fariseo, que recorrió la Gran Cuaresma para culminar en la Gran Fiesta de la Pascua del Señor y, finalmente, pasando por la Ascensión, nos llevó el pasado domingo a la Fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. El domingo pasado también acabó la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles en la Divina Liturgia de los domingos. En este libro, se describe el inicio de la vida de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo que, de la mano de los Apóstoles, llevó a los confines de a tierra la Buena Nueva de la Resurrección del Señor, y la proclamación de la Divinidad Única e Indivisible Trinidad. La celebración de hoy, domingo de Todos los Santos, es la culminación lógica y necesaria de aquel ciclo, a la vez que el inicio del nuevo ciclo del tiempo litúrgico.

Toda la obra de la economía divina, puesta para nuestra contemplación en este ciclo cumplido, tiene como meta la Santidad. La experiencia, la realización, de la santidad es también la meta de la Iglesia. No venimos a la Iglesia para nada más que para hacernos Santos. La Santidad es el Misterio de la Iglesia, la Vida en Cristo por el Espíritu Santo. Somos miembros de la Iglesia, estamos unidos al Cuerpo de Cristo por el Santo Bautismo y por los Sagrados Sacramentos; ¿Quién podría vivir en Cristo y no participar de la Santidad, no tener experiencia de la Santidad, no ser santificado?

Y sin embargo, si en Iglesia, en Cristo, todos somos santos, ¿qué nos diferencia de los Santos que están en el cielo? Seguramente sobre todo nuestra inconstancia en el arrepentimiento, en nuestro esfuerzo por mantener viva y despierta la lámpara de la santidad que hemos recibido, la pereza para levantarnos cada vez que caemos. Recibimos la santificación, pero no alcanzamos la santidad, perezosos y débiles de voluntad como somos.

En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a rebajar expectativas de la santidad. Escuchamos a menudo cosas como no soy santo, para justificar comportamientos o actitudes que en el fondo reconocemos como lejanas a la santidad. En el mundo existe una tendencia natural a relajar el esfuerzo, a diluir los contrastes, a simplificar y uniformar. También afecta esta tendencia a nuestra práctica cristiana. La fiesta de hoy podría ser una ocasión para plantearnos nuestras expectativas respecto a la santidad como miembros que somos de la Iglesia.

Podemos entender esta fiesta como la conmemoración de los que ya están en el Cielo, glorificados por Dios y partícipes de la visión divina, y que gozan de la confianza ante Él para interceder por nosotros; si nos quedamos con esta perspectiva únicamente, corremos el riesgo de vivir la fiesta pasivamente, de situarnos como meros espectadores, de situarnos en un plano diferente al de los Santos, separados de ellos. Podemos sin embargo concebirla como la conmemoración de los frutos de la Vida de la Iglesia, de la Vida en Cristo, y entenderla como la celebración de la comunión de los Santos. Los santos que están en el Cielo siguen siendo miembros activos de la Iglesia, y cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, nos unimos a los Santos en la alabanza y la acción de gracias, y ellos y nosotros, juntos, damos testimonio de Cristo. A pesar de los dos aspectos que podemos contemplar de la Iglesia, los nacidos en el Cielo y los que permanecemos aquí en la tierra, la Iglesia es Una, y todos somos parte, miembros del mismo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo y cuya alma es el Espíritu Santo. La Santidad es algo que nos afecta directamente a cada uno de nosotros y a todos juntos. El fruto de la Santidad es el que explican los Hechos de los Apóstoles. Efectivamente, los Apóstoles, después de recibir el Espíritu Santo, salieron a predicar a Cristo, a dar testimonio.

El Evangelio de hoy empieza hablando de este testimonio. En su forma griega dice: Quien confiese en mi ante los hombres, Yo confesaré en él ante mi Padre que está en los cielos. No se puede ser testimonio de Cristo si no se está en Él, Quien confiesa a Cristo ante los hombres, confiesa en Cristo. Porque esta confesión no es posible sino es por el poder de Quien confesamos. ¿Cómo dar testimonio de Cristo? ¿Cómo confesar en Cristo? El Evangelio de hoy es parte del capítulo en que  el Señor advierte a los discípulos de los peligros a que se expondrán si le siguen y predican su Evangelio. No penséis que he venido a traer la paz, sino la espada. Y advierte que tendrán por enemigos a los de su propia casa, y les dice que en su Nombre dejen todo lo que estiman y le sigan, y que nada se ponga delante del amor a Él. Estas palabras severas, lejos de atemorizara los discípulos, les da fuerza y confianza, a fin que cuando lleguen esas cosas estén preparados y no desfallezcan sino que las reconozcan como señal de la voluntad de Dios. Porque para encontrar la Paz es necesario separarse primero de lo que es causa de guerra y división, de todo afecto que en el fondo busca sólo la supervivencia de la naturaleza caída, del hombre viejo, alejándonos de Dios. La lectura del Apóstol de hoy nos pone ante las tribulaciones y peligros que sufrieron y superaron los justos que se mantuvieron fieles al Señor, y los pone como modelo para que su testimonio nos de fuerza para separarnos de las cargas que nos impiden correr hacia la única meta: Cristo, causa y fin de nuestra Fe.

Los Santos que ya han recibido las coronas y viven en el cielo, son nuestros intercesores y nosotros los hemos de tener como modelos. Fijándonos en sus vidas podemos adquirir la fuerza para emprender el camino de la santidad activamente, tomar las armas de la Fe y levantarnos ante todo lo que quiere apartarnos del don de Dios, con la certeza de que, a pesar de nuestras debilidades y del poder de todo lo que se opone a nuestra santidad, en Su confesión tendremos siempre la roca firme y el refugio seguro.

La historia de la Iglesia a lo largo de los siglos, desde el día de Pentecostés hasta hoy, y hasta la consumación del tiempo, no es más que el relato de la confirmación de su fidelidad a Cristo a través de pruebas continuas. Y también lo es la vida de cada Santo. Emprender este camino, el camino de la santidad es confesar en Cristo, y no dar testimonio de la virtud o la fuerza personal; es confesarlo ante los hombres, no esconder la fe a la vista de los otros; es temer a Dios y no a los hombres; es temer la muerte del alma causada por el pecado ante Él, y no temer perder la buena fama ante los hombres; es renunciar a la propia vida para injertarnos en la Vida de Cristo; es apoyar nuestra vida sólo en Cristo, el Único que puede guardarla, y no confiar en la fuerza de los hombres, incapaces de salvar; es aceptar las aflicciones en Nombre de Cristo, y no poner como objetivo de nuestra vida la felicidad que proporciona la ausencia de dolor y aflicciones; emprender el camino de la santidad no es tener miedo de la decadencia progresiva del cuerpo, de la enfermedad que puede conducir a la muerte, sino no tener miedo de nadie ni nada que pueda matar el cuerpo, porque Dios ha querido que nuestro cuerpo pase por la muerte y vuelva al polvo en espera de la Resurrección. Es separarnos de todo lo que nos puede separar de Él, de todo lo que en nuestro interior causa guerra y división, y seguirle.

Así pues, si hemos celebrado la Divina Liturgia Eucarística, después de haber unido nuestras voces a los coros angélicos en el himno del Trisagion, de haber pedido la santificación de nuestras almas y de nuestros cuerpos, de haber conmemorado todos los Santos, de haber ofrecido los dones santos a los Santos y proclamarque sólo Uno es Santo, sólo Uno Señor Jesús Cristo para gloria de Dios Padre y de comulgar con el Santo Cuerpo y el Santo Cáliz, hemos podido decir en voz alta hemos visto la Luz verdadera, hemos pedido a Dios que nos guarde en la santidad, porque Él es nuestra santificación. Así, salgamos en paz en el Nombre del Señor, para llevar a cabo la obra de la Iglesia que es la santificación de todos y cada uno de nosotros, y, por nosotros, de la creación toda, y hacernos todos Uno en Cristo, por el espíritu Santo, para gloria de Dios Padre. Amén.

P. Josep Lluís

14/6/2020, Barcelona: 1er Diumenge després de la Pentecosta. Homilia

Hebreus 11, 33 a 12, 2
Mateu 10, 32-33, 37-38; 19, 27-30

Tot just ha acabat el gran cicle litúrgic que va començar amb el diumenge del Publicà i el Fariseu, va recórrer la Gran Quaresma per culminar amb la Gran Festa de la Pasqua del Senyor i finalment, passant per l’Ascensió, ens va portar, diumenge passat, a la Festa de la Pentecosta, la vinguda de l’Esperit Sant damunt l’Església. Des del dia de Pasqua fins diumenge passat s’ha llegit a la Litúrgia el llibre dels Fets dels Apòstols. En aquest llibre es descriu l’inici de la Vida de l’Església, l’acció de l’Esperit Sant que, de la mà dels Apòstols i deixebles, portà fins els confins de la terra la bona Notícia de la Resurrecció del Crist i la proclamació de la Divinitat Única i Indivisible Trinitat. La celebració d’aquest diumenge de Tots els Sants és la culminació lògica i necessària d’aquell cicle, i al mateix temps l’inici del nou cicle de temps litúrgic.

Tota l’obra de l’economia divina, posada a la nostra contemplació en aquest cicle litúrgic –el temps de penediment de Quaresma, la Passió, la mort i Resurrecció del Senyor, l’Ascensió al Ce i la davallada de l’Esperit– té com fita la Santedat. L’experiència, la realització, de la Santedat és també la fita de l’Església. Perquè finalment no venim a l’Església per cap altra cosa que per esdevenir Sants. La Santedat és el Misteri de l’Església, la Vida en Crist per l’Esperit Sant. Som membres de l’Església; estem units al Cos de Crist pel Sant Baptisme i pels Sants Sagraments; qui podria, doncs, viure en Crist i no participar de la Santedat, no tenir experiència de la Santedat, no ser santificat?

I tanmateix, si en Església, en Crist, tots som Sants, què ens diferencia doncs dels Sants que ja són al cel? Segurament sobretot la nostra inconstància en el penediment, en el nostre esforç per mantenir viva i desperta la llàntia de la santedat que hem rebut, la mandra per aixecar-nos en cada caiguda. Rebem la santificació, però no assolim la santedat, mandrosos i febles de voluntat com som.

En la nostra vida quotidiana estem acostumats a rebaixar les expectatives de la santedat. Sentim sovint coses com no sóc sant! per justificar comportaments o actituds que reconeguem lluny de la santedat. Al món existeix una tendència natural a relaxar l’esforç, a diluir els contrastos, a uniformar i simplificar. També ens afecta aquesta tendència a la nostra vida pràctica cristiana. La festa d’avui podria ser una ocasió per plantejar-nos les nostres expectatives respecte a la santedat a què estem cridats com a membres de l’Església.

Podem entendre la festa d’avui com la commemoració d’aquells que ja són al Cel i glorificats per Déu i partícips de la visió divina, i que gaudeixen de la confiança davant d’Ell per tal d’intercedir per nosaltres; si ens quedem, però, amb aquesta perspectiva només, correm el risc de viure-la passivament, de situar-nos en un plànol diferent a ells, i establir una barrera de divisió entre els Sants i nosaltres, fer de simples espectadors. També podem concebre-la com la commemoració dels fruits de la Vida en l’Església, de la Vida en Crist, i entendre-la com la celebració de la Comunió dels Sants. Els Sants que són al Cel són sempre membres actius de l’Església i quan ens apropem a la Sagrada Eucaristia, ens apleguem amb ells en la lloança i acció de gràcies, i ells i nosaltres són testimonis del Crist. Tot i els dos aspectes de l’Església que contemplem, els nascuts al cel i els que som aquí a la terra, l’església és Una, i tots som part, membres del mateix Cos, el Cap del qual és el Crist, i l’ànima, l’Esperit Sant. La santedat és quelcom que ens pertoca directament a cada un de nosaltres i a tots plegats. El fruit de la santedat, és el que expliquen els Fets dels Apòstols. Efectivament, els Apòstols després de rebre l’Esperit Sant, sortiren a predicar el Crist, a donar testimoni

I l’Evangeli d’avui comença parlant d’aquest testimoni; fixem-nos en la forma de l’original grec: Qui confessi en mi davant dels homes, jo confessaré en ell davant el meu Pare. No es pot ser testimoni del Crist si no s’hi és en Ell. Qui confessa el Crist davant dels homes, confessa en Crist, perquè aquesta confessió no és possible sinó pel poder de Qui confessem. Com testimoniem el Crist? Com confessem en Crist? L’Evangeli d’avui pertany al capítol on el Senyor adverteix els deixebles dels perills a que s’exposaran si el segueixen i prediquen el seu Evangeli. No penseu que he vingut a portar la pau sinó l’espasa. I els adverteix de què tindran per enemics els de casa seva, i els diu que en el seu Nom deixin tot el que s’estimen i el segueixin, i que res no es posi per davant de l’amor a Ell. Aquestes paraules severes, lluny d’atemorir-los, els enforteix, els dona confiança, per tal que quan arribin aquestes coses estiguin preparats i no defalleixin, sinó que les reconeguin com a senyal de la voluntat de Déu. Perquè per trobar la Pau cal separar-se primer del que és causa de guerra i divisió, de tot afecte que en el fons busca només la supervivència de la naturalesa caiguda, de l’home vell, allunyant-nos per tant de Déu. La lectura de l’Apòstol d’avui ens posa al davant les tribulacions i perills que van sofrir els justos que es van mantenir fidels a Déu, i ens posa el seu model perquè el seu testimoniatge ens encoratgi a separar-nos de les càrregues que ens impedeixen córrer cap a l’única meta: el Crist, causa i fi de la nostra Fe.

Els Sants que ja han rebut les corones i viuen al cel, són els nostres intercessors i nosaltres els hem de tenir com model. Fixant-nos en les seves vides podem adquirir el coratge per emprendre el camí de la santedat activament, prendre les armes de la fe i aixecar-nos davant tot el que ens vol apartar del do de Déu amb la certesa de què, malgrat les nostres mancances i el poder de tot el que s’oposa a la nostra santedat, en la Seva confessió tindrem sempre la roca ferma i el refugi segur.

La història de l’Església al llarg del segles, des del dia de la Pentecosta fins avui, i fins a la consumació del temps, no és res més que el relat de la confirmació de la seva fidelitat al Crist a través de continues proves. I ho és també la vida de cada un dels Sants. Emprendre aquest camí, el camí de la santedat, és confessar en Crist, i no donar testimoni de cap virtut o força personal; és confessar-lo davant els homes, no amagar la fe de la vista dels altres; és témer Déu i no els homes; és témer la mort de l’ànima causada pel pecat davant d’Ell, i no témer perdre la bona fama davant dels homes; és renunciar a la pròpia vida per empeltar-nos en la Vida del Crist; és recolzar la nostra vida només en Crist, l’Únic que pot guardar-la, i no confiar en la força dels homes, incapaços de salvar; és acceptar les afliccions en Nom del Crist, i no posar com a objectiu de la nostra vida la felicitat que procura l’absència de dolors i afliccions; emprendre el camí de la santedat no és tenir por de la progressiva decadència del cos, de la malaltia que pot conduir a la mort, sinó no tenir por de res ni ningú que pugui matar el cos, perquè Déu ha volgut que el nostre cos passi per la mort i torni a la pols en espera de la resurrecció. És separar-nos de tot el que ens pot separar d’Ell, de tot el que dins nostre causa guerra i divisió, i seguir-lo.

Així doncs, si venim de participar a la Divina Litúrgia, després d’haver unit les nostres veus amb els cors dels Àngels en l’himne del Trisagion, d’haver demanat la santificació de les nostres ànimes i els nostres cossos, d’haver commemorat tots els Sants, d’haver ofert els dons sants als Sants i proclamar que només Un és Sant, només Un Senyor Jesús Crist, per a glòria de Déu Pare, i de combregar amb el sant Cos i el sant Calze, hem pogut dir en veu alta hem vist la Llum veritable i demanar a Déu que ens guardi en la santedat, perquè Ell és la nostra santificació. Així, sortim en pau en el Nom del Senyor, per acomplir l’obra de l’Església que és la santificació de tots i de cada un de nosaltres, i per nosaltres de la creació sencera, i esdevenir tots Un en Crist, per l’Esperit Sant, per a glòria de Déu Pare. Amén.

P. Josep Lluís

7/6/2020, Barcelona: Fiesta de Pentecostés. Homilía

PENTECOSTÉS
Fiesta de la Santísima Trinidad
Descendimiento del Espíritu Santo sobre los Apóstoles

Que la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo sea con todos nosotros!

Hechos 2, 1-11
Juan 7, 37-52, y 8, 12

Podemos leer en el Evangelio de San Juan 14,26: “Pero el Intercesor, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que se le ha dicho”.
Cincuenta días después de su gloriosa Resurrección, estando los discípulos y la Virgen, juntos en oración en el cenáculo, el Espíritu descendió sobre ellos, como él les había prometido.

La plenitud de las Energías Divinas los envolvió y de pobres pescadores, llenos de Espíritu Santo, se lanzaron a predicar la Buena Nueva: que Cristo había resucitado!.

Diez días antes de Pentecostés, Cristo había ascendido al Cielo, delante de todos ellos y les había prometido que estaría con ellos hasta el fin de los tiempos. Estaban tristes, y huérfanos de la presencia de su Maestro, pero juntos y unidos.

Todos nosotros hemos estado tristes por no  poder participar en la Divina Liturgia, de forma como es habitual, pero el día de Pentecostés, ya se vislumbra que dentro de poco volverá a ser posible. Cristo no nos ha abandonado y continuará estando hasta el final de los tiempos.

El Padre nos envía el Espíritu Santo en su Nombre, para santificarnos y hacernos un solo Cuerpo del que Él es la única Cabeza.

Hoy es una gran fiesta, damos gracias por los bienes preciados que hemos recibido. La segunda Pascua, la Pascua Florida la celebramos este año con la esperanza de poder restablecer las cosas, según nuestra tradición, con la seguridad de que Cristo está con nosotros.

Damos gracias por guardarnos la salud y tengamos un recuerdo y una oración por los que Él ha decidido llamar a su lado, en el Cielo.

Nuestro Dios, el Dios Grande que hace maravillas, dice: que Él restablecerá las cosas y las personas, según su voluntad y, todos nosotros saldremos del susto con la experiencia que permitirá enderezar, si es necesario, nuestras vidas, hacia una perfecta comunión. El Espíritu Santo cumplirá en nosotros lo que la Encarnación comenzó.

No podemos dejar escapar la reflexión que los acontecimientos recientes, la enfermedad, el miedo, el desconcierto, han producido en este tiempo, a nuestros amigos y familia. Quizás, fruto de esta reflexión, en nuestra vida habrá que ordenar ciertas cosas y conductas.

Nuestra vida está orientada hacia otra Vida, no está dirigida a la vida por la vida, un sin sentido, absurdo, y a menudo practicado. Somos hijos de Dios y herederos del Reino, comportémonos como tales, y con la experiencia de la fragilidad que hemos vivido, busquemos la fortaleza de la Vida en Cristo.

Esperemos que, en breve podamos abrazarnos los unos a los otros y podamos seguir  alabando la Santa Trinidad, a la Virgen y a todos los Santos.

Que Cristo, nuestro Señor, os bendiga y llene de gracia espiritual, según Él convenga para una mejor salud espiritual de todos nosotros.

Os deseo una Gran y Santa Fiesta de Pentecostés, bajo el cobijo del Espíritu Santo.

Arxipreste Joan



7/6/2020, Barcelona: Festa de la Pentecosta. Homilia

PENTECOSTA
Festa de la Santíssima Trinitat
Davallament de l’Esperit Sant damunt dels Apòstols

Pin on Pentecost
Fets 2, 1-11
Joan 7, 37-52, 8,12

Que la Gràcia del Nostre Senyor Jesucrist, l’Amor del Pare i la Comunió de l’Esperit Sant sigui amb tots nosaltres!

Podem llegir en l’Evangeli de Sant Joan 14,26: “Però l’Intercessor, l’Esperit Sant que el Pare enviarà en Nom meu, us ensenyarà totes les coses i us farà recordar tot el que se us ha dit”.

Cinquanta dies després de la seva gloriosa Resurrecció, estant els deixebles i la Mare de Déu, plegats en oració en el cenacle, l’Esperit davallà damunt d’ells, tal com Jesucrist els hi havia promès.  La plenitud de les Energies Divines els embolcallà i de pobres pescadors, plens d’Esperit Sant, es van llençar a predicar la Bona Nova: que Crist havia ressuscitat!.

Deu dies abans de la Pentecosta, el Crist havia ascendit al Cel, davant de tots ells i els hi havia promès que estaria amb ells fins la consumació dels temps. Estaven tristos, i orfes de la presència del seu Mestre, però junts i plegats.

Tots nosaltres hem estat tristos per l’absència de poder participar a la Divina Litúrgia, de forma com és habitual, però el dia de la Pentecosta, ja s’albira que d’aquí a poc tornarà a ésser possible. Crist no ens ha abandonat i continuarà estant-hi fins el final dels temps.

El Pare ens envia l’Esperit Sant en el seu Nom, per santificar-nos i fer-nos un sol Cos del qual Ell n’és el sol Cap.

Avui es una Gran Festa, donem gràcies pels bens preuats que hem rebut. La segona Pasqua, la Pasqua Florida la celebrem aquest any amb l’esperança de poder restablir les coses, segons la nostra tradició, amb la seguretat de que Crist és amb nosaltres. 

Donem gràcies per guardar-nos la salut i tinguem un record i una pregària pels que Ell ha decidit cridar entorn seu, en el Cel.

El nostre Déu, el Déu Gran que fa meravelles, diu: que Ell restablirà les coses i les persones, segons la seva voluntat i, tots nosaltres sortirem de l’ensurt amb l’experiència que permetrà redreçar,  si cal, les nostres vides, vers una perfecta comunió. L’Esperit Sant acomplirà en nosaltres el que l’Encarnació va començar.

No podem deixar escapar la reflexió que els esdeveniments recents, la malaltia, la por, el desconcert, han produït en aquest temps, als nostres amics i família. Potser, fruit d’aquesta reflexió, en la nostra vida hi haurà que ordenar certes coses i conductes.

La nostra vida està ordenada vers un altre Vida, no està adreçada a la vida per la vida, un sense sentit, absurd, i sovint practicat. Som fills de Déu i hereus del Regne, comportem-nos com a tals, i amb l’experiència de fragilitat que hem viscut, cerquem la fortalesa de la Vida en Crist.

Esperem que,  ben aviat puguem abraçar-nos els uns amb els altres i seguir poder lloar a la Santa Trinitat, a la Mare de Déu i a tots els Sants.

Que Crist, nostre Senyor, us beneeixi i ompli de gràcia espiritual, segons Ell convingui per una millor salut espiritual de tots nosaltres.

Us desitjo una Gran i Santa Festa de Pentecosta, sota l’aixopluc de l’Esperit Sant.

Arxipreste Joan 

21/5/2020, Barcelona: 7º Domingo después de Pascua. Domingo de los Santos Padres del primer Concilio Ecuménico.

Hechos 20, 16-18, 28-36
Juan 17, 1-13

Hoy la Iglesia celebra el 7º domingo después de Pascua, domingo que se encuentra situado entre la fiesta de la Ascensión y la de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo.
Cerrado ya el tiempo Pascual y a punto de participar de la Fiesta, donde el Espíritu Santo descenderá sobre los Apóstoles, la Iglesia se prepara para profundizar y experimentar todos aquellos misterios que el Hijo de Dios ha venido a revelar a la humanidad.
El Evangelio que hemos podido escuchar hoy en la celebración de la Divina Liturgia, es un Evangelio teológico por excelencia donde San Juan el evangelista, llamado precisamente el teólogo, nos transmite de una forma diáfana y clara, cuál es el poder de Jesús-Cristo sobre toda carne, para conducirla a la vida eterna. Según Él mismo nos dice; “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesús-Cristo”. Los Apóstoles lo han conocido personalmente y directamente, porque han convivido y recibido sus enseñanzas, el mismo Cristo nos aporta su testimonio diciendo: “Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me distes se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado”. ” Y aún les dice: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.
Con estas palabras se manifiesta la relación de comunión que se establece entre Jesús-Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad hecho hombre y sus Apóstoles, y estos, con esta experiencia de comunión y de participación a las energías increadas que nos aporta el Hijo de Dios encarnado, salen a predicar la Buena Nueva, misterio de redención, para que la humanidad pueda llegar también a participar de esta misma experiencia. No se trata de un conocimiento al que podemos acceder con nuestra razón, sino que es una experiencia de vida en comunión con aquel que nos ha dado la vida, y los Apóstoles son los transmisores de esta experiencia a todas las iglesias incipientes de la era cristiana.
Pero la Iglesia desde el primer momento de su constitución, debe velar para que esta transmisión de experiencia eclesial, donde Dios y el hombre se encuentran, se haga con todas las garantías, evitando las desviaciones propias que la razón humana es capaz de construir. Y por esto en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hoy también hemos podido escuchar, San Pablo se dirige a los ancianos de las Iglesias y les dice: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su propio  hijo… que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí”. 
Por esto hoy también la Iglesia conmemora los padres del primer Concilio Ecuménico, que se celebró en la ciudad de Nicea en el año 325 y que fue el primero de toda una serie de concilios que se realizaron durante el primer milenio de nuestra era, para abordar todas aquellas desviaciones que nos apartaban de la verdadera Fe. Porque la Iglesia tiene la necesidad de posicionarse frente a esta realidad cuando la razón humana empieza a buscar explicaciones a lo que supera completamente nuestra inteligencia y nuestra lógica.
La Madre de Dios, los Apóstoles y todos sus discípulos viven en persona la presencia física de Jesús-Cristo, Hombre-Dios, y después de recibir la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés, salen a predicar el kerigma apostólico a todas las naciones.
Lo que predican, que después queda reflejado en el canon establecido del Nuevo Testamento, es el reflejo de esta experiencia vivida que trasciende completamente nuestra inteligencia, nuestra racionalidad y la lógica establecida del orden natural.
Las herejías surgen, en el momento que el hombre pierde, en parte, esta vivencia inicial y busca explicaciones a la existencia de Dios y a su encarnación a través de la 2ª hipóstasis de la Santísima Trinidad, apartándose de lo que realmente son estos misterios.
Podríamos decir que la Iglesia está funda mentada en estos dos dogmas, el Trinitario y el Cristológico. En el primero se nos revela la forma de existencia de la divinidad y en el segundo, como la divinidad se hipostasia en la naturaleza humana, para conducirla a su plenitud.
La Iglesia pues durante los primero siglos del cristianismo debe discernir sobre estos misterios, y en base a la vivencia y experiencia transmitida por los Apóstoles, fundamentada en las Sagradas Escrituras e incorporada a la propia vida eclesial, tiene la necesidad de posicionarse con un discurso teológico preciso que refleje esta vivencia ante los herejes, es decir ante todas aquellas posturas que se apartan de la verdad revelada, y esto es lo que hace durante los siete Concilios Ecuménicos, que son hoy, y aún ahora, el fundamento de la Fe Ortodoxa.
Celebrémoslo pues y llenémonos  de alegría, porque la Fe Ortodoxa finalmente ha triunfado sobre todas las herejías y nos aporta todos los elementos necesarios para que en el seno de la Iglesia podamos avanzar a través de nuestra ascesis personal hacia el conocimiento de nuestro Señor Jesús-Cristo, con la certeza de que estamos en el camino de la verdad para alcanzar la plenitud de nuestra existencia.

P. Martí

21/5/2020, Barcelona: 7è Diumenge després de Pasqua. Diumenge dels Sants Pares del primer Concili Ecumènic.

Fets 20, 16-18, 28-36
Joan 17, 1-13

Avui l’Església celebra el 7ª diumenge després de Pasqua, diumenge que es troba a cavall de la festa de l’Ascensió i la de Pentecosta que celebrarem el proper diumenge.

Tancat ja el temps Pasqual i a punt de participar en la Festa on l’Esperit Sant davallarà damunt dels Apòstols, l’Església es prepara per aprofundir i experimentar tots aquells misteris que el Fill de Déu a vingut a revelar a la humanitat.

L’Evangeli que hem pogut escoltar avui en la celebració de la Divina Litúrgia, és un Evangeli teològic per excel·lència on Sant Joan l’evangelista, anomenat precisament el teòleg, ens transmet d’una forma diàfana i clara, quin és el poder de Jesús-Crist sobre tota carn, per conduir-la a la vida eterna. Segons Ell mateix ens diu; “I la vida eterna consisteix en això: que et coneguin a tu, l’únic Déu veritable, i el qui has enviat, Jesús-Crist”.

Els Apòstols han conegut personalment i directament a Jesús-Crist, perquè han conviscut i rebut els seus ensenyaments, el mateix Crist dóna testimoni dient: “ja que els he donat les paraules que m’has donat; les han rebudes i han arribat sincerament a reconèixer que jo he sortit de tu, i han cregut que tu m’has enviat”. I encara diu: “Pare sant, guarda’ls en el mon que m’has donat, per tal que siguin u com nosaltres”.

Amb aquestes paraules s’ens manifesta la relació de comunió que s’estableix entre Jesús-Crist segona persona de la Santíssima Trinitat fet home, i els seus Apòstols, i aquests amb aquesta experiència de comunió, i de participació a les energies increades que ens aporta el Fill de Déu encarnat, surten a predicar aquesta Bona Nova, misteri de redempció, perquè la humanitat pugui arribar també a participar d’aquesta mateixa experiència. No es tracta d’un coneixement al que podem accedir amb la nostra raó, sinó  que és una experiència de vida amb comunió amb aquell que ens ha donat la vida, i els Apòstols són els transmissors d’aquesta experiència a totes les esglésies incipients de l’era cristiana.

Però l’Església des del primer moment de la seva constitució, ha de vetllar perquè aquesta transmissió d’experiència eclesial, on Déu i l’home es troben, es faixi amb totes les garanties, evitant les desviacions pròpies que la raó humana es capaç de construir. I per això en la lectura dels Fets dels Apòstols que avui també hem pogut escoltar, Sant Pau es dirigeix als ancians de les Esglésies i els hi diu: “Vetlleu sobre vosaltres i sobre el ramat del qual l’Esperit Sant us ha constituït zeladors per pasturar l’Església de Déu que ell adquirí amb la pròpia sang… que d’entre vosaltres mateixos sorgiran homes que diran perversitats per arrossegar-se els deixebles darrera d’ells”.

Per això avui també l’Església commemora els pares del primer Concili Ecumènic, que es va celebrar a la ciutat de Nicea l’any 325 i que va ser el primer de tota una sèrie de concilis que es van realitzar durant el primer mil·lenni de la nostra era, per abordar totes aquelles desviacions que ens apartaven de la veritable Fe. Perquè l’Església te la necessitat de posicionar-se davant d’aquesta realitat quan la raó humana comença a buscar explicacions a allò que depassa completament la nostra intel·ligència i la nostra lògica.

La Mare de Déu, els Apòstols i tots els seus deixebles viuen en persona la presencia física de Jesús-Crist, Home-Déu, i després de rebre la força de l’Esperit Sant el dia de la Pentecosta, surten a predicar el kerigma apostòlic a totes les nacions.

El que prediquen, que després queda reflectit en el cànon establert del Nou Testament, és el reflex d’aquesta experiència viscuda que transcendeix completament la nostra intel·ligència, la  nostra racionalitat i la lògica establerta de l’ordre natural.

Les heretgies sorgeixen, en el moment que l’home perd, en part, aquesta vivència inicial i busca explicacions a l’existència de Déu i a la seva encarnació a través de la  2ª hipòstasis de la Santíssima Trinitat, apartant-se del que realment són aquest misteris.

Podríem dir que l’Església està fonamentada en aquest dos dogmes, el Trinitari i el Cristològic. En el primer sens revela la forma d’existència de la divinitat i en el segon, com la divinitat s’hipostasia amb la natura humana, per conduir-la a la seva plenitud.

L’Església doncs durant els primer segles del cristianisme ha de discernir sobre aquest misteris, i en base a la vivència i  experiència transmesa pels Apòstols, fonamentada en les Sagrades Escriptures i incorporada a la pròpia vida eclesial, té la necessitat de posicionar-se amb un discurs teològic acurat que reflecteixi aquesta vivència davant dels heretges, es a dir davant de totes aquelles postures que s’aparten de la veritat revelada, i això és el que fa durant els set Concilis Ecumènics, que són avui i encara ara, el fonament de la Fe Ortodoxa.

Celebrem-lo doncs i omplim-nos de joia, perquè la Fe Ortodoxa finalment ha triomfat sobre totes les heretgies i ens aporta tots els elements necessaris  perquè en el si de l’Església puguem avançar a través de la nostra ascesis personal cap el coneixement de Nostre Senyor Jesús-Crist, amb la certesa que estem en el camí de la veritat per assolir la plenitud de la nostre existència.

P. Martí

28/5/2020: Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Homilía.

Hechos 1, 1-12
Lucas 24, 36-53

Hoy celebramos la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos, es un punto culminante de la obra salvadora de Cristo, de la economía del Hijo, en la que el Salvador es elevado por encima de los cielos hasta el trono, donde se sienta a la derecha del Padre.

El significado central del misterio de la Ascensión es escueto, simple, pero de una importancia vital para el hombre: es el de que Cristo después de encarnarse en el hombre, después de recorrer todos los caminos, todos los registros humanos, santificándolos por su divinidad, después de cargar con toda la miseria y pecado de nuestra naturaleza, se ofrece en sacrificio en la cruz, para bajar a lo más profundo, hasta el abismo del infierno, y por su resurrección, glorifica, deifica nuestra naturaleza, y lo que es más incomprensible, eleva nuestra naturaleza deificada por encima de los cielos, hasta la misma diestra del Padre; frente a esta visión, al hombre no le queda más que la adoración y el silencio, tal como hizo la Madre de Dios.

Y aparte de este misterio central, quisiera resaltar 2 aspectos de la Ascensión:

– La Ascensión es el penúltimo escalón frente a la parusía, y deja al hombre preparado para poder recibir el Espíritu Santo, es el momento en que se juntan las dos economías (humana y divina) en Pentecostés, pues Cristo no nos ha abandonado sino que, como anunció, permanece en nosotros, invisible, tapado por una nube, a través de las energías del Espíritu Santo. Cristo realmente está con nosotros, en su Palabra, en los sacramentos, en el pleroma de la Iglesia y en cada uno de nosotros individualmente.  Y a cambio, lo único que nos pide es que seamos sus testigos, que cooperemos con Él para adelantar, provocar su segunda venida.

– Frente a esta misión que Cristo nos encomienda, y por el hecho de que no está visiblemente entre nosotros, podemos sentir una sensación de desánimo, de que Cristo nos habla de cosas infinitamente elevadas, que ni vemos, ni vivimos, que después de la liturgia nuestra vida se desenvuelve de una manera rutinaria y pobre, pegada al día a día de este mundo y que podemos acabar pensando como conclusión que esto no es para nosotros y que no sacaremos nada en claro, pero daros cuenta de que este pensamiento es obra del maligno, que quiere que creamos sólo lo que vemos. Es verdad que podemos llegar muy abajo, hasta el abismo, pero es más verdad que gracias a Jesucristo, no es dado el llegar a lo más alto, por encima de los cielos.

Fijaos en los apóstoles, eran 12 pobres hombres incultos, perdidos en un rincón del mundo y que, hasta el mismo día de la Ascensión, Cristo les ha de reprochar su dureza de corazón y su incredulidad, y sin embargo, gracias al Espíritu Santo, a sus energías, fue el núcleo de un movimiento que se extendió en menos de 200 años por todo el Imperio Romano y más allá, y que pese a todas las persecuciones y con sus defectos humanos, ha transformado el mundo desde entonces.

También San Pablo, que siendo un hombre brillante, de lo único que se gloriaba era de su debilidad, que le permitía ser un recipiente –de barro- de la gracia divina. Y pensemos sobretodo en la Madre de Dios, humanamente el más débil de todos los humanos, indefensa ante el mundo, pero que gracias a que esta “debilidad” le facilitó el ser totalmente sumisa y seguidora de la voluntad de Dios, deshizo el pecado de desobediencia de Adán y Eva y se ha convertido en la Mediadora de la salvación del mundo.

Esforcémonos pues, y alegrémonos y no desesperemos, pues podemos estar seguros de que, en nuestra debilidad, en nuestra flaqueza, Cristo está y estará con nosotros hasta elfin del mundo. Amén.

P. Jose Santos, Ascensión de 1983.

24/5/2020, Barcelona: Domingo del Ciego de nacimiento. Homilía

Hechos 16, 16-34
Juan 9, 1-38

“Para que se manifiesten las obras de Dios en él” (Jn 9, 3)

“Como hábil arquitecto, Dios primero ha acabado una parte de la casa que ha querido construir y ha dejado la otra imperfecta, a fin de que al acabarla después cerrase la boca a los incrédulos respecto al origen de toda obra. De esta manera Él junta las diferentes partes de nuestro cuerpo, completa lo que faltaba, trabaja en él como en una casa que está a punto de caer cuando sana la mano seca, cuando da fuerza a los miembros del paralítico, hace caminar a los cojos, cura a los leprosos, sana a los enfermos, fortifica a los débiles, resucita a los muertos, abre los ojos que estaban cerrados, da a los que no tienen nada. Repara pues los defectos de nuestra débil naturaleza, y con ello descubre, manifiesta su poder. Además, cuando Jesús dice: para que se manifieste el poder de Dios, es de Él de quien habla y no del Padre, porque el poder del Padre era perfectamente conocido” (S. Juan Crisóstomo, Homilia LVI)

“Si el Señor no construye la casa es inútil el afán de los constructores” (Sl 126). El origen de nuestra vida es Dios y está en Dios. Cualquier intento de construir la vida fuera de Él es vano e inconsistente, nace de la semilla de la corrupción y es como el humo que se disipa y desaparece. Por tanto, si nuestra vida ha de ser Vida en Cristo, los cimientos que la han de sostener no pueden ser otros que el encuentro con Dios. Llegamos a la vida en este mundo como una casa que no está acabada de construir, y el Arquitecto que puede completar la obra es el mismo Arquitecto que nos ha dado la vida. Para que se manifieste el poder y la gloria de Dios.

El ojo es al cuerpo lo que el sol es al mundo. El ojo es la lámpara del cuerpo y del alma que vivifica el cuerpo. Por la vista nos orientamos y damos sentido a las cosas, incluso hemos conocido a Dios porque se hizo visible en la carne. La Luz que orienta, vivifica y da sentido a nuestra vida, a nuestra alma, es Cristo Dios (Jn 9, 5 y 8,12). El aliento de vida que llevamos al llegar a este mundo lo recibimos de Dios. El mismo Dios es quien nos abre los ojos de la Fe, quien restaura su imagen en nosotros, corrompida por las pasiones. Los ojos de la Fe nos fueron abiertos por el santo Bautismo; que estos ojos gobiernen nuestra vida es vivir de acuerdo con esta Fe, y eso es una decisión que hemos de tomar cada uno personalmente de manera resuelta, sin pereza ni tibieza ni titubeos. Cada Eucaristía es un encuentro con Jesús Cristo, Dios, el acontecimiento fundamental sobre el que se edifica nuestra vida. Hacernos dignos de la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la obra que nos tendría que ocupar el resto del tiempo, de Domingo a Domingo, de Eucaristía a Eucaristía. Cuando es así, todas las circunstancias que nos rodean son tantas ocasiones de manifestar nuestra Fe, de ejercitar la visión que nos ha sido dada. Él, que está presente en todas partes y que lo llena todo, viene a encontrarnos. Dios es infinitamente paciente y nos concede todo el tiempo: “mientras es de día, hemos de hacer las obras de Dios; se acerca la noche, que es cuando nadie puede trabajar” (Jn 9, 4).

El que nació ciego, al volver de la piscina de Siloé viendo, se encontró primero con las dudas de la gente y luego, al confirmar su identidad, con las preguntas de los fariseos, las acusaciones veladas, los insultos, los intentos de hacerle hablar en contra del Señor, de convencerle para que escogiese las convenciones de la ley por encima de la verdad que le ha sido revelada y, finalmente, con la expulsión de la comunidad. Estudiemos sus palabras ante los que le acusan. De él aprendamos a manifestar nuestra Fe con obras: cabalmente, con coherencia y justicia, prudencia y coraje, valentía e integridad y siempre temerosos de guardar la fidelidad a Aquel que nos da la vista para la Vida. Nuestra meta es siempre y en todo lugar la misma; sea bajo situaciones más restrictivas o más permisivas, estables o cambiantes. Si somos fieles al Arquitecto que nos construye y vigila que la obra llegue a buen final, Él mismo nos vendrá a encontrar de nuevo para confirmar nuestra Fe.

24/5/2020, Barcelona: Diumenge del Cec de naixement. Homilia

Fets 16, 16-34
Joan 9, 1-38

A fi que siguin manifestades les obres de Déu en ell” (Jn 9, 3)

“Tal com un hàbil arquitecte, Déu primer ha acabat una part de la casa que ha volgut construir, i ha deixat l’altra imperfecte, a fi que en acabar-la després, tanqués la boca als incrèduls respecte a l’origen de tota l’obra. Així, Ell junta les diferents parts del nostre cos, completa el que mancava, i hi treballa com a una casa que és a punt de caure, quan sana la mà seca, quan enforteix els membres del paralític, fa caminar els coixos, guareix els leprosos, dona la salut als malalts, fortifica les cames febles, ressuscita els morts, obra els ulls que eren tancats, dona als que no tenien res. Repara, doncs els defectes de la nostra feble naturalesa, i amb això descobreix, manifesta el seu poder. A més, quan Jesús diu: a fi que es manifesti el poder de Déu, és d’Ell de qui parla, i no del Pare, perquè el poder del Pare era perfectament conegut.” (St Joan Crisòstom, homilia LVI)

 “Si el Senyor no construeix la casa és inútil l’afany dels constructors” (Sl 126). L’origen de la nostra vida és Déu i està en Déu. Tot intent de construir la vida fora d’Ell és va i inconsistent, neix de la llavor de la corrupció i és fum que es dissipa i desapareix. Aleshores, si la nostra vida ha de ser Vida en Crist, la cimentació que la sostingui no pot ser una altra que l’encontre amb Déu. Arribem a la vida en aquest món com una casa que no està acabada de construir, i l’Arquitecte que pot completar la seva obra és el mateix Arquitecte que ens ha donat la vida. Perquè es manifesti la glòria i el poder de Déu.

L’ull és al cos com el sol és al món. L’ull és la llàntia del cos i de l’anima que vivifica el cos. Per la vista ens orientem i donem sentit a les coses, fins i tot hem conegut Déu perquè es va fer visible en la carn. La llum que orienta, vivifica i dona sentit a la nostra vida, a la nostra ànima, és el Crist: (Jn 9, 5 i 8, 12). L’alè de vida que portem en arribar al món el rebem de Déu. El mateix Déu és qui ens obra els ulls de la Fe, qui restaura la seva imatge en nosaltres, corrompuda per les passions. Els ulls de la Fe ens van ser oberts pel Sant Baptisme; que aquests ulls governin la nostra vida és viure d’acord amb aquesta Fe, i això és una decisió que ens pertoca prendre de manera resolta, sense mandra ni tebiesa ni titubeig. Cada Eucaristia és un encontre amb Jesús Crist, Déu, l’esdeveniment fonamental sobre el que s’edifica la nostra vida. Fer-nos dignes de la participació en el Cos i la Sang del Crist és l’obra que hauria d’ocupar-nos la resta del temps, de Diumenge a Diumenge, d’Eucaristia a Eucaristia. Quan és així, totes les circumstàncies que ens envolten són ocasions de manifestar la nostra Fe, d’exercitar la visió que ens ha estat donada. Ell, que està present arreu i ho omple tot, ve a trobar-nos. Déu, és infinitament pacient, i ens dona tot el temps: “mentre és de dia, hem de fer les obres de Déu; s’acosta la nit, que és quan ningú no pot treballar” (Jn 9, 4).

El qui va néixer cec, en tornar de la piscina de Siloé veient, es va trobar immediatament amb els dubtes de la gent, i ben aviat, en confirmar la seva identitat, amb les preguntes dels fariseus, les acusacions velades, els insults, els intents de fer-li parlar en contra del Senyor, de convèncer-li d’escollir les convencions de la llei per sobre de la veritat que li ha estat revelada i, finalment, amb l’expulsió de la comunitat. Estudiem les seves paraules davant els qui l’acusen. Aprenguem d’ell a manifestar la nostra fe amb obres; cabalment, amb coherència i justícia, prudència i coratge, integritat i valentia, i sempre temorosos de guardar la fidelitat a Aquell que ens dona la vista per a la Vida. La nostra fita és sempre i en tot lloc la mateixa, ja sigui sota condicions més restrictives o més permissives, estables o canviants. Si som fidels a l’Arquitecte que ens construeix i vetlla perquè l’obra arribi a bon port, Ell ens vindrà a trobar de nou per confirmar la nostra Fe.

P. Josep Moya

27/8/2020, Barcelona: 5º domingo después de Pascua. De la Samaritana. Homilía

Fresco de la catacumba de la Vía Latina

Hechos 11, 19-26, 29-30; Juan 4, 5-42

¡¡Cristo ha Resucitado !!

En este quinto domingo después de Pascua, el Evangelio que la Iglesia nos presenta para nuestra contemplación, hace referencia al diálogo que establece el mismo Cristo con una mujer samaritana que se acerca al pozo de Jacob para buscar agua. El motivo de que en este tiempo litúrgico se nos presente este texto, se debe a que el miércoles anterior a este domingo celebramos la fiesta de Medio Pentecostés, es decir que nos encontramos justo en la mitad de los cincuenta días que separan la fiesta de Pascua y la de Pentecostés. Y por este motivo la Iglesia nos muestra un texto que ya nos hace reflexionar sobre el misterio que se nos manifestará en esta fiesta.

En la vigilia del domingo en las estícheras del lucernario del canto de vísperas podemos leer: “Así llegamos a la mitad de los días que comienzan con la Resurrección salvadora y terminan con la divina fiesta de Pentecostés… la Iglesia se prepara para celebrar dignamente el alegre tiempo de estas dos fiestas sagradas”.

Gracias a la Resurrección, que es la victoria de Jesús-Cristo sobre la muerte, la ascensión al cielo de su cuerpo resucitado y el descenso del Espíritu Santo el día de Pentecostés, fiestas que celebramos durante este período litúrgico de cincuenta días , la Iglesia queda en disposición de poder vivir el misterio que nos transmite el Evangelio de hoy.
Jesús con sus apóstoles iban de camino de Judea a Galilea, se detienen en una ciudad de Samaria llamada Sicar donde se encuentra el pozo que Jacob dio en herencia a su hijo José, y como estaban fatigados y la hora ya era avanzada, Él se queda cerca del pozo mientras sus discípulos van a la ciudad a buscar alimentos. En esto que una mujer samaritana se acerca a sacar agua del pozo y Jesús aprovecha para pedirle agua, ante la extrañeza de la mujer de que un judío le pidiera a ella agua, ya que era samaritana, porque no se trataban los judíos con los samaritanos según nos dice el Evangelio.

En primer lugar Jesús inicia una conversación de una forma natural, pero contra todo pronóstico en el contexto donde se encontraban, por las discrepancias que había entre judíos y samaritanos, pero también por la extrañeza que muestran sus apóstoles cuando lo ven hablar con una mujer. Con lo cual nos demuestra que él no sigue las órdenes establecidas sino que va a buscar el deseo de verdad que hay escondido en nuestro corazón vengamos de donde vengamos y sean cuales sean nuestras creencias. Cuando la mujer se muestra extrañada de que un judío le pida agua a ella que se samaritana, Él aprovecha para decirle: “ Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”. Y le dice también: “Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna”.

Agia Fotini. La Samaritana

La mujer recibe estas palabras frente a su presencia, le otorga una cierta autoridad, y se muestra interesada por recibir esta agua viva, pero Jesús le responde diciendo que vaya a buscar a su marido, para poner en evidencia una situación personal que en todo caso se tiene que resolver para iniciar el camino hacia recibir esta agua que Él nos ofrece. Por eso cuando la mujer le dice que no tiene marido, Él se muestra conocedor de cuál es su situación, y le dice: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes nos es marido tuyo; en eso has dicho la verdad”. La mujer queda sorprendida ante estas palabras que Jesús le manifiesta de su propia intimidad, y toma conciencia, al igual que nosotros lo tenemos que  hacer, que hay cosas que tenemos que rectificar de buen principio si queremos acercarnos a esta fuente de conocimiento que el mismo Cristo nos ofrece.
Siguiendo esta conversación, ella lo reconoce como profeta y le pregunta sobre cuál es la mejor manera de adorar a Dios, porque los samaritanos lo hacen en el monte Garizim y los judíos en Jerusalén, y en respuesta Jesús le dice: “Créeme mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorareis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Y después  cuando la mujer le pregunta sobre el Mesías, Él le responde: “Yo soy, el que te está hablando”.

Con esta respuesta en primer lugar deja claro de dónde procede la economía de salvación cuando le dice: “nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos” pero al mismo tiempo nos manifiesta que la verdadera adoración trasciende cualquier espacio físico porque precisamente llega la hora, y ya estamos, nos dice, – expresando esta dicotomía entre futuro y presente, – porque su presencia nos hace partícipes ya, aquí y ahora, de este futuro donde podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad, y superar todos los pasos intermedios que nos separan de la fuente de vida que ha dado origen a todas las cosas. Esta es el agua viva, fuente de todo conocimiento que Jesús-Cristo ofrece a la mujer samaritana y a todos nosotros, para saciar nuestra sed. Y estas son las energías increadas que se manifestarán con toda su plenitud el día de Pentecostés.

Preparémonos pues, escuchamos su palabra y pongámonos en disposición de recibir esta agua viva, para avanzar en el verdadero conocimiento que nos haga superar todos los límites de nuestra propia racionalidad, y entrar en comunión con el que es Maestro y Señor de nuestra existencia.
¡¡Cristo ha Resucitado!!

P. Martí

17/5/2020, Barcelona: 5e Diumenge després de Pasqua. De la Samaritana. Homilia.

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Fresc de la catacumba de la Via Llatina

Fets 11, 19-26, 29-30; Joan 4, 5-42

Crist ha ressuscitat !!!

Aquest cinquè diumenge després de Pasqua l’Evangeli que l’Església ens presenta per a la nostra contemplació, fa referència el diàleg que estableix  el mateix Crist amb una dona samaritana que s’apropa el pou de Jacob per a buscar aigua. El motiu de que en aquest temps litúrgic sens presenta aquest text, és degut a que el dimecres anterior a aquest diumenge celebrem la festa de la mitja Pentecosta, es a dir que ens trobem just a la meitat dels cinquanta dies  que hi ha entre la festa de Pasqua i la de Pentecosta. I per aquest motiu l’Església ens mostra un text que ja ens fa reflexionar sobre el misteri que sens manifestarà en aquesta festa.

A les vigílies del diumenge en les estíxeres del lucernari del cant de vespres podem llegir: “ així arribem a la meitat dels dies que comencen amb la Resurrecció salvadora i terminen amb la divina festa de la Pentecosta… l’Església es prepara per celebrar dignament el joiós temps d’aquestes dues festes sagrades.”

Gràcies a la Resurrecció, que és la victòria de Jesús-Crist sobre la mort, l’ascensió al cel del seu cost ressuscitat i la davallada de l’Esperit Sant el dia de la Pentecosta, festes que celebrem durant aquest període litúrgic de cinquanta dies, l’Església queda en disposició de poder viure el misteri que ens transmet l’Evangeli d’avui .

Jesús amb els seus apòstol anaven de camí de Judea cap a Galilea, s’aturen a una ciutat de Samaria anomenada Sicar on es troba el pou que Jacob va dunar en herència el seu fill Josep, i com estaven fatigats i l’hora ja era avançada, Ell es queda a prop del pou mentre el seus deixebles van a la ciutat a buscar aliments.  En això que una dona samaritana s’apropa a pua aigua del pou i Jesús aprofita per demanar-li aigua, davant de l’estranyesa de la dona que un jueu li demanes a ella aigua que era samaritana, perquè no es tractaven els jueus amb els samaritans segons ens diu l’Evangeli. 

En primer lloc Jesús inicia una conversa d’una forma natural, però contra tot pronòstic  en el context on es trobaven, per les discrepàncies que hi havien entre jueus i samaritans, però també per l’estranyesa que mostren els seus apòstols quan el veuen parlar amb una dona. Amb lo qual ens demostra que ell no segueix les ordres establertes sinó que va a buscar el desig de veritat que hi ha amagat en el nostre cor vinguem d’on vinguem i siguin quines siguin les nostres creences.  Quan la dona es mostra estranyada que un jueu li demani aigua a ella que es samaritana, Ell aprofita per dir-li: “Si sabies quin és el do de Déu i qui és el que et diu : Dóna’m aigua, tu li n’hauries demanada i ell t’hauria donat aigua viva.”  I li diu també “Tot el que beurà aigua d’aquesta, tornarà a tenir set; però el qui beurà de la que jo li donaré, no tindrà set mai més, fins al punt que l’aigua que jo donaré, es tornarà en ell una font d’aigua que brolli en la vida eterna.”

Agia Fotini. La Samaritana

La dona rep aquestes paraules davant de la seva presencia, li atorga una certa autoritat i es mostra interessada per rebre aquesta aigua viva, però Jesús li respon dient que vagi a cercar al seu marit, per posar en evidencia una situació personal que en tot cas s’ha de resoldre per inicia el camí a rebre aquesta aigua que Ell ens ofereix. Per això quan la dona li diu que no te marit, Ell es mostra coneixedor de quina és la seva situació, i li diu: “Tens raó en dir: no en tinc, de marit, perquè n’has tingut cinc, i l’home que ara tens no és el teu marit; en això dius la veritat” .  La dona queda sorpresa davant d’aquestes paraules que Jesús li manifesta de la seva pròpia intimitat, i pren consciència, igual que nosaltres ho hem de fer,  que hi ha coses que hem de rectificar de bon principi si volem atansar-nos a aquesta fon de coneixement que el mateix Crist ens ofereix. 

Seguint aquesta conversa ella el reconeix com a profeta i li pregunta sobre quina es la millor manera d’adorar a Déu, perquè els samaritans ho fan el  mont Garizimi els jueus  a Jerusalem, i en resposta Jesús li diu: “Creu-me dona, ve l’hora que el lloc on adorareu el Pare no serà ni aquesta muntanya ni Jerusalem. Vosaltres adoreu una cosa que no coneixeu, nosaltres adorem allò que coneixem, perquè la salvació ve dels jueus. Però arriba l’hora – i ja hi som – que els autèntics adoradors adoraran el Pare en esperit i en veritat”  i desprès d’això quan la dona li pregunta sobre el Messies, Ell li respon: “Soc jo que et parlo”.

Amb aquesta resposta en primer lloc deixa clar d’on procedeix l’economia de salvació quan li diu: “nosaltres adorem allò que coneixem, perquè la salvació ve dels jueus”  però el mateix temps ens manifesta que la veritable adoració transcendeix qualsevol espai físic,  perquè precisament arriba l’hora, i ja hi som, ens diu, – expressant aquesta dicotomia entre futur i present, – perquè la seva  presencia ens fa partícips ja, aquí i ara, d’aquest futur on podem adorar el Pare en esperit i en veritat, i superar tots el passos entremitjos que ens separen de la fon de vida que a donat origen a totes les coses.

Aquesta és l’aigua viva, fon de tot coneixement que el Crist ofereix a la dona samaritana i a tots nosaltres, per sacia la nostra set. I aquestes són les energies increades que es manifestaran amb tota la seva plenitud el dia de la Pentecosta.

Preparem-nos doncs, escoltem la seva paraula i posem-nos en disposició de rebre aquesta aigua viva, per avançar en el veritable coneixem que ens faixi superar tots el límits de la nostra pròpia racionalitat, i entrar en comunió amb aquell qui és Mestre i Senyor de la nostra existència.

Crist ha Ressuscitat!!!

P. Martí

17/5/2020, Barcelona: Diumenge del Paralític

Fets IX, 32-42
Joan V, 1-15

+ En el Nom del Pare, del Fill i de l’Esperit Sant!.
Estimats tots en Crist! Crist ha Ressuscitat!

L’Evangeli de Sant Joan ens mostra a un home paralític, deixat a la seva sort, sense possibilitats de llançar-se a les aigües salvadores de la seva malaltia; les seves poques forces l’impedien poder arribar a temps, quan l’àngel removia l’aigua de la piscina de Siloé.

Aquest paralític ens significa a tots, davant dels embats del món i de l’enemic, l’home per si sol, difícilment pot sortir-se’n per ell mateix de la malaltia que sovint l’allunya del Pla Diví.

Déu, Bonesa Infinita es just, però també misericordiós! Per això Crist en veure l’home ajaçat pel terra, paralític, (que som tots nosaltres) incapaç de salvar-nos a nosaltres mateixos, es compadeix de nosaltres i ens diu: Aixequeu-vos, preneu la vostra llitera i camineu!

Un alè d’esperança doncs, hem de posar en les nostres inquietuds materials i espirituals davant la nostra condició de paralítics, Crist Déu ens vigila i resta amatent en acudir  al nostre ajut.

Crist retrobà el paralític que va guarir en el Temple i li diu: No pequis més!

Volia dir exactament que es guardés en les vies de Déu, el seu salvador, i aquest missatge és el que ens ha d’arribar: continuar en las vies del Crist ressuscitat, ell ens ha salvat i el retrobem en el Temple per recordar-nos que som fills de Déu i hereus del Cel.

Que l’esperança d’ésser guarits pel Crist, pel seu ajut, segons la seva voluntat, sigui la brúixola fidel de les nostres vides, i que en aquests moments que hem estat trasbalsats per la malaltia, esforcem-nos per restablir-nos, demanem sense por l’ajut del Crist, de la Mare de Déu i de tots els sants, perquè ens ajudin a llançar-nos a les aigües salvadores de la nostra vida, l’espiritual en primer lloc, la material, si Déu vol!

Que dins d’aquest període de la joia pasqual, Déu ens beneeixi a tots i ens aporti el que sigui convenient a la nostra integritat.

Arxipreste Joan

17/5/2020, Barcelona: Domingo del Paralítico

Hechos 9, 32-42
Juan 5, 1-15

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Estimados todos en Cristo! ¡Cristo ha Resucitado!

El Evangelio de San Juan nos muestra a un hombre paralítico, dejado a su suerte, sin posibilidades de tirarse a las aguas salvadoras de su dolencia; sus pocas fuerzas lo impedían poder llegar a tiempo, cuando el ángel removía el agua de la piscina de Siloé.

Este paralítico nos significa a todos, ante los embates del mundo y del enemigo, el hombre por sí solo, difícilmente puede salirse por él mismo de la dolencia que a menudo lo aleja del Plan Divino.

Dios, Bondad Infinita es justo, ¡pero también misericordioso! Por eso Cristo al ver el hombre yacente por el suelo, paralítico, (que somos todos nosotros) incapaz de salvarnos a nosotros mismos, se compadece de nosotros y nos dice: ¡Levantaos, tomad vuestra litera y andad!

Así pues, tenemos que poner un aliento de esperanza en nuestras inquietudes materiales y espirituales, ante nuestra condición de paralíticos, Cristo Dios nos vigila y está atento en acudir a nuestra ayuda.

Cristo reencontró el paralítico que curó en el Templo y le dice: ¡No peques más! Quería decir exactamente que se guardara en los caminos de Dios, su salvador, y este mensaje es el que nos tiene que llegar: continuar en los caminos de Cristo resucitado, Él nos ha salvado y lo reencontramos en el Templo para recordarnos que somos hijos de Dios y herederos del Cielo.

Que la esperanza de ser curados por Cristo, por su ayuda, según su voluntad, sea la brújula fiel de nuestras vidas, y que en estos momentos que hemos sido trastornados por la enfermedad, esforcémonos para restablecernos, pidamos sin miedo la ayuda de Cristo, de la Virgen María y de todos los santos, para que nos ayuden a lanzarnos a las aguas salvadoras de nuestra vida, la espiritual en primer lugar, la material, ¡si Dios quiere!
Que en este periodo de alegría pascual, Dios nos bendiga a todos y nos aporte lo que sea conveniente a nuestra integridad.

Arcipreste Joan

3/5/2020, Barcelona: Diumenge de les Mirròfores. Homilia.

!Crist ha ressuscitat! En veritat ha ressuscitat!

Aquest és el diumenge de les Mirròforas (“les que porten mirra, aromes”), l’evangeli de Marc ens explica com Josep d’Arimatea va anar a veure a Pilat per a demanar-li el cos de Jesús, Pilat li dóna permís, i Josep, després de descendir-ho de la Creu i embolicar-ho en un sudari, i ungir-lo, el diposita en una tomba nova, que tapa amb una gran pedra. Més tard, el diumenge, María Magdalena, María de Joset i Salomé (les mirròfores) van molt de demà a la tomba amb aromes per a ungir el cos de Jesús. Es troben que la tomba està oberta i un jove (un àngel) els diu que Crist ha ressuscitat i que el comuniquin als seus Apòstols. Elles fugen corrent, plenes de por, i no diuen res, també per por.

El principal ensenyament que podem veure en aquest evangeli és el de la fidelitat i l’amor. Si ens situem en l’estat d’ànim, tant de Josep d’Arimatea i Nicodem (esmentat per Sant Joan) com, i sobretot, de les dones mirròfores, les dones que acompanyaven a Jesús en la seva predicació itinerant, i que van ser les úniques (excepte Joan) que no van abandonar a Jesús en el moment del seu judici i crucifixió, podem imaginar que per a tots ells, totes les expectatives que havien posat en Jesús, les seves esperances en una vida, en un Regne nou, tota la seva fe, aparentment tot havia fracassat, Jesús havia estat ajusticiat en la Creu i amb aquest fet, tot s’havia enfonsat. En aquell moment ni se’ls passava per la imaginació la possibilitat d’una resurrecció.

I no obstant això, veiem la seva reacció: Josep d’Arimatea i Nicodem, que anteriorment s’havien entrevistat amb Jesús en secret, per por dels jueus, per por del què diran els altres, en aquest moment de fracàs, obeeixen al seu sentiment d’amor intern, de fidelitat cap a Jesús, que omple els seus cors, i enmig de la derrota, vencen tot respecte humà, tota por a les conseqüències possibles i es presenten davant Pilat (l’executor de Jesús) i li demanen el seu Cos per a poder enterrar-ho dignament. I, contra tota probabilitat, Pilat els concedeix el Cos de Jesús, i el poden enterrar.

I la reacció més notable i fidel és el de les dones mirròfores, que havien dedicat tots aquells últims anys a servir a Jesús, que l’estimaven i veneraven totalment, que són les úniques que s’atreveixen estar al costat d’Aquell que, en el moment del judici – Jesús- sofreix el rebuig i l’odi de tota la societat, no els importa o superen la por de ser identificades com a seguidores seves,  elles que a més eren dones, que en la societat de llavors eren considerades com a inferiors a l’home, febles, i l’opinió dels quals tenia poca validesa, li són fidels en la Creu, no temen als soldats, i encara que segurament plenes de tristesa, dolor i sentiment de fracàs, el seu amor cap a Ell les porta a honrar el seu Cos, ungint-lo amb els bàlsams que tenien per costum els jueus, i és aquí, en aquest moment de derrota total, però en el qual elles persisteixen en el seu amor i fidelitat a Crist, és quan es produeix el miracle, quan els “impossibles” humans queden reduïts a res: la pedra que tancava el Cos de Jesús ha estat retirada i descobreixen amb sorpresa i temor que Crist ha ressuscitat i que el que Jesús predicava s’ha tornat realitat, i que una nova vida, plena i immortal és oferta a la Humanitat. I no obstant això, els domina més la sorpresa i el terror, i la seva primera reacció és fugir, tant els sobrepassa el que els acaba de succeir.

És recomanable, en llegir els Evangelis, meditar en quin sentit el passatge que hem llegit podem aplicar-nos-el, com aquest passatge pot il·luminar la nostra vida a la llum de l’Evangeli. En aquest cas, és fàcil per a nosaltres dir que som cristians, que seguim a Crist, ningú ens perseguirà per això.

Preguntem-nos també, si també mostrem fidelitat respecte als altres, al nostre proïsme, perquè Crist va dir que el que hàgim fet a un dels nostres semblants, als més petits i insignificants, ho hem fet a Ell. Si hem sortit en defensa i testimoniat la nostra amistat a aquell qui, en un moment determinat, és rebutjat per l’opinió general, sigui del tipus que sigui, “No hi ha major mesura de fidelitat que la fidelitat que es manifesta en la derrota” (A. Bloom), o als derrotats, podríem afegir.

I aquesta fidelitat a Crist també ens la hem d’exigir i mantenir en nosaltres mateixos, quan ens trobem interiorment en una situació que es pot assemblar a la que es trobaven les mirròfores, en la qual sembla que tot el que intentem fracassa, que els nostres intents de ser veritables cristians s’estavella contra la pedra “que era molt gran” que ens impedeix l’accés a Crist, pedra impossible de moure per nosaltres, pedra que són els nostres pecats repetitius, la nostra indiferència, els nostres mals hàbits, cristal·litzats durant anys, i així, Crist sembla com a immobilitzat, com a mort en el nostre interior.

Però, així i tot, si perseverem, si anem a la tomba com les mirròfores encara que pensaven en la impossibilitat de moure la pedra, portant les nostres pobres aromes, que són les obres bones que hàgim pogut fer als altres, al nostre proïsme, llavors el miracle es produirà, Crist mateix apartarà aquesta pedra que ens separa d’Ell i podrem reunir-nos amb Ell en
Galilea, en una nova Galilea on la resurrecció sigui llei plena.

I aquesta Galilea a la qual Jesús convoca als seus deixebles, “anirà davant de vosaltres a Galilea i allí li veureu”, guiats per Ell, a aquests deixebles que han passat moments terribles en què la seva fe ha estat posada a prova i que han fallat en la seva fidelitat a Ell, podia ser per a ells una volta als inicis en què van conèixer a Crist -a Galilea-, van anar allí on van quedar per sempre captivats per Ell, on van viure la primavera de la seva fe.

Tots nosaltres tenim la nostra “Galilea” particular, on hem experimentat d’una manera viva, com a mínim, la intuïció del que significa una vida plena d’unió amb Crist. Després, moltes vegades, les batalles de la vida, i les nostres febleses i mediocritats han sepultat aquestes vivències, però a vegades la fe l’hem de trobar en el passat, revivint els moments en què varem experimentar la proximitat de Jesús, i vam veure clar quin era el camí a seguir.

A més, Crist, amb la resurrecció, ens és accessible en tot moment o lloc, no està limitat aquí o allà o a tal lloc sagrat o a una situació determinada, ens és accessible plenament a tot arreu, mitjançant l’adoració en l’oració i el servei als altres, com Ell mateix va dir: “En canvi tu,quan preguis, entra a la teva cambra, tanca la porta i prega el teu Pare que és en el secret; i el teu Pare, que veu en el secret, t’ho recompensarà” (Mateu 6, 6).

Perseverem en la nostra fidelitat a Crist, malgrat les nostres caigudes i situacions difícils, amb la seguretat que Ell sempre estarà al nostre costat, i que “per la mort ha vençut a la mort, i als qui estan a les tombes – a nosaltres mateixos- els ha donat la vida!”

Crist ha ressuscitat!

p. Jose Santos

3/5/2020, Barcelona: Domingo de las Mirróforas. Homilía.

Hechos 6, 1-7
Marcos 15, 43 – 16, 8

¡Cristo ha resucitado!
¡En verdad ha resucitado!

Este es el domingo de las Mirróforas (“las que llevan mirra, aromas”), el evangelio de Marcos nos cuenta cómo José de Arimatea fue a ver a Pilatos para pedirle el cuerpo de Jesús, Pilatos le da permiso, y José, después de descenderlo de la Cruz y envolverlo en un sudario, y ungirlo, lo deposita en una tumba nueva, que tapa con una gran piedra. Más tarde, el domingo, María Magdalena, María de Joset y Salomé (las mirróforas) van muy de mañana a la tumba con aromas para ungir el cuerpo de Jesús. Se encuentran que la tumba está abierta y un joven (un ángel) les dice que Cristo ha resucitado y que lo comuniquen a sus Apóstoles. Ellas huyen corriendo, llenas de miedo, y no dicen nada, también por miedo.

La principal enseñanza que podemos ver en este evangelio es la de la fidelidad y la del amor. Si nos situamos en el estado de ánimo, tanto de José de Arimatea y Nicodemo (mencionado por San Juan) como, y sobre todo, de las mujeres mirróforas, las mujeres que acompañaban a Jesús en su predicación itinerante, y que fueron las únicas (excepto Juan) que no abandonaron a Jesús en el momento de su juicio y crucifixión, podemos imaginar que para todos ellos, todas las expectativas que habían puesto en Jesús, sus esperanzas en una vida, en un Reino nuevo, toda su fe, aparentemente todo había fracasado, Jesús había sido ajusticiado en la Cruz y con este hecho, todo se había  hundido. En aquel momento ni se les pasaba por la imaginación la posibilidad de una resurrección.

Y sin embargo, vemos su reacción: José de Arimatea y Nicodemo, que anteriormente se habían entrevistado con Jesús en secreto, por miedo a los judíos, por miedo al qué dirán los demás, en este momento de fracaso, obedecen a su sentimiento de amor interno, de fidelidad hacia Jesús, que llena sus corazones, y en medio de la derrota, vencen todo respeto humano, todo miedo a las consecuencias posibles y se presentan ante Pilatos (el ejecutor de Jesús) y le piden su Cuerpo para poder enterrarlo dignamente. Y, contra toda probalidad, Pilatos les concede el Cuerpo de Jesús, y lo pueden enterrar.

Y la reacción más notable y fiel es el de las mujeres mirróforas, que habían dedicado todos aquellos últimos años a servir a Jesús, que lo amaban y veneraban totalmente, que son las únicas que se atreven estar al lado de Aquel que, en el momento del juicio – Jesús- sufre el rechazo y el odio de toda la sociedad, no les importa o superan el miedo de ser identificadas como seguidoras suyas,  ellas que además eran mujeres, que en la sociedad de entonces eran consideradas como inferiores al hombre, débiles, y cuya opinión tenía poca validez, le son fieles en la Cruz, no temen a los soldados, y aunque seguramente llenas de tristeza, dolor y sentimiento de fracaso, su amor hacia Él las lleva a honrar su Cuerpo, ungiendolo con los bálsamos que tenían por costumbre los judíos, y es ahí, en ese momento de derrota total, pero en el que ellas persisten en su amor y fidelidad a Cristo, es cuando se produce el milagro, cuando los “imposibles” humanos quedan reducidos a nada: la piedra que encerraba el Cuerpo de Jesús ha sido retirada y descubren con asombro y temor que Cristo ha resucitado y que lo que Jesús predicaba se ha vuelto realidad, y que una vida, plena e inmortal es ofrecida a la Humanidad. Y sin embargo, les domina más el asombro y el terror, y su primera reacción es huir, tanto les sobrepasa lo que les acaba de suceder.

Es recomendable, al leer los Evangelios, el meditar en qué sentido el pasaje que hemos leído podemos aplicárnoslo, cómo ese pasaje puede iluminar nuestra vida a la luz del Evangelio. En este caso, es fácil para nosotros decir que somos cristianos, que seguimos a Cristo, nadie nos va a perseguir por ello.

Preguntémonos también, si también mostramos fidelidad con respecto a los demás, a nuestro prójimo, pues Cristo dijo que lo que hayamos hecho a uno de nuestros semejantes, a los más pequeños e insignificantes, lo hemos hecho a Él. Si hemos salido en defensa y testimoniado nuestra amistad al que en un momento determinado es rechazado por la opinión general, sea del tipo que sea, “No hay mayor medida de fidelidad que la fidelidad que se manifiesta en la derrota” (A. Bloom), o a los derrotados, podríamos añadir.

Y esta fidelidad a Cristo también nos la tenemos que exigir y mantener en nosotros mismos, cuando nos encontremos interiormente en una situación que se puede asemejar a la que encontraban las mirróforas, en la que parece que todo lo que intentamos fracasa, que nuestros intentos de ser verdaderos cristianos se estrella contra la piedra “que era muy grande” que nos impide el acceso a Cristo, piedra imposible de mover por nosotros, piedra que son nuestros pecados repetitivos, nuestra indiferencia, nuestros malos hábitos, cristalizados durante años, y así, Cristo parece como inmovilizado, como muerto en nuestro interior.

Pero, así y todo, si perseveramos, si vamos a la tumba como las mirróforas aunque pensaban en la imposibilidad de mover la piedra, llevando nuestros pobres aromas, que son las obras buenas que hayamos podido hacer a los demás, a nuestro prójimo, entonces el milagro se producirá, Cristo mismo apartará esa piedra que nos separa de Él y podremos reunirnos con Él en Galilea, en una nueva Galilea donde la resurrección sea ley plena.

Y esta Galilea a la que Jesús convoca a sus discípulos, “irá delante de vosotros a Galilea y allí le veréis”, guiados por Él, a estos discípulos que han pasado momentos terribles en que su fe ha sido puesta a prueba y que han fallado en su fidelidad a Él, podía ser para ellos una vuelta a los inicios en que conocieron a Cristo -en  Galilea-, fue allí donde quedaron para siempre cautivados por Él, donde vivieron la primavera de su fe.

Todos nosotros tenemos nuestra “Galilea” particular, donde hemos experimentado de una manera viva, como mínimo, la intuición de lo que significa una vida plena de unión con Cristo. Después, muchas veces, las batallas de la vida, y nuestras debilidades y mediocridades han sepultado estas vivencias, pero a veces la fe la tenemos que encontrar, revivir en el pasado, reviviendo los momentos en que experimentamos la cercanía de Jesús, y vimos claro cuál era el camino a seguir.

Además, Cristo, con la resurrección, nos es accesible en todo momento o lugar, no está limitado aquí o allá o a tal lugar sagrado o a una situación determinada, nos es accesible plenamente en todas partes, mediante la adoración en la oración y el servicio a los demás, como Él mismo dijo: “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6, 6).

Perseveremos en nuestra fidelidad a Cristo, pese a nuestras caídas y situaciones difíciles, con la seguridad de que Él siempre estará a nuestro lado, y de que “¡por la muerte ha vencido a la muerte, y a los que están en las tumbas – a nosotros mismos- les ha dado la vida!”

¡Cristo ha resucitado!

p. Jose Santos

26/4/2020, Barcelona: Semana Luminosa. Homilía

¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad, ha resucitado!

A pesar de las promesas –no comprendidas tal como nos dice el Evangelio en diversas ocasiones– los discípulos después de la crucifixión se dispersaron. El miedo a ser perseguidos por las autoridades judías como discípulos de quien ha sido ajusticiado como criminal; el trastorno, la tristeza y la decepción después de haber presenciado al Maestro padeciendo la tortura y la muerte, de haber visto como triunfaban las tesis del Sanedrín: tal es la situación de los discípulos durante los tres días que el Señor descendió a los Infiernos, durante los cuales la tumba permaneció cerrada y sellada.

Y a continuación, el primer día de la semana, las señales de la Resurrección: el sepulcro vacío, el sudario y las vendas abandonadas, el anuncio del Ángel, las apariciones a María Magdalena y a las otras mujeres, a los discípulos que se encaminaban a Emaús, a los que estaban encerrados por miedo a los judíos.

Y las primeras reacciones: miedo, incomprensión, ceguera, incredulidad…

Purifiquemos nuestros sentimientos y veremos a Cristo que resplandece con el resplandor inaccesible de la Resurrección y le oiremos exclamar: Alegraos, mientras cantáis la victoria del Señor. ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

Primera constatación: La Resurrección de Cristo para los discípulos –para la pequeñez humana– es un acontecimiento demasiado grande para comprenderlo y asumirlo inmediatamente.

Segunda constatación: A pesar de la tristeza, el miedo, o la ceguera mental o espiritual, los discípulos guardan, más allá de todo razonamiento y sentimiento, el deseo, la esperanza.

Tercera constatación: Es el Señor quien se acerca a cada una de las situaciones, se adapta a cada uno de los que le esperan y le son fieles más allá de cualquier esperanza, y les abre los ojos, el entendimiento, les da la paz y la alegría. A María la llama por su nombre; se da a conocer a los discípulos camino de Emaús en la fracción del pan; a los Apóstoles les da la paz que les faltaba a causa de los judíos; da la alegría a las mujeres entristecidas; al Apóstol Tomás le ofrece las heridas de sus manos y su costado para que meta la mano.

Venid, bebamos del manantial nuevo de la inmortalidad que mana maravillosamente no de una roca en el desierto sino de la tumba de Cristo, nuestra fuerza y nuestro gozo. ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

¿Cómo hemos celebrado nosotros la Resurrección? ¿Ha continuado viva dentro de cada uno la alegría de la Pascua? El confinamiento físico obligado estos días, ¿se parece a la dispersión de los discípulos después de la sepultura del Señor? El gozo inmenso del momento puntual de la celebración del Domingo de Resurrección, ¿ha dejado paso a la tristeza, al miedo o a la incertidumbre? La realidad cotidiana que nos envuelve nos hace tener muy presentes las medidas de protección sanitaria: ¿mantenemos aún firme y presente la confianza en el Señor? Estamos inmersos en un mundo que lucha contra los males que nos afectan contando con toda la capacidad de la sabiduría humana y sin querer contar para nada con la Sabiduría de Dios: ¿hemos perdido la paz de espíritu ante un mundo que muestra hostilidad ante el mensaje Evangélico de la Resurrección? Todo ello, junto a nuestra debilidad, ¿nos hace dudar de la verdad de la Resurrección? A pesar de los embates del mundo, interior y  exterior, ¿nos mantenemos fieles a la promesa que recibimos con el Bautismo y que renovamos en la Eucaristía?

Si los mismos Apóstoles pasaron estas pruebas, ¿cuáles no hemos de pasar nosotros? Somos demasiado pequeños, en todos los sentidos, para captar, alcanzar y entender con todo nuestro ser lo que acaba de suceder: La muerte ha sido vencida, el mal ya no tiene poder sobre nosotros, ni sobre la humanidad ni sobre la creación. ¿Cómo es posible que podamos vivir, aquí i ahora un mundo nuevo, una nueva realidad, que podamos participar del gozo de la Resurrección, ser la levadura nueva necesaria para hacer fermentar la masa? (cf 1Co 5, 6-7). Y a pesar del peso del mundo donde continuamos existiendo, ¡se ha producido en nosotros el milagro de la Resurrección!

¡Que Dios se levante y sus enemigos se dispersen y sus adversarios huyan ante su Rostro! Tal como se disipa el humo, que así se disipen, como se funde la cera ante el fuego. Así morirán los pecadores delante de Dios pero los justos se alegrarán, ¡exultad en presencia de Dios!

Los discípulos que caminaban hacia Emaús deseaban entender la Pasión y la muerte del Mesías, y así escucharon a Cristo que les interpretaba las Escrituras, y les hacía entender que era necesario que el Hijo del hombre padeciera y fuera sepultado para rescatar al mundo de la maldición, a través de su Resurrección; y, una vez abiertos los ojos a la comprensión de las Escrituras, se dio a conocer al bendecir, partir y darles el pan. Tomás no dio crédito a la sola palabra de sus compañeros, sino que pidió una prueba empírica, tangible, no solo a través de la vista, sino por el tacto, el menos sutil de los sentidos, el que nos hace “tocar de pies al suelo”. Y el Señor le pidió que pusiera la mano en los agujeros de los clavos y en la herida de su costado.

Y ved que les sucede a los discípulos después de ver con los ojos del cuerpo y los del espíritu a Cristo resucitado: Todos sin excepción reciben no solo la Fe y la Esperanza, sino también la Fuerza, el Valor i la Alegría para ir y proclamar el Anuncio Gozoso, la Buena Nueva, el Evangelio, que se resume en las pocas palabras: ¡Cristo ha resucitado!

¿Por qué buscáis entre los muertos a quien está vivo? ¿Por qué lloráis por el Inmortal como si hubiera muerto? Id y anunciad a sus discípulos: ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

No nos fiemos de nuestras solas fuerzas; esperemos a Cristo, el único que nos puede abrir los ojos del corazón. Imitemos a sus discípulos, busquemos el sentido de la Palabra de Cristo, en los Padres que nos la han transmitido por experiencia; y deseemos para nosotros mismos esa misma experiencia, la que sólo Cristo puede darnos, de la manera que Él sabe que conviene a nuestra persona. Y proclamemos al mundo, con nuestras palabras, nuestros actos, nuestra actitud, con toda nuestra vida el Anuncio de la Resurrección:

Hemos contemplado la Resurrección de Cristo, adoremos a Jesús, el Señor Santo, el Único sin pecado. Veneramos tu Cruz, o Cristo, cantamos y glorificamos tu Santa Resurrección, porque Tú eres nuestro Dios, no conocemos a ningún otro. Venid todos los fieles, adoremos la Santa Resurrección de Cristo, porque por la Cruz, el Gozo ha venido al mundo. Bendecid al Señor en todo momento y cantemos su Resurrección; porque por nosotros Él ha soportado la Cruz, y por su muerte ha destruido la muerte. Resucitado de la tumba, tal y como lo había anunciado, Jesús nos da la vida eterna y su gran misericordia.

P. Josep Moya

26/4/2020, Barcelona: Setmana Lluminosa. Homilia

Crist ha ressuscitat! En veritat, ha ressuscitat!

Malgrat les promeses del Senyor –poc enteses tal com ens diu l’Evangeli en diferents ocasions– els deixebles després de la crucifixió es van dispersar. La por a ser perseguits per les autoritats jueves com a deixebles de qui ha estat ajusticiat com a criminal; el trasbals, la tristesa i la  decepció després d’haver presenciat el Mestre patint la tortura i la mort, i d’haver vist el triomf de les tesis del sanedrí: tal és la situació dels deixebles durant els tres dies que el Senyor va davallar als Inferns, en què el sepulcre va romandre tancat i segellat.

I tot seguit, el primer dia de la setmana, els senyals de la Resurrecció: el sepulcre buit, el sudari i les venes d’amortallar desats, l’anunci de l’Àngel, les aparicions a Maria Magdalena i les altres dones, als deixebles camí d’Emaús, als deixebles que estaven tancats per por als jueus.

I les primeres reaccions: por, incomprensió, ceguesa d’enteniment, incredulitat…

Purifiquem els sentiments i veurem Crist que resplendeix amb la claror inaccessible de la seva Resurrecció i el sentiren exclamar: Alegreu‑vos, mentre canteu la victòria del Senyor. Crist ha ressuscitat dels morts!

Primera constatació:  La Resurrecció del Crist és un esdeveniment massa gran per tot d’una ser copsat i assumit pels deixebles, per la petitesa dels homes.

Segona constatació: Malgrat la por, la tristor i la ceguesa mental o espiritual, els deixebles, fidels, guarden més enllà de tot raonament i sentiment, el desig, l’esperança.

Tercera constatació: És el Senyor qui s’apropa a cada una de les situacions, s’adapta a cada un dels que l’esperen i li són fidels més enllà de tota esperança, i els obre els ulls, l’enteniment, els dona la pau i la joia. A Maria la crida pel seu nom; es fa conèixer als deixebles camí d’Emaús en la fracció del pa; als Apòstols els dona la pau que els faltava a causa dels jueus; dona la joia a les dones entristides; a l’Apòstol Tomàs, li ofereix les ferides de les mans i del costat perquè hi fiqui la mà.

 Veniu, bevem tots en el doll nou de la font de la immortalitat que brolla meravellosament no pas d’una roca al desert sinó de la tomba de Crist la nostra força, la nostra joia. Crist ha ressuscitat dels morts!

Com hem celebrat nosaltres la Resurrecció? Ha continuat viva dins nostre la joia de la Pasqua? El confinament físic obligat aquests dies, ¿s’assembla a la dispersió en què es van trobar els deixebles després de la sepultura del Crist? La joia immensa del moment puntual de la celebració del Diumenge de Resurrecció, ¿ha deixat pas a la tristor, o a la por, o a la incertesa? La realitat quotidiana que ens envolta, ens fa tenir molt presents les mesures de protecció sanitàries: ¿mantenim encara ferma i present la confiança en el Senyor? Som immersos en un món que lluita contra els mals que ens afecten comptant amb totes les capacitats dels coneixements humans i sense voler comptar per a res amb la Saviesa de Déu: ¿hem perdut la pau d’esperit davant d’un món que mostra hostilitat davant el missatge Evangèlic de la Resurrecció? Totes aquestes coses junt a la nostra feblesa, ¿ens fan dubtar de la veritat de la Resurrecció? Malgrat els embats del món, de fora i de dins nostre, ¿ens mantenim fidels a la promesa que vam rebre amb el Baptisme i que renovem en l’Eucaristia?

Si els mateixos Apòstols passaren per aquestes proves, què no ens ha de passar a nosaltres? Som massa petits, en tots els sentits, per copsar, assolir i entendre amb tot el nostre ésser el que acaba de succeir: La mort ha estat vençuda, el mal no té ja poder sobre nosaltres, ni sobre la humanitat ni sobre la creació. Com potser que puguem viure des d’aquí i ara un món nou, una nova realitat, que puguem participar de la joia de la Resurrecció, ser el llevat nou necessari per fer fermentar la pasta? (cf 1Co 5, 6-7) I malgrat el pes del món on seguim, s’ha produït en nosaltres el miracle de la Resurrecció!

 Que Déu s’aixequi i els seus enemics es dispersin i els seus adversaris fugin davant el seu Rostre! Tal com es dissipa el fum, que ells es dissipin, com es fon la cera davant del foc. Així moriran els pecadors davant de Déu però els justos s’alegraran, exulteu en presència de Déu.

Els deixebles camí d’Emaús volen entendre la Passió i mort del Messies, i aleshores escolten com el Crist els interpretava les Escriptures, i els feia entendre que calia que el Fill de l’home patís i fos sepultat per rescatar el món de la maledicció, a través de la seva Resurrecció; i, un cop oberts els ulls a la comprensió de les Escriptures, es va fer conèixer Ell mateix en beneir, partir i donar-los el pa. Tomàs, no dona crèdit a les soles paraules dels seus companys, sinó que demana una prova empírica, tangible, no tan sols per la vista, sinó pel tacte, el sentit potser menys subtil, que ens fa “tocar de peus a terra”. I el Senyor li demana que posi la seva mà al forats dels claus i a la ferida del seu costat.

I mirem què els succeeix als deixebles després de veure amb els ulls del cos i amb els de l’esperit al Crist ressuscitat: Tots sense excepció reben no sols la Fe i l’Esperança, sinó també la Força, el Coratge i la Joia per anar a proclamar l’Anunci Joiós, la Bona nova, l’Evangeli, que es resumeix en les poques paraules: Crist ha ressuscitat!

 Perquè busqueu entre els morts el que està viu? Per què ploreu per l’Immortal com si hagués mort? Aneu i anuncieu als seus deixebles: Crist ha ressuscitat dels morts.

No ens refiem de les nostres soles forces; esperem el Crist, l’únic que ens pot obrir els ulls del cor. Imitem els deixebles, busquem el sentit de la Paraula del Crist, en els Pares que ens l’han transmès per experiència; i desitgem per a nosaltres mateixos aquesta experiència, la que només el Crist pot donar-nos, de la manera que Ell sap que més convé a la nostra persona. I proclamem al món, amb les nostres paraules, amb els nostres actes, amb la nostra actitud, amb la nostra vida l’Anunci de la Resurrecció:

 Hem contemplat la Resurrecció de Crist, adorem Jesús, el sant Senyor, l’Únic sense pecat. Venerem la teva Creu, o Crist, cantem i glorifiquem la teva santa Resurrecció perquè Tu ets el nostre Déu: no en coneixem cap altre. Veniu tots els creients, adorem la santa Resurrecció de Crist, perquè per la Creu, la Joia ha vingut al món. Beneïm el Senyor en tot temps i cantem la seva Resurrecció; perquè per nosaltres Ell ha suportat la Creu, i per la seva mort ha destruït la mort. Ressuscitat de la tomba, tal com ho havia predit, Jesús ens dona la vida eterna i la seva gran misericòrdia.

P. Josep Moya

19/4/2020: Mensaje de Pascua del patriarca Ireneo y de la Asamblea de obispos ortodoxos serbios

Patriarca Ireneo

¡Cristo ha resucitado !

¡Es el día de la Resurrección! Irradiemos de alegría en esta solemnidad; abracémonos los unos los a los otros y digamos : “hermanos”, incluso a los que nos odian! Perdonemos todo a causa de la Resurrección y proclamemos en voz alta: ¡Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte ha vencido la muerte, y a los que están en las tumbas, les ha dado la vida! (matines de Pascua)

Aquí estamos, hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, en la celebración y la alegría de la gran fiesta de Pascua. ¡Este día es la fiesta de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo – alegrémonos y estemos alegres! La Pascua es nuestra más gran fiesta – es la fiesta de la victoria de la vida sobre la muerte, de Dios sobre Satanás, del hombre en Jesucristo sobre el pecado. ¡Cristo ha resucitado de los muertos! Digámoslo a todos y comuniquemos la alegría a todos y a cada uno, incluso a los que Le odian, Dios-hombre resucitado, así como a nosotros mismos, Su herencia aquí sobre tierra, como a los que no creen y dudan aún que Él es el Redentor y el Salvador.

Hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, la esencia del misterio de la Resurrección del Cristo está en el hecho que «Aquel que es» al mismo tiempo Hijo de Dios e Hijo del hombre, tiene, desde el Viernes Santo y finalmente el día de la Resurrección, ha vencido a Satanás y ha destruido su poder y su fuerza. La muerte y el infierno son vencidos. El santo apóstol Pablo pregunta en su exaltación victoriosa: “Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Infierno, ¿donde está tu victoria? (1 Co 15, 55). San Basilio el Grande, arzobispo de Capadocia, meditando sobre el misterio de Pascua, precisa las palabras del santo apóstol Pablo diciendo que el Señor Jesucristo Se ha ofrecido en sustitución de la muerte «que nos mantenía en la esclavitud, a nosotros, vendidos al pecado, y ha bajado con la Cruz al infierno para romper los cadenas de la muerte; y ha resucitado en el tercer día, abriendo a cada uno el camino de la resurrección de entre los muertos. El Señor Cristo, dice san Basilo, se ha convertido en el Premier nacido de entre los muertos, afin de ser Él mismo todo en todo, prevaleciendo en todas partes».

El poeta de la Iglesia se maravill ante la prodigiosa Resurrección de la tumba, y se exclama: «Señor, cómo has nacido de la muy santa Virgen y cómo has resucitado de la tumba, no lo sabemos, pero Te glorificamos como Salvador y Redentor».

Celebrando la Resurrección de Cristo, nosotros también nos nosotros maravillamos ante este gran misterio y cantamos: ¡Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte ha vencido a la muerte, y a los que están en las tumbas, les ha dado la vida! Como los hijos de Israel que después de haber atravesado el Mar Rojo expresaron su reconocimiento y sus alabanzas a Dios, nosotros también, hermanos y hermanas y queridos hijos espirituales, que hemos atravesado la tristeza y el pena del Viernes Santo y del Sábado Santo, para encontrarnos en la alegría de la Resurrección, ofrezcamos nuestras alabanzas a Dios y exclamémonos : ¡gloria a Ti, Señor, nuestro Salvador y Redentor, por habernos librado del poder del pecado, de la muerte y del diablo!

Gracias a la verdad del Cristo Resucitado que se apareció a las mujeres mirróforas, a los apóstoles y a otros, nos mantenemos en pie y existimos. Jesucristo, el Señor resucitado, es el fundamento inquebrantable no sólo de nuestra fe y de nuestra Iglesia sino también de toda nuestra existencia y de todo lo que existe. Si Cristo no ha resucitado, ¡vana es nuestra fe, vana es nuestra esperanza, porque estamos todavía en nuestros pecados! dice el santo apóstol Pablo. En la Resurrección se encuentra el sentido de todo lo que existe; sin la Resurrección, todo, la vida misma, es absurda.

La Resurrección del Señor Jesucristo revela el misterio de la Encarnación del Dios-Logos, es decir Su nacimiento en Belén y Su sufrimiento como Cordero de Dios en Jerusalén, así como de todo lo que ha sucedido no sólo en Jerusalén y  Judea sino en el conjunto de la historia del mundo.

Hermanos y hermanas, en la luz de la Resurrección del Cristo, nosotros, pueblo e Iglesia christófora (que lleva a Cristo) serbia, nos percibimos a nosotros mismos y a nuestra historia. Somos un pueblo resucitado en la luz de la Cruz. Sufrimos con Cristo y resucitamos con Él. Toda nuestra historia está situada bajo la señal de la Cruz y de la Resurrección con Cristo, emplazada entre el Gólgota y la Resurrección. El año último, hemos celebrado el octavo centenario de la autocefalía de nuestra Iglesia. Durante este jubileo hemos examinado toda la amplitud, la profundidad y la altura de nuestra existencia durante los ochocientos años transcurridos. En lo que va de año, celebramos el centenario del restablecimiento del estatus de patriarcado de nuestra Iglesia. Después de los sufrimientos dignos del Gólgota de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia en el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, los territorios metropolitanos y las diócesis de nuestra Iglesia, fragmentada entre los territorios de los imperios y de los Estados anteriores, se han reunido en el seno de una Iglesia ortodoxa serbia única, restaurando así nuestro anciano Patriarcat de Peć. Esto ha sido una bendición divina para nuestro pueblo y nuestra Iglesia después de los sufrimientos padecidos, desconocidas hasta el momento, y el aguante manifestado. Es tal vez el santo diácono mártir Avakum quien ha expresado mejor el sentimiento de su pueblo cuando, rechazando renegar su fe ortodoxa a pesar de las amenazas de torturas y de una muerte horrible, exclamó (en diciembre de 1814): «El serbio pertenece a Cristo, se alegra de la muerte!» Dios ha bendecido nuestra unidad en la lucha para la victoria de la verdad y de la justicia. Gracias al Espíritu Santo y a la fuerza de una fe, de una esperanza y de un amor inquebrantables hemos restaurado el Patriarcado de Peć sobre todo el ámbito territorial donde viven los serbios ortodoxos, para la alegría de nuestros ancestros y la orgullo de todos nosotros.

Previamente hemos tenido que, queridos hijos espirituales, como el antiguo Israel, afrontar peligros y sufrimientos terribles, superar travesías marítimas y en aguas profundas, antes de conocer la libertad y la unidad. Nuestra historia emplazada bajo el signo del Gólgota y de Pascua nos enseña que nunca, incluso el día del Viernes Santo, tenemos que perder la fe y la esperanza en Dios. ¿El año 1915 no ha sido un Viernes Santo en nuestra historia reciente? ¿El año 1916 no ha sido el año del Gólgota albanés? ¿El año 1917 no se ha parecido a nuestros funerales y a nuestra inhumación en «las tumbas azules»? ¡Pero he aquí está el milagro! El año siguiente, 1918, fue el de nuestra victoria, de nuestra libertad y de nuestra resurrección; después, el año 1920 fue el de nuestro renacimiento eclesiástico y espiritual.

Mirando estas acciones prodigiosas de Dios en nuestra historia, podemos exclamar como el Salmista: ¡Qué grande eres Señor y maravillosas son tus obras, y no hay palabras para describir todas Tus maravillas! Son prodigiosos en verdad los acontecimientos de la liberación y de la unidad de nuestro pueblo, que han precedido al restablecimiento de nuestra unidad eclesiástica y de nuestro patriarcado. Todo esto evoca forzosamente el salvamento milagroso de los niños de Israel en Egipto, la peregrinación al Sinaí y la llegada a la Tierra prometida. Al final de todo esto, desgraciadamente, nos econtramos, a causa de nuestros hechos y a causa de los hechos de otros, nos encontramos en una situación de crucifixion histórica, antes de poder, gracias a la misericordia de Dios, resucitar de nuevo otra vez…¡Y fue así hasta nuestros días!

Celebrando  la Resurrección del Cristo, queridos hijos espirituales, tenemos que guardar en la memoria a nuestros hermanos y hermanas de nuestra tierra mártir de Kosovo y Metoquia. Recemos por ellos y que el Señor les de fuerza, para que, con su aguante frente a las iniquidades y a las desgracias, contribuyan a obrar para su salvación y la nuestr, que no pierdan nunca la fe en la victoria final del Bien y que continuen creyendo que el Señor, Dios de misericordia y de bondad, está siempre a su lado, así como de todos los que siguen los caminos de Dios.

Asimismo, queridos hermanos y hermanas, tenemos que guardar en memoria nuestros hermanos y hermanas de Montenegro, que soportan una gran iniquidad e injusticia. «Leyes» inicuas han suprimido la verdad y la justicia en Montenegro. Antaño orgulloso y admirable, Montenegro, conocido por su sentido del honor y su heroismo, intenta hoy quitar a nuestra Iglesia lo que ha sido suyo desde hace siglos, lo que el pueblo serbio con sus obispos, sus sacerdotes y sus monjes, han construido y creado. Los santos lugares de Montenegro, muchos de los cuales son más antiguos que Montenegro mismo, son los santuarios populares donde se ha cantado y donde se cantará por los siglos la santa liturgie con las oraciones de san Basilio de Ostrog, de san Pedro de Cetinje, de los santos neo-mártires asesinados por las manos no-fraternelles de adversarios locales de Dios y las oraciones de todos los santos gratos a Dios.

¡Acordémonos hoy de nuestros hermanos mártires de Siria, de Irak, y, a través del mundo, de todos los que sufren a causa de la injusticia y de la rapacidad de los hombres! Uno de los paises mas bellos y sobresalientes del mundo – Siria – ha sido prácticamente destruido por el mal y la violencia. ¡Recemos hoy por todos ellos y por todos los que sufren, con el fin de que el Señor los libre de las manos de hombres injustos!

Pensamos particularmente hoy, y dirigimos nuestro saludo cordial “¡Cristo es resucitado!” a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania, con el metropolita Onufrio a la cabeza, los metropolitas, arzobispos y obispos, los monjes y sacerdotes, que son víctimas de actos no-ecclesiales, no-conciliarios y autocráticos. ¡Recemos para ellos, que sufren, y confiémoslos a nuestro Señor mismo, el Cristo Resucitado, afin de que los salve y los libere de manos injustas!

Queridos hermanos y hermanas, queridos hijos espirituales, este año acogemos y celebramos la Pascua en condiciones difíciles, en medio de pruebas tales que habíamos conocido raramente en el pasado. Vivimos los días de una pandemia que ha golpeado de repente a la humanidad. El mundo entero está afectado y amenazado por un virus. El hombre orgulloso y egoísta de hoy en día, ¿va a sacar alguna conclusión de esta constatación? ¿O va a persistir, sin arrepentimiento y sin amor, en el proyecto suicida de la creación de su paraíso terrestre mentiroso, donde no hay lugar ni para Dios ni para el hombre como ser espiritual creado a la imagen de Dios? Confrontados a tales desgracias, debemos hacer todo lo posible para acudir en ayuda de nosotros mismos y de los demás, para comprender y apoyar los esfuerzos y los programas de las instituciones responsables médicas, sanitarias y estatales que se esfuerzan en protegernos de la contaminación. Esto nos puede parecer difícil en el momento, pero tenemos que aceptar y apoyar todo lo que es en el interés general y adaptar nuestro comportamiento consecuentemente. Por encima todo, ¡recemos al Señor Dios de que nos libre de esta epidemia y de peligros similares!¡Dirijamos nuestras oraciones a Dios, arrepintámonos de nuestros pecados y cudidemos nuestra salud y la salud de las demás! Es la ocasión de reflexionar bien sobre nosotros mismos y el mundo  en general. ¡He aquí que un virus ha trastornado y puesto de rodillas al mundo entero y ha puesto en peligro la salud y las vidas de millones de personas! «¡Cálmate, hombre orgulloso!» enseñó Dostoievski en su tiempo. Su enseñanza nos aparece más actual hoy que en el tiempo en el que fue pronunciado.

En la alegría de la Resurrección del Cristo, os tenemos presentes a todos, queridos hijos espirituales, a los que estáis en nuestra patria y los que estáis diseminados a través del mundo, en nuestros rezos y, paternelmente, os dirigimos a todos nuestro saludo totalmente alegre:

¡Cristo es resucitado!

En el  Patriarcado Serbio, en Belgrado – Pascua 2020 El patriarca serbio Irenei y todos los obispos de la Iglesia Ortodoxa Serbia

19/4/2020, Barcelona: Santo, luminoso y gran Domingo de Pascua. Homilia.

Crist ha Ressuscitat!!!
Христос Воскресе!!!
Hristos a Inviat!!!
Χριστός ἀνέστη!!!
Cristo ha Resucitado!!!

Hoy es la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades, tal y como cantamos en la octava oda de los maitines Pascuales. Porque es la victoria más grande a la que puede aspirar el hombre, venciendo los lazos de la muerte que nos tienen retenidos, en un mundo que permanece alejado de aquel que es la fuente de la vida y creador de todas las cosas. Dios increado, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se ha encarnado a través del Hijo bien amado segunda persona de la Santísima Trinidad, gracias al Fiat dado por Maria la Virgen y Madre de Dios, para asumir nuestra realidad caída y redimirla a través de su muerte y resurrección y de esta forma preparar el camino para que nosotros también podamos salir victoriosos de la muerte y cantar con fuerte voz.

“Cristo ha Resucitado de los muertos, por su muerte a vencido a la muerte y a los que están en las tumbas les ha dado la Vida”

No hemos de estar triste, aunque en estos momentos por la gravedad de esta pandemia que estamos viviendo, no podemos celebrar esta gran fiesta, la fiesta más importante del calendario Litúrgico, como estamos acostumbrados, pero aun así por la importancia del misterio que hoy celebramos,  nuestra alegría desborda nuestra tristeza, porque Cristo ha Resucitado y ha llenado con su Gloria el universo entero.

Alegrémonos pues, cantemos y llenemos  de gozo nuestros corazónes con aquellas energías divinas que irradian de la Resurrección de Cristo. Su luz y su fuerza llena todas las cosas y estemos donde estemos su plenitud nos inunda y nos salva haciéndonos partícipes de su Gloria.

Este año estamos celebrando una Pascua insólita, que nos ha sorprendido y que nadie o al menos la mayoría de nosotros no podíamos ni imaginar. Cuando en un día como hoy las iglesias se llenan al completo de gente que viene a buscar la luz, esta luz sin crepúsculo que Cristo nos ofrece después de su Resurrección, nos encontramos con las iglesias vacías o casi vacías, a consecuencia de las normas de seguridad dictadas para mitigar esta terrible pandemia que está padeciendo el mundo entero.

Esta situación nos hace pensar en primer lugar en toda aquellas personas que están sufriendo la enfermedad, en las victimas que han traspasado en soledad sin la compañía de sus seres más queridos, en todos aquellos que están haciendo un esfuerzo extremos para contener esta pandemia y en todos los que en el aislamiento propio de nuestros hogares, contemplamos los acontecimientos, con una incertidumbre sobre lo que puede acontecer en el futuro.

Lo que si es cierto es que esta situación nos ha puesto delante de nuestros ojos, la fragilidad de nuestras vidas, y nos ha acercado el sufrimiento de la humanidad a la puerta de nuestros hogares, sufrimiento que en otras ocasiones nos puede pasar más desapercibido por su lejanía como pueden ser las innumerables guerras  en muchos lugares de nuestro planeta, los desplazamientos desesperados de aquellos que simplemente buscan su sustento, o infinidad de situaciones donde la injusticia en este mundo está presente.

La humanidad está enferma y gime desolada, pero cuando esta enfermedad se manifiesta de forma más virulenta, puede ser un signo para tomar conciencia de que alguna cosa ha de cambiar, si realmente queremos encontrar una forma de vida más armónica en el seno de la creación que Dios nos ha dado.

Dios sabe los cambios que la humanidad va a ser capaz de realizar, después de esta pandemia, pero nosotros como cristianos ortodoxos sí  que conocemos cual es el camino que nos puede ayudar a salir de esta enfermedad, que en definitiva es la enfermedad propia del hombre que vive alejado de Dios. Cristo mismo nos dijo, yo soy el Camino la Verdad y la Vida, camino hacia el conocimiento de la Verdad, para proyectarnos hacia una vida que no simplemente nos ayude a encontrar una actitud justa frente a todos los elementos creados, y el amor al prójimo que nos transmite el Evangelio, sino que nos haga participes de una vida perdurable en comunión con nuestro creador, porque este es el motivo primero y último de toda las cosas.

Por esto hoy, nuestra alegría desborda nuestra tristeza y con gran gozo celebramos la victoria sobre la mayor enfermedad que la humanidad padece que es la muerte, infranqueable por nosotros mismos, pero posible gracias a la redención que nos ofrece el Hijo de Dios encarnado, después de su muerte y resurrección. Los cielos se han abierto y la humanidad tiene acceso en el seno de la Iglesia, a participar de este misterio de resurrección y cantar con fuerte voz

Crist ha Ressuscitat!!!
Христос Воскресе!!!
Hristos a Inviat!!!
Χριστός ἀνέστη!!!
Cristo ha Resucitado!!!

18/4/2020, Barcelona: Sant, llumimós i gran Diumenge de Pasqua. Homilia del p. Marti

Crist ha Ressuscitat!!!
Христос Воскресе!!!
Hristos a Inviat!!!
Χριστός ἀνέστη!!!
Cristo ha Resucitado!!!

Avui és la festa de les festes, la solemnitat de les solemnitats, tal com cantem en l’octava oda dels matines Pasquals. Perquè és la victòria més gran a la qual pot aspirar l’home, vencent els llaços de la mort que ens tenen retinguts, en un món que roman allunyat d’aquell que és la font de la vida i creador de totes les coses. Déu increat, Pare, Fill i Esperit Sant, s’ha encarnat a través del Fill ben estimat segona persona de la Santíssima Trinitat, gràcies al Fiat donat per Maria la Verge i Mare de Déu, per a assumir la nostra realitat caiguda i redimir-la a través de la seva mort i resurrecció, i d’aquesta manera preparar el camí perquè nosaltres també puguem sortir victoriosos de la mort i cantar amb forta veu.

“Crist ha Ressuscitat dels morts, per la seva mort a vençut  la mort i els qui son  a les tombes els ha donat la vida”

No hem d’estar tristos, encara que per la gravetat d’aquesta pandèmia que estem vivint, no podem celebrar aquesta gran festa, la festa més important del calendari Litúrgic com estem acostumats, però així i tot per  la importància del misteri que avui celebrem, la nostra alegria desborda la nostra tristesa, perquè Crist ha Ressuscitat i ha omplert amb la seva Glòria l’univers sencer.

Alegrem-nos doncs, cantem i omplim de goig els nostres cors amb aquelles energies divines que irradien de la Resurrecció de Crist. La seva llum i la seva força omple totes les coses i estiguem on estiguem la seva plenitud ens inunda i ens salva fent-nos partícips de la seva Glòria.

Aquest any estem celebrant una Pasqua insòlita, que ens ha sorprès i que ningú o al menys la majoria de nosaltres no podíem ni imaginar. Quan en un dia com avui les esglésies s’omplen de bat a bat de gent que ve a buscar la llum, aquesta llum sense crepuscle que Crist ens ofereix després de la seva Resurrecció, ens trobem amb les esglésies buides o gairebé buides a conseqüència de les normes de seguretat dictades per mitigar aquesta terrible pandèmia que està patint el món sencer.

Aquesta situació ens fa pensar en primer lloc, en tota aquelles persones que estan patint la malaltia, en les víctimes que han traspassat en solitud sense la companyia dels seus éssers més estimats, en tots aquells que estan fent uns esforços extrems per contenir aquesta pandèmia i en tots els que en l’aïllament propi de les nostres llars, contemplem els esdeveniments, amb una incertesa sobre el que pot esdevenir en el futur.

El que si és cert és que aquesta situació ens ha posat davant dels nostres ulls, la fragilitat de les nostres vides i ens ha apropat el patiment de la humanitat a la porta de les nostres llars, sofriment que en altres ocasions ens pot passar més desapercebut per la seva llunyania com poden ser les innombrables guerres en molts llocs del nostre planeta, els desplaçaments desesperats d’aquells que simplement busquen el seu aliment, o la infinitat de situacions on la injustícia en aquest món és fa present.


La humanitat està malalta i gemega desolada, però quan aquesta malaltia es manifesta de forma més virulenta, pot ser un signe per a prendre consciència que alguna cosa ha de canviar, si realment volem trobar una forma de vida més harmònica en el si de la creació que Déu ens ha donat.

Déu sap els canvis que la humanitat serà capaç de realitzar després d’aquesta pandèmia, però nosaltres com a cristians ortodoxos si que coneixem quin és el camí que ens pot ajudar a sortir d’aquesta malaltia, que en definitiva és la malaltia pròpia de l’home que viu allunyat de Déu. Crist mateix ens va dir, jo sóc el Camí la Veritat i la Vida, camí cap al coneixement de la Veritat, per projectar-nos cap a una vida que no simplement ens ajudi a trobar una actitud justa enfront de tots els elements creats, i l’amor al proïsme que ens transmet l’Evangeli, sinó que ens faci partícips d’una vida perdurable en comunió amb el nostre creador, perquè aquest és el motiu primer i últim de tota les coses.

Per això avui, la nostra alegria desborda la nostra tristesa i amb gran goig celebrem la victòria sobre la malaltia més gran que la humanitat pateix que és la mort, infranquejable per nosaltres mateixos, però possible gràcies a la redempció que ens ofereix el Fill de Déu encarnat, després de la seva mort i resurrecció. El cels s’han obert i la humanitat té accés en el si de l’Església, a participar d’aquest misteri de resurrecció i cantar amb forta veu

Crist ha Ressuscitat!!!
Христос Воскресе!!!
Hristos a Inviat!!!
Χριστός ἀνέστη!!!
Cristo ha Resucitado!!!

P. Martí

16-17/4/2020: Jueves y Viernes Santo: Santa Cena, Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El Jueves Santo, la Iglesia conmemora la Santa Cena de nuestro Señor, antes de su Pasión. Por la mañana se celebran Vísperas y la Liturgia de San Basilio, se lee un Evangelio que narra la unción en Betania por una mujer, después la decisión de Judas Iscariote de traicionar a Jesús por dinero; Jesús reúne a sus discípulos en la Sala Alta donde comerán la Pascua judía y les lava los pies, después, en la Santa Cena, Jesús instituye con sus palabras y actos nuestra liturgia eucarística como comunión a Él, como cabeza del Cuerpo de Cristo.

Así, vemos una polarización extrema: Dios, en la última Cena inicia su sacrificio total por el hombre, por su salvación, movido por su inmenso amor por su creatura. Y el hombre –algunos, personificados en Judas- también por amor, pero por amor a sí mismo, por un amor erróneo y por rechazo de Dios, entrega a Dios a una muerte horrible, y provoca su propia destrucción.

Para entender el significado de la Santa Cena, recordemos como inicia San Juan el gran discurso sacerdotal de Jesús: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1).” Dios es amor. En el principio, en el paraíso, el amor de Dios daba vida al hombre, le daba alimento, y el hombre ofrecía el mundo entero a Dios, lo transformaba en vida en Dios y con Dios. Era una vida de comunión, eucarística. “El amor de Dios dio vida al hombre, el amor del hombre por Dios transformó esta vida en comunión con Dios” (A. Schmmemann).

Pero el hombre, por el pecado, perdió su comunión con Dios, pensó que podría encontrar vida  en este mundo, desvió su amor a Dios a un amor a todo tipo de deseos y de hambres, y murió. Se sometió enteramente al mundo, y en vez de ser su sacerdote fue su esclavo.

Pero Dios no abandonó a su criatura y empezó su obra de redención y salvación, con la Encarnación de Su Hijo, para restaurar la antigua comunión con Dios, y llevarla a la perfección. Cristo, en las tentaciones en el desierto, rechaza la tentación humana más básica, la de “vivir de pan solo”, y en la Santa Cena nos enseña que su Reino y Él mismo es la comida verdadera, la vida real del hombre, su vida eterna en comunión en el amor de Dios, junto con todos los hombres.

Traición de Judas

Pero esa noche de amor extremo por parte de Dios, fue también la noche de traición extrema por parte del hombre, y Judas, abandonando la Cámara Alta, salió fuera, a la obscuridad, y traicionó a Cristo. Y lo hizo también por amor, pero por un amor desviado y distorsionado, y cuando rechazamos el amor de Dios, cualquier cosa –el dinero, el poder, la carne- puede ser el objeto de nuestro amor, de nuestra pasión, pero será una pasión que nos llevará a tener siempre hambre, a no estar nunca satisfechos, y a morir en última instancia, no solamente de una muerte física, natural.

Esta es la decisión que cada uno de nosotros tenemos que pensar, meditando el Evangelio de hoy, si realmente acepto el amor que me ofrece Cristo y lo convierto en la esencia y en el motor de mi vida, o sigo a Judas en la noche. Y no pensemos que estamos tan lejos de Judas: cada vez que, en nuestra vida, faltamos al amor al prójimo, cada vez que ponemos por delante nuestro interés al interés de los demás, que nos convertimos en jueces de los demás, que imponemos nuestra visión del mundo a los demás, estamos rechazando el amor de Dios, y nos vendemos por una vanagloria que sólo nos puede llevar a la obscuridad.

Jesús, antes de cenar, antes de instituir la Eucaristía, les lava los pies a los apóstoles, y les dice explícitamente que sigan su ejemplo, en una imagen muy gráfica: inclinándose, humillándose ante los que son inferiores a él y sirviéndoles. Este es el ejemplo que tenemos que seguir cada uno de nosotros si nos queremos llamar cristianos.

Oración en Getsemaní

Después de la Santa Cena, viene la oración por el mundo entero en el huerto de Getsemaní, el aprisionamiento de Jesús, su juicio injusto y su muerte. Toda esta relación de hechos los celebra la Iglesia el jueves por la tarde, en el oficio de maitines de viernes, donde se leen los 12 evangelios, que es un relato exhaustivo de la Pasión de Cristo.

En el Viernes Santo, se vuelve a revivir la Pasión de Cristo y su muerte final. Lo mejor es leer con detenimiento el Evangelio y el oficio de los “Encomios”, sumergirnos en la atmósfera de sobrecogimiento ante la tumba de Cristo. De profundo agradecimiento ante Su inconmensurable Amor.

Y no podemos dejar de hacer una reflexión en este año que estamos viviendo estas circunstancias tan extraordinarias, debido a la epidemia de coronavirus, que asola y causa tanto sufrimiento y muerte en todo el mundo, y en nuestro entorno más inmediato, que no sabemos en qué acabará o qué comportará en el futuro,  y que nos impide celebrar en “ecclesia”, juntos, la semana más importante del año litúrgico.

Ante todo, pensemos que cada crisis, cada dificultad, es una oportunidad  para que el hombre, ciertamente muchas veces a través del sufrimiento, cada uno de nosotros, y la humanidad entera,  nos replanteáramos nuestra modo de vida, nuestras prioridades, que hagamos un esfuerzo en revisar si realmente estamos viviendo la vida que queremos vivir, o nos hemos perdido en lo accesorio, y nos hemos olvidado de “lo único necesario”, y todos sabemos qué es: renunciar a uno mismo (realmente) y vivir “enfocados” en Dios, y en ser un testimonio de  Él en nuestro mundo, que está tan perdido, y al que tenemos el mandato de “Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Y la mejor, quizás, la única manera de hacer discípulos, de predicar el Evangelio, es como lo hizo Él, sirviendo al mundo (no lo que hace el mundo), lavándoles los pies, y amando a cada persona que se cruza en nuestra vida: cada persona es creación de Dios a su imagen y semejanza, icono de Cristo.  “Y Dios estará con nosotros”.

Y finalmente, recordemos las palabras de Cristo a la samaritana, “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…  Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Juan 4,21). Este año no podemos celebrar la Semana Santa ni Pascua en comunidad, pero cada uno de nosotros en su casa puede celebrar los oficios, meditarlos, sobre todo los oficios de jueves y viernes que son en su mayor parte lecturas del Nuevo y Viejo Testamento. Recordemos que en la Liturgia o cuando hay la lectura de un Evangelio, este es entrado en la Iglesia, en pequeña entrada, como presencia de Cristo entre nosotros.

Y cada uno de nosotros, en nuestro rincón, ante el icono de Cristo y la Madre de Dios, todos, en meditación y adoración, estamos unidos en comunión con el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Y Cristo está con nosotros. Amén.

P. José Santos.

17/04/2020: Una palabra de consuelo en tiempos de epidemia

Arc. Zacharias (Zacharou)

El Archimandrita Zacharias (Zacharou) es confesor en el monasterio de San Juan Bautista, en Maldom, Essex, Inglaterra.

Muchas personas están sumidas en la confusión y otras en el pánico a causa de la amenaza de la epidemia del Coronavirus, que se ha extendido por todo el mundo. Creo, sin embargo, que esto no tendría que suceder, pues todo lo que Dios hace con nosotros, Lo hace por amor. El Dios de los cristianos es un Dios bueno, un Dios de misericordia y bondad, “Que ama a la humanidad”. Dios nos creó en su bondad para compartir Su vida e incluso Su gloria con nosotros.

Cuando caímos en el pecado, Él permitió que la muerte volviera a entrar en nuestra vida por bondad, para que no pudiéramos volvernos inmortales en nuestra maldad / impiedad, sino que buscáramos un camino de salvación. A pesar de que caímos, Dios nunca ha cesado de proveer para nosotros, no sólo bienes materiales para sustentar nuestra raza, sino que también envió profetas y justos, que prepararon Su camino para que pudiera venir y remediar nuestra tragedia, y traer la salvación eterna a través de la Cruz de Su inconcebible amor y la Resurrección. Vino y tomó sobre Él mismo la maldición del pecado, y mostró Su amor hasta el final: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1).

Todo lo que Dios hizo cuando nos creó, cuando nos proveyó de bienes para sostener el mundo, cuando preparó Su camino para venir a la tierra, cuando vino Él mismo en persona para obrar nuestra salvación de una manera tan asombrosa, todas estas cosas las hizo por bondad /generosidad. Su bondad es ilimitada. Él nos salva y es longánima, esperando que nosotros “lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4) y lleguemos a un arrepentimiento verdadero, para que podamos estar con Él por toda la eternidad. Así, en cada estado de Su relación con el hombre, nuestro Dios muestra no solo su bondad, sino también su misericordia, “pues tu amor es mejor que la vida” (Salmo 63,3; la bondad es Su Naturaleza y Lo hace todo para el bien y la salvación del hombre.

Consecuentemente, cuando venga de nuevo a juzgar el mundo, ¿será un Dios diferente quien juzgará? ¿No será el mismo Dios de bondad, de misericordia y longanimidad, Que ama a la humanidad? Tengamos la certitud que no compareceremos ante ningún otro Dios más que Él, que nos ha creado y nos ha salvado. Y así, Él nos juzgará con la misma misericordia y amor. Por esta razón, no tenemos que aterrorizarnos ni dudar, porque será el mismo Dios que nos recibirá en la otra vida y nos juzgará con la misma bondad y compasión.

Algunos temen que la hora de su muerte haya llegado. Esta plaga del coronavirus tiene también un aspecto positivo, porque tenemos algunas semanas desde el momento en que nos alcance hasta nuestro final. Por tanto, podemos dedicar este tiempo para prepararnos nosotros mismos para nuestro encuentro con Dios, para que nuestra partida no ocurra de una manera inesperada y sin preparación, sino después de haber nuestra vida entera cada vez que estemos en oración ante Dios, a veces con acción de gracias hasta el final por todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros y otras veces con arrepentimiento, buscando el perdón de nuestras transgresiones. Nada puede causarnos daño con un Dios tal, que permite todo desde su bondad. Nosotros debemos únicamente mantener la acción de gracias hasta el final y la oración de arrepentimiento por nuestros pecados.

En cuanto a mí, esta plaga me está ayudando. Deseaba encontrar de nuevo la oración que había tenido antes, con la que puedo recorrer mi vida entera desde el nacimiento hasta ahora, dando gracias a Dios por sus beneficios, los conocidos y los desconocidos; y también con la (la oración) que puedo revisar mi vida entera, arrepintiéndome por todos mis pecados y transgresiones. Es maravilloso poder recorrer mentalmente tu vida orando, llevándolo todo ante Dios, con perseverancia en la oración. Entonces sientes que tu vida es redimida. Por esto, es por lo que esta situación está ayudándome realmente. No estoy aterrorizado, sino “acongojado estoy por mi pecado” (Salmo 38,18).

Tenemos que ver la bondad de Dios en todas las cosas que están sucediendo en la actualidad. Los Santos Padres vieron su misericordia. Una epidemia similar ocurrió en el siglo IV en el desierto egipcio, que se llevó a más de la tercera parte de los monjes, y los Padres decían con gran inspiración que, “Dios está llevando almas de santos para Su Reino”, y no dudaban.

Dios mismo habla en el Evangelio sobre los últimos días, sobre las pruebas y aflicciones que el mundo pasará antes de su Segunda Venida. Sin embargo, no percibimos ni tristeza macabra ni desesperación en Sus palabras. El Señor que rezó en el huerto de Getsemaní con sudor de sangre para la salvación del mundo entero, dice que cuando veamos las cosas terribles que preceden Su Segunda Venida, debemos levantar la cabeza con motivación, porque nuestra redención se acerca (Lucas 21,28).

Algunos me dirán, “Que Dios extienda su mano de socorro “. Pro esto es precisamente la mano de Dios. Él desea y obra para nuestra salvación “Muchas veces y de muchos modos” (Heb. 1,1). “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn. 5, 17). Este virus puede ser un medio que Dios utiliza para llevar a muchos de nosotros mismos a arrepentirnos, y a llevarse muchas almas maduras para Su Reino eterno. Por tanto, para aquellos que se entregan y confían ellos mismos a la Providencia de Dios todo contribuirá para su bien: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom. 8,28).

De esta manera, no hay lugar para la consternación enfermiza. Tampoco nos debemos resistir a las medidas que el Gobierno está tomando para disminuir la propagación de las aflicciones que vemos en las vidas de tanta gente. Está mal ir en contra de las autoridades. Tenemos que hacer lo que diga el Gobierno, porque no nos están pidiendo que reneguemos de nuestra fe, sólo nos están pidiendo que tomemos algunas medidas para bienestar común de todas las personas, para que esta crisis pueda pasar, y esto no es para nada irrazonable.

Algunas personas se lo toman demasiado “confesionalmente”, ondean banderas y hacen de mártires y confesores.  Para nosotros no hay duda: mostraremos una sumisión total a las órdenes del Gobierno. Es injusto desobedecer al Gobierno ya que cuando, nosotros enfermamos, es a sus hospitales a los que corremos y ellos son los que se hacen cargo de todos los gastos y de nuestra atención. ¿Por qué no escucharlos?

Este es el ethos (manera de ser, nt) de Cristo que Dios mostró en Su vida en la tierra y este es el mandamiento apostólico que hemos recibido: “… que vivan sumisos a los magistrados y a las autoridades, que les obedezcan y estén prontos para toda obra buena, que no injurien a nadie, que no sean pendencieros sino apacibles, mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres” (cf, Tim. 3, 1-2); y “Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana: sea al rey, como soberano… (ver 1 Pedro 2, 13-17).  Si no obedecemos a nuestros gobernadores que no nos piden demasiado, ¿cómo obedeceréis a Dios, que nos da una ley divina, que es mucho más sublime que cualquiera ley humana?

Si observamos la ley de Dios, estamos por encima de las leyes humanas, como los apologistas del siglo II decían durante el Imperio Romano que perseguía a los cristianos. Es sorprendente ver en el país en que vivimos, (en el Reino Unido), que los futbolistas muestran tal compresión y discernimiento que como para ser los primeros en retirarse de sus actividades con docilidad hacia las indicaciones del Gobierno de tomar medidas profilácticas. Sería triste para nosotros, personas de fe, fallar en no alcanzar el nivel de los futbolistas mostrando la misma docilidad hacia las autoridades por las cuales nuestra Iglesia ora.

Si ellos nos piden detener nuestros Oficios en la Iglesia, simplemente, obedezcamos y bendigamos la Providencia de Dios. Además, esto nos recuerda una antigua tradición que los Padres tenían en Palestina: en la Gran Cuaresma, en el Domingo de la Tirofagia (a partir de este, abstinencia de productos lácteos, nt), después del perdón mutuo, salían hacia el desierto durante cuarenta días sin liturgia; sólo continuarían ayunando y rezando para prepararse para volver en el Domingo de Ramos para celebrar de manera piadosa la Pasión y la Resurrección del Señor.

Así, nuestras circunstancias presentes nos fuerzan a revivir lo que existía en el seno de la Iglesia. Es decir, nos fuerzan a vivir una vida más hesicasta, con más oración, que nos compensará la falta de la Divina Liturgia y nos preparará para celebrar con mayor deseo e inspiración la Pasión y Resurrección del Señor Jesús.

Por lo tanto, convertiremos esta plaga en un triunfo del hesicasmo. En cualquier caso, todo lo que Dios permite en nuestra vida es debido a Su amor y cuidado por el bienestar del hombre, ya que nunca quiere que su criatura sea perjudicada de ninguna manera.

Ciertamente, si fuéramos privamos de la Divina Liturgia por un periodo largo de tiempo, lo podremos soportar. ¿Qué recibimos en la liturgia? Participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que están llenos de Su gracia. Este es un gran honor y beneficio para nosotros, pero también recibimos la gracia de Dios de muchas otras maneras.

Cuando practicamos la oración hesicasta, permanecemos en la Presencia de Dios con la mente en el corazón, invocando el santo Nombre de Cristo. El Nombre Divino nos trae la gracia de Cristo porque es inseparable de Su Persona y nos lleva ante Su Presencia. Esta Presencia de Cristo que nos purifica, nos limpia de nuestras transgresiones y pecados, renueva e ilumina nuestro corazón para que la imagen de Dios nuestro Salvador, Cristo, pueda formarse en él.

Si no pudiéramos celebrar la Pascua en la Iglesia, recordemos que cada contacto con Cristo es Pascua. Recibimos la gracia en la Divina Liturgia porque el Señor Jesús está presente en ella, Él realiza el sacramento y Él es el que se imparte a los fieles. Sin embargo, cuando invocamos Su Nombre, entramos en la misma Presencia de Cristo y recibimos la misma gracia.

Por lo tanto, si estamos privados de la Liturgia, siempre tenemos Su Nombre, no estamos privados del Señor. Además, también tenemos Su palabra, especialmente Su Evangelio. Si su palabra mora continuamente en nuestro corazón, si la estudiamos y oramos, si se convierte en nuestro idioma con el que hablamos a Dios, como Él nos habló, entonces tendremos nuevamente la gracia del Señor. Porque Sus palabras son palabras de vida eterna (Juan 6,68), y el mismo misterio es realizado, recibimos Su gracia y somos santificados.

Además, cada vez que hacemos el bien a nuestro prójimo, esto agrada al Señor, considera que lo hacemos en Su Nombre y nos recompensa. Mostramos amor a nuestros hermanos y el Señor nos recompensa con su gracia. Esta es otra forma en que podemos vivir en la Presencia del Señor. Podemos tener la gracia del Señor a través del ayuno, las limosnas y toda buena obra.

Entonces, si nos vemos obligados a evitar reunirnos en la Iglesia, también podemos estar unidos en espíritu en estas santas virtudes que son conocidas dentro del Cuerpo de Cristo, la Santa Iglesia, y que preservan la unidad de los fieles con Cristo y con los otros miembros de Su Cuerpo. Todas las obras que hacemos por Dios es una Liturgia, estas obras sacerdotalmente sostienen nuestra salvación.

La Liturgia es el gran evento de la vida de la Iglesia, en donde los fieles tienen la posibilidad de intercambiar su pequeña vida con la vida ilimitada de Dios. Sin embargo, el poder de este evento depende de la preparación que realicemos antes, a través de todas las cosas que hemos mencionado, a través de la oración, las buenas obras, el ayuno, el amor al prójimo, el arrepentimiento.

Por lo tanto, mis queridos hermanos, no es necesario hacer confesiones heroicas contra el Gobierno por las medidas profilácticas que toma para el bien de todas las personas. Tampoco debemos desesperarnos, sino solo sabiamente activar vías para no perder nuestra comunicación viva con la Persona de Cristo.

Nada puede dañarnos, simplemente debemos ser pacientes durante un cierto período de tiempo y Dios verá nuestra paciencia, eliminará todos los obstáculos, todas las tentaciones y nuevamente veremos el amanecer de días alegres, y celebraremos nuestra esperanza y amor comunes, que tenemos en Cristo Jesús.

Archimandrita Zacarías, Monasterio de San Juan Bautista, en Essex, Inglatera. 17 marzo 2020

Fuente: https://pemptousia.com

17/4/2020: Слово утешения во время пандемии

Arc. Zacharias (Zacharou)

Архимандрит Захария (Захару),- Духовник Свято-Иоанно-Предтеченского Монастыря в Эссексе , Англия

Многие в смущении, иные в панике из-за угрозы короновируса, распространяющегося по всему миру. Однако я думаю, что этому не следовало бы быть, ибо все, что Господь творит с нами, Он делает из любви. Бог христиан – благой Бог, милосердый и человеколюбивый.

Бог сотворил нас по благости Своей, дабы разделить с нами Свою жизнь, и даже славу.

Когда мы впали в грех, Он попустил смерти войти в нашу жизнь, опять же, по Своей благости, чтобы мы не стали бессмертными в нашем нечестии, но взыскали пути спасения. Несмотря на то, что мы пали, Бог никогда не оставлял попечения о нас, не только обеспечивая человеческий род материальными средствами к существованию, но посылая и пророков, и праведников, приуготовляющих Его путь, дабы Он смог придти и разрешить нашу трагедию, и принести нам вечное спасение через Крест Своей непостижимой любви и Воскресение. Он пришел и взял на Себя проклятие греха, и показал нам Свою любовь до конца: «Возлюбив Своих сущих в мире, до конца возлюбил их» (Ин. 13:1).

 Все, что сделал Бог, сотворив нас и обеспечивая мир средствами к существованию, приуготовляя путь Своего пришествия на землю, придя Сам лично и соделав наше спасение таким вызывающим благоговейный страх образом – все это Он соделал по благости Своей. Благость Его бесконечна, Он спасает нас и долготерпит, ожидая, чтобы мы «достигли познания истины» (1 Тим. 2:4) и принесли истинное покаяние – дабы быть с Ним вечно.

Итак, на каждой стадии Своих взаимоотношений с человеком, Бог наш являет лишь Свою благость и милость, которая «лучше, нежели жизнь» (Пс. 62:4). Он по Природе Своей благ и делает все ради пользы и спасения человека.

Следовательно, когда Он придет вновь, чтобы судить мир, будет ли это иной Бог? Не будет ли это тот же благой Бог, Бог милости и человеколюбия? Будем же уверены, что мы предстанем не перед каким-либо иным Богом, но перед Тем, Кто сотворил и спас нас. И Он будет судить нас с той же самой милостью и любовью. Поэтому мы не должны паниковать или колебаться, ибо тот же самый Бог примет нас в жизнь иную и будет судить нас с той же самой благостью и состраданием.

Некоторые боятся, что настал их смертный час. Этот бич короновируса имеет также и положительный аспект, ибо нам дается несколько недель с момента, когда он настигнет нас, до нашего конца. Итак, мы можем посвятить это время приготовлению к нашей встрече с Богом, дабы не отойти нам в жизнь иную неожиданно и без подготовки, но, пробежав мысленно всю нашу жизнь каждый раз, когда мы предстоим в молитве перед Ним, иногда с благодарением до конца за все, что Он сделал для нас, иногда с покаянием, ища прощения всех наших прегрешений. Ничто не может повредить нам с таким Богом, ибо все, попущенное Им, входит в нашу жизнь по Его благости. Нам нужно просто сохранить благодарение до конца и смиренную молитву покаяния о прощении наших грехов.

Что касается меня, эта эпидемия помогает мне. Я жаждал вновь обрести молитву, которую имел прежде, которой я мог бы охватить всю свою жизнь, от рождения до настоящего момента, воздавая Богу благодарение за все Его благодеяния, «явленные и неявленные, ихже вемы и ихже не вемы»; а также принося покаяние за все мои грехи и прегрешения. Это замечательно, быть способным пробежать мысленно всю свою жизнь, представляя все пред Богом с молитвою. Тогда приходит чувство, что твоя жизнь искуплена. Поэтому эта ситуация действительно помогает мне: я не паникую, но «попекуся о гресе моем» (Пс. 37:19).

Во всем, что сейчас происходит мы должны видеть благость Божию. Святые Отцы видели Его милость. Подобная эпидемия случилась в четвертом веке в египетской пустыне. Эта эпидемия унесла жизни более трети монахов, и отцы с великим вдохновением говорили: «Бог пожинает души святых для Царствия Своего», и не колебались.

Сам Господь говорит в Евангелии о последних днях, об испытаниях и скорбях, через которые пройдет мир перед Его Вторым Пришествием, однако в Его словах мы не замечаем ни нездоровой печали, ни отчаяния. Господь, до кровавого пота молившийся в Гефсиманском саду о спасении всего мира, говорит, что, когда мы увидим все эти ужасные бедствия, предваряющие Его Второе Пришествие, да восклонимся и поднимем наши головы с воодушевлением, потому что приближается наше избавление (Лк. 21:28).

Некоторые говорят мне: «Да протянет Господь руку помощи». Но ведь все это и есть рука Божия. Он желает нашего спасения, соделывая его «многократно и многообразно» (Евр. 1:1). «Отец Мой доныне делает, и Я делаю» (Ин. 5:17).  Этот вирус может быть средством, используемым Господом для того, чтобы побудить многих придти в себя и покаяться и чтобы собрать урожай многих созревших душ в Его вечное Царство. Следовательно, предавшим и вверившим себя Божию промыслу, все будет содействовать ко благу: «Любящим Бога вся поспешествуют во благое» (Рим. 8:28).

Таким образом, не остается места для нездорового страха. Не следует также противодействовать принятым правительством мерам для уменьшения распространения бедствий, которые мы видим в жизни столь многих людей. Не подобает идти против властей. Следует исполнять все, сказанное правительством, ибо нас не просят отречься от веры, нас только просят принять некоторые меры для общего благополучия всех людей, так чтобы миновало это испытание; и это благоразумно.

Некоторые подходят к этому слишком «исповеднически», поднимают флаги и играют в мучеников и исповедников. Для нас нет сомнения: мы окажем полное повиновение распоряжениям правительства. Нечестно и несправедливо не повиноваться правительству, поскольку, заболев, мы бежим в государственные больницы, и правительство берет на себя все расходы и заботы о нас. Почему же не слушать его?

Это есть этос Христов, который Он явил в Своей земной жизни, и это есть заповедь, полученная нами от апостолов: «повиноваться и покоряться начальству и властям, быть готовыми на всякое доброе дело, никого не злословить, быть не сварливыми, но тихими, и оказывать всякую кротость ко всем человекам» (Тит. 3:1-2); и «будьте покорны всякому человеческому начальству, для Господа…» (см. 1 Пет. 2:13-17). Если мы не повинуемся нашим правителям, которые не просят нас о многом, то как мы будем оказывать послушание Богу, дающему божественный закон, гораздо более возвышенный, чем какой бы то ни было человеческий закон?

Если соблюдаем Божий закон, то мы выше человеческих законов, как говорили апологеты второго века во времена Римской империи, преследовавшей христиан. Удивительно видеть в стране, где мы живем, в Великобритании, что футболисты показывают такое понимание и рассудительность, что первыми отходят от своей деятельности с покорностью указаниям правительства по принятию профилактических мер. Было бы грустно, если бы мы, люди веры, не достигли меры футболистов и не оказали бы подобного повиновения властям, тем властям, о которых молится наша Церковь. Если мы действительно духовные люди, нам следовало бы быть способными научиться от футболистов их правильному отношению, подобно тому как преподобный Антоний научился более высокому духовному уровню александрийского сапожника.

Если нас попросят прекратить наши церковные богослужения, то давайте просто подчинимся и благословим промысел Божий. Кроме того, это напоминает нам древнюю традицию, которая была у Отцов в Палестине: Великим Постом, в Прощёное Воскресение, после преподания взаимного прощения друг другу, они выходили в пустыню на сорок дней, без Литургии; они пребывали только в пощении и молитве, так чтобы приготовиться и возвратиться в Воскресение Ваий (Вербное Воскресение) и чтобы богоугодным образом совершить празднование Страстей Господних и Его Воскресения.

Итак, наши нынешние обстоятельства заставляют нас пережить заново то, что уже существовало в древности в лоне Церкви. То есть, так сказать, нас вынуждают жить более исихастской жизнью, больше молиться, что, впрочем, восполнит отсутствие Божественной Литургии и приуготовит нас к празднованию с ещё большим желанием и вдохновением Святых Страстей и Воскресения Господа Иисуса.

Таким образом, мы обратим это бедствие в торжество исихазма. В любом случае, всё, что Бог попускает в нашей жизни, – всё это по Его благости, ради благополучия человека, ибо Он никогда и никоим образом не желает повредить Своему творению.

Несомненно, если мы будем лишены Божественной Литургии на длительный период времени, мы можем вынести это. Что мы получаем в Литургии? Мы причащаемся Тела и Крови Христовых, исполненных Его благодати. Это великая честь и польза для нас, но мы получаем благодать Божию также и многими другими способами.

Когда мы молимся исихастской молитвой, мы пребываем в Божием Присутствии, содержа ум в сердце и призывая святое Имя Христово. Божественное Имя привлекает к нам благодать Христову, потому что она неотделима от Его Персоны, и вводит нас в Его Присутствие. То Присутствие Христово, которое очищает нас, изглаждает наши преступления и грехи, обновляет и просвещает наше сердце, чтобы мог вообразиться в нем образ нашего Бога и Спасителя, Христа.

Если мы не сможем праздновать Пасху в Церкви, то давайте будем помнить, что каждый контакт со Христом – это Пасха. Мы получаем благодать Божию в Божественной Литургии потому, что Господь Иисус присутствует в ней, Он совершает Таинство, и Он сообщается верным. Однако, когда мы призываем Его Имя в молитве, мы входим в то же Присутствие Христово и получаем ту же благодать. Поэтому, даже если мы лишены Литургии, у нас всегда есть Его Имя, и мы не лишены Господа. Кроме того, у нас также есть Его слово, прежде всего Его Евангелие. Если слово Его пребывает постоянно в нашем сердце, если мы над ним размышляем и им молимся, если оно становится нашим языком, на котором мы говорим с Богом, как Он говорил с нами, то и таким образом будем иметь благодать Божию. Ибо слова Его есть «глаголы вечной жизни» (Ин. 6:68), и совершается то же Таинство, мы получаем Его благодать и освящаемся.

Более того, каждый раз, когда мы оказываем добро нашему ближнему, это угодно Господу, Он принимает это как соделанное во Имя Его и вознаграждает нас. Мы оказываем добро ближнему, а Господь вознаграждает нас Своей благодатию. Это – ещё один способ, благодаря которому мы можем жить в Присутствии Господа. Мы можем получать благодать Господню постясь, подавая милостыню и через любое доброе дело. То есть, если мы лишены собраний в церкви, мы можем быть едины в духе и в этих святых добродетелях, которые известны в Теле Христовом, во святой Церкви, и которые сохраняют единство верующих со Христом и со всеми членами Его Тела. Все дела, которые мы делаем ради Бога – это Литургия, ибо они священнодействуют наше спасение.

Литургия – великое событие в жизни Церкви, в котором верные имеют возможность обменять свою маленькую жизнь на бесконечную жизнь Бога. Впрочем, интенсивность этого события зависит от нашего приготовления с помощью всего того, что мы назвали – через молитву, добрые дела, пощение, любовь к ближнему, покаяние.

Поэтому, мои дорогие братия, нет необходимости выступать с героическими, исповедническими заявлениями против правительства из-за профилактических мер, которые оно принимает ради блага всех людей. Также, мы не должны отчаиваться, а мудро изобретать способы, чтобы не потерять наше живое общение со Христом.

Ничто не может нам повредить, мы должны просто быть терпеливыми на какой-то период времени, и Бог увидит наше терпение, и отнимет всякое препятствие, всякое искушение, и мы вновь увидим зарю радостных дней, и будем совершать празднование нашей совместной надежды и любви, которую мы имеем во Христе Иисусе.

  Архм. Захария, Монастырь Св. Иоанна Предтечи в Эссексе, Англия                                                  17 марта 2020 г.

Fuente: https://pemptousia.com